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EL JUEGO DE LOS ABALORIOS
A los peregrinos de Oriente
...
non entia enim licet quodammodo levibusque hominibus facilius atque
incuriosius verbis reddere quam entia, verumtamen pio diligentique rerum
scriptori plane aliter res se habet: nihil tantum adeo necesse est ante
hominum oculos proponere ut certas quasdam res, quas esse neque
demonstrari neque probari potest, quae contra eo ipso, quod pio
dilegintesque viri illas quasi ut entia tractant, enti nascendique
facultati, paululum appropinquant.
ALBERTUS SECUNDUS
(Tract. de cristall.
spirit. ed. Clangor
et Collof, lib.
I, cap. 28.)
En
la traducción de puño y letra de Josef Knecht:
...
pues, aunque en cierto aspecto y para hombres frívolos las cosas no
existentes son más fáciles y menos riesgosas para ser representadas con
palabras, en cambio, para el historiador fiel y escrupuloso son todo lo
contrario: nada escapa tanto a la descripción verbal y nada es, sin
embargo, tan necesario colocar ante los ojos humanos, como determinadas
cosas cuya existencia ni puede demostrarse ni es verosímil, pero que
justamente por el hecho de ser consideradas existentes en cierta medida
por hombres devotos y conscientes, pueden ser aproximadas un paso más a
la existencia y a la posibilidad de nacer.
INTRODUCCIÓN
Es
nuestro propósito consignar en este libro el escaso material biográfico
que pudimos hallar acerca de Josef Knecht, el magister ludí Josephus
III
[1], como se le llama en
los archivos del “Juego de Abalorios”. No nos ciega el hecho de que este
intento está de algún modo en contradicción con las leyes y los usos
vigentes en la vida espiritual, o por lo menos parece estarlo. Porque
precisamente la eliminación de lo individual, la inserción más acabada
posible de la persona en la jerarquía de las autoridades educativas y de
las ciencias, es uno de los supremos principios de nuestra vida del
espíritu. Y este principio ha sido realizado también por larga tradición
tan ampliamente que hoy es difícil en extremo, y en muchos casos aun del
todo imposible, encontrar pormenores biográficos y psicológicos de
individuos que han servido en forma sobresaliente a esta jerarquía; en
muchísimos casos no se pueden establecer siquiera los nombres propios.
En realidad, es una de las características de la vida espiritual de
nuestra “provincia”, el que su organización jerárquica posea el ideal de
lo anónimo y llegue muy cerca de la realización de este ideal.
Si, a
pesar de ello, insistimos en nuestro intento por establecer algo acerca
de la existencia del magister ludí Josephus III y de esbozar
claramente la imagen de su personalidad, no lo hicimos por culto
personal o por desobedecer a las costumbres, como creemos, sino por el
contrario sólo en el sentido de prestar un servicio a la verdad y a la
ciencia. El concepto es antiguo: cuanto más aguda e inexorablemente
formulamos una tesis, tanto más irresistiblemente ella reclama la
antítesis. Aceptamos y respetamos la idea que constituye la base de lo
anónimo de nuestras autoridades y nuestra existencia espiritual. Pero
justamente una mirada a la prehistoria de esta vida espiritual, es
decir, a la evolución del juego de abalorios, nos muestra necesariamente
que toda fase de desarrollo, toda construcción, todo cambio, toda
incidencia esencial, ya se interprete en sentido progresista, ya en
sentido conservador, señala irrecusablemente a la persona que introdujo
el cambio y se convirtió en instrumento de la transformación y el
perfeccionamiento, no como a su único verdadero autor, pero si como a su
rostro más ostensible.
Porque
seguramente lo que hoy entendemos por personalidad, es algo ya muy
diverso de lo que comprendieron por ello los biógrafos e historiadores
de épocas precedentes. Para ellos, y justamente para los escritores de
aquellas épocas que tuvieron netas tendencias biográficas, parece
—podría decirse— que lo esencial de una personalidad fue lo discrepante,
lo anormal y único, y aún, a menudo, lo patológico, mientras que
nosotros los modernos hablamos generalmente de personalidades
importantes sólo cuando encontramos seres humanos que, más allá de toda
originalidad y rareza, lograron la inserción más perfecta posible en el
orden general, la prestación más acabada en lo ultrapersonal. Si
observamos con más atención, también la antigüedad conoció ya este
ideal: la figura del “sabio” o del “ser perfecto” para los antiguos
chinos, por ejemplo, o el ideal de la moral socrática, apenas pueden
distinguirse de nuestro ideal moderno, y muchas grandes organizaciones
espirituales, como la Iglesia romana en sus épocas más poderosas,
tuvieron principios parecidos, y muchas de sus máximas figuras, como
Santo Tomás de Aquino, nos parecen —como las primeras estatuas griegas—
más arquetipos clásicos que individuos. De todos modos, en los días de
la reforma espiritual que comenzó en el siglo XX y de la que somos
herederos, aquel viejo y genuino ideal había ido perdiéndose
evidentemente en medida casi total. Nos sorprendemos cuando las
biografías de esas épocas cuentan con bastante amplitud cuántos hermanos
y hermanas tuvo el protagonista o cuántas cicatrices y costurones
dejaron en él el desenlace de la infancia, la pubertad, la lucha por el
reconocimiento, el anhelo de amor. A los modernos no nos interesa la
patología ni la anamnesia familiar, la vida vegetativa, la digestión y
el sueño de un héroe; ni siquiera sus antecedentes espirituales, su
formación a través de estudios y lecturas preferidas, etc., tienen
importancia especial para nosotros. Sólo merece nuestro particular
interés aquel único personaje que por naturaleza y educación estuvo
colocado en condiciones para dejar diluir su persona casi perfectamente
en su función jerárquica, sin que se perdiera la fuerte, viva y
admirable espontaneidad que constituye el valor y la fragancia del
individuo. Y sí entre persona y jerarquía surgen conflictos, los
consideramosprecisamente como piedra de toque de la grandeza de una
personalidad. Del mismo modo que no aprobamos al rebelde a quien los
deseos y las pasiones impulsan a romper con la norma, reverenciamos la
memoria de las víctimas, los realmente trágicos.
En
este caso, pues, de los héroes, de los verdaderos arquetipos humanos,
creemos permitido y natural el interés por la persona, el nombre, el
rostro, el gesto, porque ni en la jerarquía más perfecta, ni en la
organización más pareja vemos ciertamente un mecanismo compuesto de
partes muertas e indiferentes en sí mismas, sino un cuerpo viviente,
formado por piezas y animado por órganos que poseen —cada uno— su modo
propio y su propia libertad, y comparten el milagro de la vida. Y en tal
sentido, nos hemos esforzado en procura de noticias acerca de la vida
del maestro del juego de abalorios Josef Knecht y, especialmente, de
todo lo escrito por él; hemos hallado así varios originales que creemos
dignos de ser leídos.
Lo que
podemos informar acerca de la persona y la existencia de Knecht es
ciertamente conocido total o parcialmente por los miembros de la Orden
y, sobre todo, por los expertos en el juego de abalorios, y por esta
ratón, pues, nuestra obra no se dirige solamente a ese círculo, sino que
confía tener lectores comprensivos también fuera de él.
Para
ese círculo más reducido, nuestro libro no necesitaría ni introducción
ni comentario. Mas como deseamos también fuera de la Orden lectores
interesados en la vida y las obras de nuestro héroe, nos toca la tarea
nada fácil de anteponer a la obra —para esos lectores menos preparados—
una pequeña introducción popular al significado y a la historia del
juego de abalorios. Insistimos en que esta introducción es y quiere ser
de carácter popular y no pretende en absoluto aclarar las cuestiones tan
discutidas dentro de la misma Orden sobre problemas del juego y de su
historia. Está muy lejana todavía la hora de una exposición objetiva de
este argumento.
No
cabe esperar, pues, de nosotros una historia completa y una elaborada
teoría del juego de abalorios; no podrían lograrlas ni autores más
dignos y hábiles que nosotros. Esta tarea queda reservada a épocas
futuras, si las fuentes y las premisas espirituales no llegan a perderse
antes. Tampoco nuestro ensayo pretende ser un manual de ese juego; ese
manual nunca podrá escribirse. Las reglas del mismo se aprenden
solamente por la vía acostumbrada y prescrita, que requiere varios años
de estudio, y ninguno de los iniciados podría tener nunca interés en
tornar más fáciles para el entendimiento las tales reglas.
Las
normas, el alfabeto y la gramática del juego representan una especie de
idioma secreto muy desarrollado, en el cual participan varias ciencias y
artes, sobre todo las matemáticas y la música (la ciencia musical,
respectivamente) y que expresa loa contenidos y resaltados de casi todas
las ciencias y puede colocarlos en correlación mutua. El juego de
abalorios es, por lo tanto, un juego con todos los contenidos y valores
de nuestra cultura; juega con ellos como tal vez, en las épocas
florecientes de las artes, un pintor pudo haber jugado con los colores
de su paleta. Lo que la humanidad produjo en conocimientos elevados,
conceptos y obras de arte en sus periodos creadores, lo que los períodos
siguientes de sabia contemplación agregaron en ideas y convirtieron en
patrimonio intelectual, todo este enorme material de valores
espirituales es usado por el jugador de abalorios como un órgano es
ejecutado por el organista; este órgano es de una perfección apenas
imaginable, sus teclas y pedales tocan todo el cosmos espiritual, sus
registros son casi infinitos; teóricamente, con este instrumento se
podría reproducir en el juego todo el contenido espiritual del mundo.
Ahora bien, estas teclas, estos pedales y estos registros subsisten
firmemente; en lo relativo a su número y disposición, en realidad, sólo
en teoría sería posible aportar cambios y tentativas de
perfeccionamiento: el enriquecimiento del idioma del juego mediante la
incorporación de nuevos contenidos se subordina al “control” más severo
que pueda imaginarse, a cargo de la suprema dirección. En cambio, dentro
de este firme conjunto o, para mantener nuestro lenguaje figurado,
dentro del complicado mecanismo de este gigantesco órgano, cada jugador
posee todo un mundo de posibilidades y combinaciones, y es casi
imposible que entre mil juegos severamente realizados ni siquiera dos
resulten parecidos más que superficialmente. Aun cuando sucediera que
alguna vez dos jugadores por casualidad dieran a su juego la misma
pequeña selección de temas, estos dos juegos tendrían aspecto y curso
totalmente distintos, según el modo de pensar, el temperamento, el
estado de ánimo y la virtuosidad de los ejecutantes.
En
realidad, corresponde en absoluto al gusto del historiador hasta dónde
hacer remontar en el pasado los comienzos y la prehistoria del juego de
abalorios. Porque como todas las grandes ideas, no tiene realmente un
comienzo, sino que como idea existió siempre. Lo hallamos prefigurado ya
en muchas épocas precedentes como concepto, como intuición, como forma
mágica, por ejemplo en Pitágoras; luego en las postrimerías de la
cultura antigua, en el círculo griegognóstico, como también entre los
antiguos chinos; después, una vez más en los apogeos de la vida
espiritual moriscoárabe; más adelante la huella de su prehistoria pasa a
través de la Escolástica y el Humanismo a las Academias de los
matemáticos de los siglos XVII y XVIII, y aun a las filosofías
románticas y las ruinas de los sueños sibilinos de Novalis. En cada
movimiento del espíritu hacia la meta ideal de una Universitas
Litterarum 1, en cada academia platónica, en cada asociación de una
selección espiritual, en cada tentativa de reconciliación entre las
ciencias exactas y las libres o entre ciencia y religión, existió como
idea básica esta misma idea eterna que para nosotros ha tomado forma y
figura con el juego de abalorios. Espíritus como Abelardo, Leibniz y
Hegel conocieron, sin duda, el sueño de apresar el universo espiritual
en sistemas concéntricos y de fundir la belleza viviente de lo
espiritual y del arte en la hechicera fuerza formuladora de las
disciplinas exactas. En los tiempos en que la música y las matemáticas
experimentaron casi contemporáneamente su momento clásico fueron
corrientes las relaciones y las fecundaciones entre ambas. Y dos siglos
antes, encontramos en Nicolás de Cusa, párrafos con la misma atmósfera,
como por ejemplo éste: “El espíritu se amolda a lo potencial para
medirlo todo con el módulo de lo potencial y de la necesidad absoluta,
para que lo mida todo en la escala de la unidad y la simplicidad, como
lo hace Dios, y en la otra de la necesidad del acoplamiento, para
apreciarlo de tal manera todo con respecto a su particularidad;
finalmente se amolda al potencial determinado, para valuarlo en su
existencia. Pero luego el espíritu mide también simbólicamente, por
comparación, como cuando se sirve del número y de las figuras
geométricas y se confronta con ellas tomadas como ecuaciones”. Por lo
demás, al parecer, no es solamente este pensamiento del filósofo de Cusa
el que alude casi a nuestro juego de abalorios, o corresponde y nace de
parecida tendencia de la imaginación como su juego de conceptos; se
podrían mostrar varios y aun muchos ecos parecidos en su obra. También
su gozo por las matemáticas y su capacidad y su inclinación a emplear
figuras y axiomas de la geometría euclidiana para conceptos
teológico-filosóficos como ecuaciones aclaratorias, parece tener mucho
parentesco con la mentalidad del juego y, a menudo, una especie de latín
(cuyas vocales son frecuentemente libres invenciones suyas, sin que
puedan ser interpretadas mal por alguien que sepa latín) recuerda la
plasticidad libremente mantenida del idioma del juego.
Ni
menos ajeno, como ya puede indicarlo el lema de nuestro ensayo, resulta
Albertus Secundus al número de los antepasados del juego de abalorios. Y
suponemos —sin poderlo apoyar por cierto con citas— que la idea del
juego dominó también a los sabios músicos de los siglos XVI, XVII y
XVIII, que fundaron sus composiciones musicales en especulaciones
matemáticas. Aquí y allá, en las antiguas literaturas se tropieza con
leyendas de sabios y mágicos juegos que fueron ideados por hombres
doctos y monjes o en cortes principescas hospitalarias, y se jugaron,
por ejemplo, en forma de ajedrez, cuyas figuras y cuyos campos poseían
además de sus significados comunes también otros ocultos. Y son muy
conocidas las narraciones, fábulas y sagas de la infancia de todas las
civilizaciones, que atribuyen a la música, por sobre lo que es arte, un
poder que domina a las almas y a los pueblos, y la convierten en un
regidor secreto o en un repertorio de leyes para los hombres y sus
Estados. El concepto de una sublime existencia celestial de los seres
humanos bajo la hegemonía de la música tiene su papel en la vida pública
y privada desde la China más antigua hasta las leyendas de los griegos.
A este culto de la armonía (“En variaciones eternas, desde arriba nos
saluda el misterioso poder del canto” NOVALIS) se vincula en la medida
más íntima también el juego de abalorios.
Si
reconocemos, pues, la idea del juego como eterna y, por esta razón, como
existente y viva mucho antes de que se verificara por entero, su
realización en la forma que conocemos tiene a buen seguro su propia
historia, de cuyas etapas más importantes trataremos de informar
brevemente.
El
movimiento espiritual, cuyos frutos —entre muchos otros— son el
establecimiento de la Orden y el juego de abalorios, tiene sus comienzos
en un período de la historia que desde las investigaciones fundamentales
del historiador literario Plinius Ziegenhals lleva la denominación por
él creada de “época folletinesca”. Estas denominaciones son bonitas pero
peligrosas, y con su seducción inducen a considerar injustamente
cualquier estado de la vida humana en el pasado; la “época folletinesca”
no careció en absoluto de espíritu, ni siquiera fue pobre en este
aspecto. Pero —por lo menos así parece, según Ziegenhals— poco supo
hacer con ese espíritu, más aún, no atinó a darle la situación y la
función adecuadas en la economía de la vida y del Estado. Si hemos de
ser sinceros, conocemos muy mal esa época, aunque ella fue el terreno
donde creció casi todo lo que hoy constituye la característica de
nuestra vida espiritual. Según Ziegenhals, fue una época “burguesa” en
especial medida y obsecuente a un amplio individualismo, y si citamos
algunos rasgos de acuerdo con la descripción de Ziegenhals, para señalar
su atmósfera, sabemos por lo menos concerteza que estos rasgos no son
invenciones ni han sido sustancialmente exagerados o desfigurados,
porque están comprobados por el gran investigador con un sinnúmero de
documentos literarios y de otro carácter. Prestamos nuestra adhesión al
sabio que hasta hoy fue el único en dedicar a la “época folletinesca”
una seria investigación, y no hemos de olvidar al hacerlo que es
ligereza y locura torcer el gesto ante errores o malas costumbres de
épocas pasadas.
El
desarrollo de la vida espiritual en Europa parece haber tenido desde el
final de la Edad Media dos grandes tendencias: la liberación del pensar
y creer de toda influencia autoritaria, la lucha, pues, de la razón que
se sentía soberana y mayor de edad, contra el dominio de la Iglesia
romana, y —por otra parte— la búsqueda oculta pero apasionada de una
legitimación de esta libertad, por una autoridad nueva y adecuada, que
nacía de sí misma. Generalizando, puede decirse que el espíritu ganó
esta lucha, a menudo asombrosamente llena de contradicciones, por dos
metas recíprocamente opuestas en principio. No nos está permitido
preguntar si la ganancia compensa en la balanza el peso de innúmeras
víctimas, o si nuestras normas actuales para la vida del espíritu bastan
perfectamente y durarán lo suficiente como para no considerar sacrificio
insensato todos los sufrimientos, los espasmos y las enormidades de los
procesos contra los herejes y de las hogueras, y aun los destinos de
muchos “genios” que terminaron en la locura o en el suicidio. La
historia es acontecimiento; carece de importancia el hecho de si estuvo
bien, si mejor hubiera sido que no existiese, si podemos comprender su
“significado”. Así ocurrieron también aquellas luchas por la “libertad”
del espíritu, y justamente en aquella tardía época folletinesca, el
espíritu en efecto gozó de una libertad inaudita, insoportable para él
mismo, por cuanto, deshecha totalmente la tutela eclesiástica y
parcialmente la estatal, no siempre encontró una ley auténtica, por él
formulada y respetada, una nueva autoridad y legitimidad genuinas. Los
ejemplos de degradación, venalidad, renunciación del espíritu en aquel
tiempo, como nos la narra Ziegenhals, son en parte sorprendentes.
Debemos confesar que no estamos en condiciones de dar una clara
definición de los productos por los cuales denominamos “folletinesca” a
esa época. Al parecer, fueron elaborados por millones como una parte
especialmente preferida en el material de la prensa diaria, formaron el
alimento principal de lectores necesitados de cultura, informaron o,
mejor dicho, “charlaron” de mil objetos de la ciencia y, verosímilmente,
los más inteligentes de estos folletinistas se solazaron a menudo con su
propia labor; por lo menos, Ziegenhals admite habertopado con muchos de
estos trabajos que se inclina a interpretar como automofa de sus autores
por ser absolutamente incomprensibles. Es muy posible que en estos
artículos producidos “industrialmente” se derrochara una cantidad de
ironía y autoironía, para cuya comprensión fuera necesario hallar antes
la clave. Los fabricantes de estas jugarretas pertenecían en parte a las
redacciones de los diarios, en parte eran “escritores libres”, y a
menudo hasta se los llamaba poetas pero parece también que muchos de
ellos pertenecían a la categoría de los sabios y aun algunos fueron
universitarios de renombre. Temas preferidos de tales ensayos fueron
anécdotas de la vida de hombres y mujeres célebres y su correspondencia;
titulados, por ejemplo: Federico Nietzsche y la moda femenina
alrededor de 1870 o Los platos preferidos del compositor Rossini, o El
papel del perrito faldero en la vida de las grandes cortesanas, etc.
Además, gustaban las consideraciones que historian los temas actuales de
conversación de los ricos, como El sueño de la fabricación artificial
del oro en el curso de los siglos, o Las tentativas para influir
quimiofísicamente sobre el clima y cien argumentos parecidos. Cuando
leemos los títulos de tales retahílas citados por Ziegenhals, nuestra
extrañeza no es tanto por el hecho de que hubiera gente que las ingería
como lectura cotidiana, cuanto porque autores de fama y categoría y
buena preparación cultural contribuían a servir este gigantesco
consumo de interesantes naderías, como rezaba en forma elocuente la
expresión empleada: ella indica por lo demás también la relación de
entonces del hombre con la máquina. De vez en cuando, tenía especial
preferencia la interpelación de personalidades conocidas sobre problemas
del momento, a la que Ziegenhals dedica un capítulo especial; en ellas,
por ejemplo, se hacía hablar a químicos o a virtuosos pianistas de
renombre sobre política, a actores en boga, bailarines, gimnastas,
aviadores o también poetas sobre ventajas y desventajas de la soltería,
sobre las presumibles causas de la crisis financieras, y otros temas de
esta naturaleza. Se trataba únicamente de poner en relación un nombre
conocido, con un tema justamente actual: hay que leer los ejemplos,
algunos desconcertantes, que Ziegenhals enumera por centenares. Como
dijo antes, es posible suponer que en toda esta actividad se mezclaba
buena parte de ironía, quizá está ironía fuera diabólica o desesperada,
hoy no es fácil imaginarlo; pero por la enorme multitud que a la sazón
parece haber sido tan sorprendentemente aficionada a la lectura, todas
esas cosas grotescas fueron aceptadas indudablemente con seria buena fe.
Si un cuadro famoso cambiaba de dueño, si se subastaba un valioso
manuscrito, sí se quemaba un antiguo castillo, si el portador de un
apellido de lavieja nobleza se veía envuelto en un escándalo, los
lectores conocían en mil folletines no solamente estos hechos, sino que
recibían también el mismo día o, a lo sumo, al día siguiente, una
cantidad de material anecdótico, histórico, psicológico, erótico, etc.,
relativo al tema del caso; sobre cada acontecimiento del día se volcaba
un río de acuciosas apuntaciones, y la obtención, la clasificación y la
formulación de todas estas comunicaciones lució absolutamente el sello
de la mercancía de gran consumo, producida rápidamente y sin
responsabilidad. Asimismo, según parece, pertenecían al folletín también
ciertos juegos, a los que se incitaba a los lectores, mientras con ellos
se aumentaba su hartazgo de materia científica; de esto informa una
larga nota de Ziegenhals acerca del maravilloso tema de las “palabras
cruzadas”. En esa época, millares y millares de hombres, que
generalmente cumplían trabajos pesados y vivían una vida difícil,
permanecían inclinados en sus horas libres sobre cuadrados y cruces de
letras, cuyas casillas llenaban de acuerdo con ciertas reglas de juego.
Debemos cuidarnos de ver en esto solamente el aspecto ridículo o tonto y
tenemos que evitar mofarnos al respecto. Aquellos hombres, con sus
adivinanzas infantiles y sus intentos culturales, no eran ciertamente
niños ingenuos y reacios juguetones; estaban envueltos angustiosamente
en fermentos y sismos políticos, económicos y morales, y sostuvieron
muchas guerras terribles y luchas civiles; sus pequeños juegos
educativos no fueron simplemente niñerías tontas y generosas, sino que
correspondieron a una profunda necesidad de cerrar los ojos y de
refugiarse en un mundo ilusorio e inofensivo en lo posible, huyendo de
problemas insolubles y de acongojados temores de ruina. Aprendían con
perseverancia a guiar automóviles, a jugar difíciles juegos de naipes, y
se dedicaban distraídos a resolver enigmas de palabras cruzadas, porque
se enfrentaban casi sin defensa a la muerte, la angustia, el dolor, el
hambre, sin que ya pudieran confortarlos las Iglesias o aconsejarlos el
espíritu. Esta gente que leía tantos ensayos y oía tantas conferencias,
no se daba tiempo ni ánimo para fortalecerse contra el miedo, para
combatir dentro de sí misma la angustia de la muerte: se dejaba vivir
temblando y no creía en ningún mañana.
También había conferencias, y nos corresponde hablar brevemente aun de
esta categoría de folletín un poco más noble. Especialistas y también
bandoleros espirituales ofrecían, aparte de los ensayos, gran número de
disertaciones a los ciudadanos de aquella época, que se aferraban
todavía firmemente al concepto de cultura despojado de su anterior
sentido; no se trataba solamente de oraciones solemnes en ocasiones
especiales, sino de discursos pronunciados en salvaje competencia y
cantidad apenas imaginable. En esos días, el habitante de una ciudad de
mediana importancia, o su mujer, podía escuchar conferencias una vez por
semana, en las grandes ciudades casi todas las noches, y en ellas se le
instruía teóricamente sobre algún tema, obras de arte, poetas, sabios,
investigadores, viajes alrededor del mundo; el oyente permanecía
completamente pasivo y la conferencia suponía tácitamente una relación
del público con el tema, una preparación previa, una cultura y una
facultad de recepción, sin que esto existiera en la mayoría de los
casos. Había conferencias divertidas, temperamentales o chistosas, sobre
Goethe, por ejemplo, que subía a la diligencia con su frac azul y
seducía muchachas de Estrasburgo o de Wetsal, o sobre la cultura árabe,
en las que se mezclaban muchas palabras intelectuales en boga como en un
cubilete de dados, y cada uno se alegraba cuando podía reconocer
aproximadamente alguna de ellas. Se escuchaban conferencias sobre poetas
cuyas obras nunca se habían leído ni se había soñado leer; se
proyectaban también por medio de aparatos adecuados figuras e
ilustraciones y se luchaba, exactamente como en los folletines de los
diarios, con una inundación de valores culturales y fragmentos de saber
aislados y vacíos de sentido. En resumen, se enfrentaba justamente muy
de cerca aquella horrorosa desvalorización del verbo que, ante todo,
provocó en secreto, en círculos muy reducidos, el contramovimiento
heroico ascético que muy pronto se hizo visible y poderoso y fue el
nacimiento de una nueva autodisciplina y una nueva dignidad del
espíritu.
La
inseguridad y la falsedad de la vida espiritual de aquella época, que,
sin embargo, en muchos aspectos ostentó energía constructiva y grandeza,
nos las explicamos los modernos como un síntoma del horror que invadió
al espíritu, cuando al final de una era de victoria y prosperidad
aparentes se encontró de pronto ante la nada: una gran necesidad
material, un período de tormentas políticas y bélicas y una desconfianza
surgida del día a la noche de sí mismo, de la propia fuerza y dignidad,
y aun de la propia existencia. Pero en ese periodo de sensación del
derrumbe surgieron, por cierto, muchas contribuciones espirituales muy
elevadas, entre otras los comienzos de una ciencia musical de la que
somos herederos agradecidos. Pero mientras es tan fácil encuadrar bella
e inteligentemente determinadas secciones del pasado en la historia
universal, todo presente se torna difícil para su autoinserción
ordenada; por eso una tremenda inseguridad, una tremenda desesperación,
cayó sobre lo espiritual, precisamente, al descender con enorme rapidez
las exigencias y las contribuciones espirituales hasta un nivel muy
modesto. Se acababa en realidad de descubrir aquí y allá intuición viva
en la obra de Nietzsche que había pasado el período creador de su
cultura y de su misma juventud, que había comenzado la vejez y el
crepúsculo, y por esta comprensión experimentada de pronto por todos y
groseramente formulada por muchos, se explican tantos angustiosos signos
de la época: la árida mecanización de la vida, la profunda decadencia de
la moral, el descreimiento de los pueblos, la falsedad del arte. Como en
la maravillosa fábula china, había resonado la “música de la
decadencia”, que osciló por décadas enteras como una nota baja de órgano
amenazante, corrió como corrupción por las escuelas, los diarios y las
academias, fluyó como lipemanía y psicosis entre los artistas y los
críticos de la época que hoy pueden ser tomados en serio, hizo estragos
en todas las artes como exceso de producción salvaje y de simples
aficionados. Hubo distintas formas de reacción frente a este enemigo que
ya había penetrado y no podía ser conjurado. Sólo se podía reconocer en
silencio la amarga verdad y soportarla estoicamente; esto hicieron los
mejores. Era posible tratar de desmentirlos, y para ello los apóstoles
literarios de la doctrina de la decadencia cultural ofrecían muchos
puntos de fácil ataque; además, el que aceptaba la lucha contra esos
amenazantes profetas, tenía influencia sobre los ciudadanos y era
escuchado, porque el hecho de que la cultura que el día antes todavía se
creía poseer y de la que todos se habían mostrado tan orgullosos, ya no
existía, y que la civilización y el arte tan amados no eran más
civilización ni arte genuinos, parecía menos audaz e insoportable que
las inflaciones financieras imprevistas y la amenaza de los capitales
por la revolución. Además, contra la sensación de decadencia había
también la postura cínica: seguir bailando y declarar anticuada tontería
cualquier preocupación por el porvenir, cantar impresionantes folletines
acerca del fin cercano del arte, de la ciencia, del idioma, establecer
una total desmoralización del espíritu, una inflación de los conceptos
en el mundo folletinesco edificado con papel, por una especie de placer
suicida, y proceder como si se asistiera con indiferencia cínica o
desbordamiento de bacanal al hundimiento no sólo del arte, el espíritu,
la moral y la honestidad, sino también de Europa y del “mundo”. Reinaba
en los buenos un pesimismo quedamente sombrío; en los malos, malicioso
en cambio, y era menester antes una reconstrucción de lo sobreviviente y
cierta transformación del mundo y de la moral por la política y la
guerra, para que también la cultura admitiera una real consideración de
sí y un nuevo ordenamiento.
Entre
tanto, esta cultura no se quedó dormida durante las décadas de la
transición; precisamente durante su decadencia y a pesar dela aparente
defección por parte de artistas, profesores y folletinistas alcanzó en
la conciencia de algunos el más agudo despertar y el más hondo examen de
conciencia. Ya en pleno florecimiento del folletín hubo en todas partes
individuos y pequeños grupos resueltos a permanecer fieles al espíritu y
a poner a salvo, con todas sus fuerzas, más allá de la época un germen
de buena tradición, disciplina, método y conciencia intelectual. Por
cuanto podemos conocer hoy, de estos hechos, parece que el proceso del
auto examen, de la reflexión y la oposición consciente contra la
decadencia se cumplió principalmente en dos grupos. La conciencia
cultural de los sabios se refugió en las investigaciones y en los
sistemas educativos de la historia de la música, porque esta ciencia
llegó justamente en esos días a su elevación, y en el mundo del folletín
dos seminarios que se volvieron famosos cultivaron un método de labor
ejemplarmente limpio y escrupuloso. Y como si el destino hubiera querido
consentir consoladoramente estos esfuerzos de una valiente cohorte
sumamente reducida, ocurrió en lo más sombrío de esos años el afortunado
milagro que en sí fue casualidad, pero influyó como una divina
confirmación: ¡el hallazgo de los once manuscritos de Juan Sebastián
Bach entre el material que poseía entonces su hijo Friedemann! Una
segunda atalaya de la resistencia contra la degeneración fue la “Liga de
los peregrinos de Oriente”, hermandad más dedicada a una disciplina
anímica, al cuidado de la piedad y el respeto que a la labor
intelectual; por este lado, nuestra forma actual de espiritualismo y del
juego de abalorios obtuvo importantes impulsos, especialmente en su
dirección contemplativa. También en las nuevas tendencias de lo esencial
de nuestra cultura participaron los peregrinos de Oriente, no tanto
mediante contribuciones científico-analíticas, cuanto por su capacidad
basada en añejos ejercicios secretos para penetrar mágicamente en épocas
muy antiguas y en viejísimos estados culturales. Había entre ellos, por
ejemplo, músicos y cantores de quienes se asegura que poseían la
facultad de ejecutar piezas musicales de épocas anteriores en su
perfecta pureza antigua, de cantar y tocar, supongamos, una música de
1600 o de 1650 con tanta exactitud como si todas las modas surgidas más
tarde, todos los refinamientos y virtuosismos posteriores, hubiesen sido
desconocidos. Esto ocurrió en la época en que la búsqueda de dinamismo y
exageración dominaba todo el arte musical y en que por la ejecución y la
“concepción” de los directores casi se olvidaba a la música misma; hecho
inaudito: se narra que los oyentes, en parte no comprendían en absoluto;
en parte, en cambio, prestaban atención y creían oír música por primera
vez en su vida, cuando una orquesta de losperegrinos de Oriente
ejecutaba públicamente, estrenándola, una “suite” de la época de Haendel,
en forma perfecta, sin inflaciones hiperbólicas y desahogos agotadores,
con la ingenuidad y el pudor de otros tiempos y otro mundo. Una de las
Ligas había construido en el edificio social entre Bremgarten y Morbio
un órgano de Bach, tan perfecto como el mismo Juan Sebastián se lo
hubiera hecho fabricar, si hubiera tenido los recursos y la posibilidad.
El constructor, de acuerdo con una norma ya entonces en vigencia en su
Liga, ocultó su nombre y se llamó Silberman, por uno de sus antepasados
del siglo XVIII.
Con
esto nos hemos acercado a las fuentes de donde nació nuestro actual
concepto de la cultura. Una de las más importantes fue la más joven de
las ciencias; la historia de la música y de la estética musical. Luego
el vuelo casi inmediato de las matemáticas; a esto se agregó una gota de
aceite de la sabiduría de los peregrinos de Oriente y, en estrecha
relación con la nueva concepción e interpretación de la música, aquella
valiente postura, tan gozosa como resignada, frente al problema de la
edad de la cultura. Resulta superfluo explayarse mucho al respecto;
estas cosas son demasiado conocidas por todos. El resultado más
importante de esa nueva posición, más aún, de esta nueva ordenación en
el proceso cultural, fue una muy amplia renuncia a la creación de obras
de arte, la paulatina separación de lo espiritual de las actividades del
mundo y —no menos importante y aun floración total— el juego de
abalorios.
En los
comienzos del juego ejerció la máxima influencia imaginable el ahondar
en la ciencia musical, comenzado ya poco después del año 1900, todavía
en pleno apogeo del folletín. Nosotros, herederos de esta ciencia,
creemos conocer mejor y, en cierto sentido, comprender mejor también la
música de los grandes siglos creadores, especialmente del XVII y XVIII,
comparándolos con todas las épocas precedentes (inclusive las de la
música clásica misma) Naturalmente, nosotros, posteridad, tenemos una
relación totalmente distinta con la música clásica de la que tuvieron
los hombres de las épocas de creación; nuestra veneración
espiritualizada, y no siempre lo bastante libre de una resignada
melancolía por la música genuina, es algo completamente diverso del
suave e ingenuo gozo musical de aquellos tiempos que nos inclinamos a
considerar más dichosos; ¡cuántas veces por encima de ésta su música,
olvidamos las condiciones y las fatalidades entre las cuales nació!
Desde generaciones atrás, como lo hizo ya el siglo XX casi en su
totalidad, no consideramos más la filosofía o la literatura, sino las
matemáticas y la música como la gran contribución duradera de aquel
periodo cultural que corre entre el final dela Edad Media y nuestros
días. Desde que nosotros —por lo menos fundamentalmente— renunciamos a
competir en creación con aquellas generaciones, desde que también
abdicamos del culto por el predominio de lo armónico y del dinamismo
meramente sensual en la obra musical (dinamismo y armonía que desde
Beethoven y el comienzo del romanticismo reinaron en la música durante
dos siglos), creemos —la nuestra manera, lógicamente, una manera
estéril, epígona, pero respetuosa—, creemos, repito, ver el panorama de
esa cultura que heredamos, en forma más pura y más correcta. Nada
poseemos ya del goloso placer de producir de aquellas épocas; para
nosotros es casi un espectáculo inconcebible ver cómo pudieron
mantenerse en el siglo XV y XVI los estilos musicales tanto tiempo en su
intacta pureza, cómo entre la cantidad colosal de música escrita
entonces no puede hallarse siquiera algo malo, cómo ya el siglo XVIII,
en el que comienza la degeneración, puede volcar veloz, radioso y
consciente, todo un fuego de artificio de estilos, modas y escuelas;
pero creemos haber entendido y tomado por modelo en lo que hoy llamamos
música clásica, el secreto, el espíritu, la virtud y la piedad de esas
generaciones. No conservamos nada o muy poco, por ejemplo, de la
teología y de la cultura eclesiástica del siglo XVIII o de la filosofía
del Iluminismo, pero vemos en las cantatas, en las Pasiones y en los
preludios de Bach, la última sublimación de la cultura cristiana.
Además, la relación de nuestra cultura con la música tiene un
antiquísimo modelo sumamente respetable; el juego de abalorios le otorga
elevada veneración. En la China legendaria de los “antiguos reyes”,
debemos recordarlo, se atribuía a la música un papel directivo en la
vida estatal y cortesana; hasta se identificaba el bienestar de la
música con el de la cultura y la moral y aun del reino, y los maestros
de música debían velar severamente por la conversación y la pureza del
“antiguo lenguaje musical”. La decadencia de la música era considerada
una señal de la ruina del gobierno y del Estado. Y los poetas contaban
terribles leyendas de las melodías prohibidas, diabólicas y enemigas del
cielo, por ejemplo, la melodía Ching Chang y Chin Tse, la “música de la
perdición”; cuando ella resonaba sacrílega en el castillo real, el cielo
se oscurecía, los muros temblaban y se derrumbaban, y caían el príncipe
y el reino. En lugar de muchas otras palabras de los viejos autores,
citamos algunos pasajes del capítulo sobre música de Primavera y
otoño, de Lue Bu We:
“Los
orígenes de la música se remontan muy atrás en el tiempo. Nace ella de
la medida y arraiga en el gran Uno. El gran Uno procrea los dos polos;
los dos polos generan la fuerza de la tinieblas y la de la luz.
“Cuando el mundo está en paz, cuando todas las cosas están en calma,
cuando todas en sus mutaciones siguen a las que les son superiores, la
música se completa, se verifica. Cuando los deseos y las pasiones
marchan por la ruta correcta, la música se perfecciona. La música
perfecta tiene su causa. Nace del equilibrio. El equilibrio emana del
derecho, el derecho surge del sentido del mundo. Por eso sólo se puede
hablar de música con un hombre que ha conocido el sentido del mundo.
“La
música descansa en la armonía entre cielo y tierra, en la concordancia
entre las tinieblas y la luz.
“Los
Estados decaídos y los hombros maduros para la ruina no carecen
seguramente de la música, pero ella no es alegre. Ergo: cuanto
más rumorosa es la música, más melancólicos se tornan los hombres, más
amenazado está el país, más hondo cae el príncipe. De esta manera se
pierde también la esencia de la música.
“Lo
que todos los príncipes sagrados apreciaron en la música, fue su
alegría. Los tiranos Giae y Chu Sin hacían música rumorosa. Creían
hermosos los sonidos fuertes e interesante el efecto de masa. Anhelaban
nuevos y extraños efectos sonoros, tonalidades que no hubiese oído el
hombre: trataban de superar y exceder medida y meta.
“La
causa del ruina del Estado de los Chu fue porque inventaron la música
mágica. Esa música es seguramente bastante ruidosa, pero en verdad ella
se ha alejado de la esencia real de la música. Y porque se ha alejado de
la verdadera sustancia musical, no es alegre. Si la música no es alegre,
el pueblo murmura y la vida es dañada. Todo esto se debe a que se
desconoce la esencia de la música y se llega solamente a rumorosos
efectos sonoros.
“Por
eso la música de una época bien ordenada es tranquila y alegre y el
gobierno uniforme. La música de una era inquieta es excitada y rencorosa
y su gobierno, invertido. La música de un Estado en decadencia es
sentimental y triste y su gobierno peligra.”
Los
pasajes de este chino nos indican con claridad suficiente los orígenes y
el verdadero y casi olvidado sentido de toda música. Como la danza y
cualquier otro ejercicio artístico, en efecto, la música fue en los
tiempos prehistóricos un recurso de hechicería, uno de los antiguos y
legítimos medios de la magia. Comenzando con su ritmo (batir de palmas,
zapatear, golpear maderas, primitivo arte tamboril), fue un recurso
enérgico y comprobado para poner de acuerdo una pluralidad y una
multiplicidad de seres humanos, para llevar al mismocompás su
respiración, sus latidos y sus estados de ánimo, para estimular a los
hombres a la invocación y al conjuro de las potencias eternas, a la
danza, a la competición, a las campañas guerreras, a la acción sagrada.
Y esta esencia original, pura y primitivamente poderosa, la esencia de
un hechizo, se mantuvo para la música mucho más tiempo que para las
demás artes; recuérdese solamente las numerosas manifestaciones de los
historiadores y los poetas acerca de la música, desde los griegos hasta
la novela de Goethe. Prácticamente, la marcha y la danza nunca perdieron
su importancia. ¡Mas volvamos a nuestro verdadero argumento!
Acerca
de los comienzos del juego de abalorios hemos de decir ahora brevemente
lo que vale la pena saber. Nació, según parece, al mismo tiempo en
Alemania e Inglaterra, y precisamente en ambos países como ejercicio
divertido entre aquellos reducidos círculos de sabios de la música y de
músicos que trabajaban y estudiaban en los nuevos seminarios de teoría
musical. Y si se compara el estado inicial del juego con el posterior y
el moderno, resulta lo mismo que si se confronta una notación musical de
la época de 1500 y sus primitivos signos de notación, en los que faltan
hasta las barras divisorias, con una partitura del siglo XVII o ya con
una del siglo XIX, con su intrincada superabundancia de indicaciones
abreviadas para la dinámica, los tiempos, la fraseología, etc., que a
menudo convirtió en grave problema técnico la impresión de tales
partituras.
El
juego fue, en principio, solamente una ingeniosa forma de ejercicio de
memoria y combinaciones entre estudiantes y músicos y, como se dijo, se
jugó tanto en Inglaterra como en Alemania, mucho antes que aquí lo
“inventaran” en la Universidad musical de Colonia, y recibiera su
nombre, tal como lo lleva aún hoy después de tantas generaciones, aunque
desde hace mucho tiempo nada tenga que ver con los abalorios. De estos
abalorios, se servía el inventor, Bastián Perrot, de Calw, un teórico de
la música un poco raro, pero inteligente y socialmente agradable, en
lugar de letras, números, notas musicales u otros signos gráficos.
Perrot, que además ha dejado un manual sobre Florecimiento y
decadencia del contrapunto, encontró en el seminario de Colonia un
hábito de juego ya bastante desarrollado por los estudiantes: consistía
en lanzarse mutuamente determinados motivos o comienzos de composiciones
clásicas en su forma científica abreviada; el interpelado debía
contestar o bien con la continuación de la pieza o, mejor todavía, con
voz más alta o más baja, un contratema opuesto, etc. Se trataba de un
ejercicio de memoria e improvisación, como en forma parecida (aunque no
teóricamente en fórmula, sinoprácticamente con el clavecín, el laúd, la
flauta o la vos) estuvo posiblemente en auge un tiempo entre los alumnos
de música y contrapunto de Schuetz, Pachelbel y Bach. Bastían Perrot,
aficionado a la actividad manual del artesano, con sus propias manos
construyó varios pianos y clavicordios a la manera antigua, que muy
probablemente pertenecía a los peregrinos de Oriente; cuenta la leyenda
que supo tocar el violín a la usanza antigua desde 1800 olvidada, con
arco de gran curvatura y tensión a mano de las cuerdas; Perrot fabricó
también, según el modelo del sencillo ábaco para niños, un marco con
algunas docenas de alambres tendidos, en los cuales se podían acomodar,
corriéndolas, cuentas de vidrio de diverso tamaño y de varios colores y
formas. Los alambres correspondían a las líneas del pentagrama, las
cuentas a los valores de las notas, etc., y de esta manera, con
abalorios construía, variaba, transportaba, desarrollaba, cambiaba citas
musicales o temas inventados y los contraponía a otros Por su técnica
este juego, que agradaba a los alumnos, fue imitado y estuvo de moda
también en Inglaterra, y por un tiempo, el ejercicio musical se realizó
en esta forma de primitiva gracia. Y así, como sucede a menudo, una
institución luego permanente e importante recibió su denominación por
algo momentáneamente accesorio. Lo que más tarde nació de aquel juego de
seminario y de la pauta de abalorios de Perrot, lleva aún hoy el nombre
popularizado de juego de abalorios.
Apenas
dos o tres décadas más tarde, parece que el juego perdió su favor entre
los estudiantes de música, pero fue adoptado por los matemáticos y por
mucho tiempo subsistió como rasgo distinto en la historia del juego el
que fuera preferido siempre y empleado y perfeccionado por la ciencia
que periódicamente experimentaba un florecimiento o renacimiento
especial. Entre los matemáticos, el juego alcanzó notable movilidad y
capacidad de sublimación y logró ya conciencia de sí y de sus
posibilidades; este hecho corrió parejas con la evolución general de la
conciencia cultural de entonces, que había superado la gran crisis, y
—como lo dice Plinius Ziegenhals— “con modesto orgullo se vio confiado
el papel de pertenecer a una cultura final, a un estado que correspondió
quizá a la de la última antigüedad, a la de la era greco-alejandrina.”
Así
dice Ziegenhals. Tratamos de llevar a su conclusión nuestro esbozo de
una historia del juego de abalorios y establecemos: al pasar de los
seminarios musicales a los matemáticos (migración que en Francia y en
Inglaterra se cumplió mucho más rápidamente que en Alemania), el juego
estaba tan desarrollado que podía expresar con signos y abreviaturas
especiales procesos y hechos matemáticos; los jugadores colaboraban
mutuamente, desarrollándolo, y con estas fórmulas abstractas
representaban recíprocamente series evolutivas y posibilidades de su
ciencia. Este juego matemático-astronómico de fórmulas requería gran
atención, espíritu alerta y concentración; entre los matemáticos valía
mucho entonces el nombre de buen jugador de abalorios, porque equivalía
al de matemático muy distinguido.
El
juego fue aceptado e imitado de vez en cuando por casi todas las
ciencias, es decir, empleado en su propio terreno por ellas, como está
demostrado en el campo de la filología clásica y la lógica. La
consideración analítica de las obras musicales había llevado a concebir
secuencias musicales mediante fórmulas físico-matemáticas. Poco después
comenzó a trabajar con este método la filología y a calcular figuras
idiomáticas en la misma forma en que la física calculaba procesos
naturales. Se agregó después la investigación de las artes plásticas,
que estaban en relación con las matemáticas desde mucho antes por la
arquitectura. Nuevas relaciones, analogías y correspondencias se fueron
fraguando luego en las fórmulas abstractas descubiertas de este modo.
Cada ciencia que se apoderaba del juego, creó para sí misma con este fin
una lengua de juego compuesta de fórmulas, abreviaturas y posibilidades
de combinación; en todas partes la más selecta juventud espiritual
prefería los juegos de series y los diálogos formulistas. El juego no
era mero ejercicio ni mera diversión, era concentrado autosentido de una
disciplina del espíritu; lo practicaban especialmente los matemáticos
con virtuosismo a la vez ascético y deportivo, y formal seriedad, y
hallaban en esto un gozo que les ayudaba a soportar la renuncia,
entonces ya consecuentemente realizada de lo espiritual, a todo goce y
esfuerzo mundanos. El juego de abalorios tuvo gran participación en la
completa superación del folletín y en aquella alegría nuevamente
despertada por los ejercicios más exactos del espíritu, a la que debemos
el nacimiento de una nueva disciplina moral de monacal severidad. El
mundo había cambiado. Se podría comparar la vida espiritual de la época
folletinesca con una planta degenerada, que se prodiga en crecimientos
hipertróficos, y las correcciones posteriores con una poda radical de la
planta hasta las raíces; Los jóvenes que ahora querían dedicarse a los
estudios espirituales, no entendían ya más por estudio un olisquear en
las universidades, donde profesores famosos y locuaces, sin autoridad
alguna, les impartían los residuos de la antigua cultura superior;
debían estudiar tan seriamente y aun más seria y metódicamente que un
tiempo los ingenieros en las escuelas politécnicas. Tenían que subir por
empinado camino: debían pulir y acrecer su poder mental en las
matemáticas yen ejercicios aristotélicos escolásticos y, además,
aprender a renunciar totalmente a todos los bienes que antes una serie
de generaciones de sabios habían considerado dignos de lograrse: a la
rápida y fácil ganancia de dinero, a la gloria y a los honores de la
publicidad, a las loas de la prensa, a matrimonios con las hijas de
banqueros e industriales, a los goces y al lujo de la vida material. Los
escritores de grandes ediciones, premios Nobel y hermosas casas de
campaña, los grandes médicos de condecoraciones y sirvientes de librea,
los académicos de esposas ricas y salones brillantes, los químicos con
cargos de asesores en la industria, los filósofos con fábricas de
folletines y seductoras conferencias en salas colmadas y aplausos y
ramos de flores, todas estas figuras habían desaparecido y hasta hoy no
han vuelto a la luz. Sí, había aún muchísimos jóvenes de talento para
quienes aquellas figuras eran modelos envidiables, pero los caminos a
los honores públicos, a la riqueza, a la gloria y al lujo no pasaban más
a través de las aulas, los seminarios y las tesis doctorales; las
profesiones espirituales profundamente decaídas habían quebrado a los
ojos del mundo y reclamaron nuevamente una entrega expiatoria y fanática
al espíritu. Los hombres de talento que más anhelaban esplendor y
bienestar, debieron volver la espalda a la espiritualidad condenada y
buscar las profesiones a las que se había dejado la posibilidad del
triunfo y del dinero.
Nos
llevaría demasiado lejos tratar de describir más exactamente en qué
forma el espíritu, después de su purificación, se insertó también en el
Estado. Se hizo muy pronto la experiencia de que pocas generaciones de
una relajada e inconsciente disciplina espiritual habían bastado para
perjudicar muy sensiblemente también a la vida práctica; de que el saber
y la responsabilidad eran cada vez menos frecuentes en todas las
profesiones más elevadas, hasta en las técnicas; y por esto el cuidado
del espíritu en el Estado y en el pueblo, sobre todo la instrucción
pública, llegó a ser cada vez más monopolio de los intelectuales, como
hoy en casi todos los países de Europa la escuela —en cuanto dejó de
estar bajo el “control” de la Iglesia de Roma— se halló en manos de las
Ordenes anónimas que alistan sus miembros entre lo más selecto de la
intelectualidad. Aun cuando pueda a veces resultar molesta para la
opinión pública la severidad y la llamada arrogancia de esta casta, aun
cuando se hayan rebelado contra ella determinados individuos, esta
dirección permanece inconmovible; la sostiene y la protege no solamente
su integridad, su renuncia a otros bienes y otras ventajas que no sean
las espirituales, sino que la defiende también la conciencia o la
intuición desde largo tiempo atrás generalizada de lanecesidad de esta
severa escuela para la subsistencia de la civilización. Se sabe o se
adivina: cuando el pensar no es puro y vigilante y no tiene el valor el
respeto del espíritu, tampoco marchan ya correctamente buques y
automóviles, todo valor y toda autoridad se tambalea tanto para la regla
de cálculos del ingeniero como para la contabilidad de los Bancos y las
Bolsas, y sobreviene el caos. Tardó por cierto mucho tiempo en abrirse
camino el reconocimiento de que también lo externo de la civilización,
también la técnica, la industria, el comercio, etc., necesitan los
cimientos comunes de una moral y de una honestidad del espíritu.
Ahora
bien, lo que en aquella época faltaba todavía al juego de abalorios, era
el poder de universalidad, el vuelo por encima de las profesiones.
Jugaban su juego inteligentemente regulado los astrónomos, los griegos,
los latinos, los escolásticos, los estudiantes de música, pero el juego
tenía para cada subordinación, para cada disciplina y sus ramificaciones
un idioma propio, un propio mundo de reglas. Pasó medio siglo antes de
que se diera el primer paso para superar estos límites. La causa de esta
lentitud fue, sin duda, más moral que formal y técnica; los medios para
esa superación se hubieran podido hallar, pero a la severa moral del
espiritualismo renacido, estaba ligado un miedo puritano por la
allotria, por la mezcla de las disciplinas y las categorías, un
miedo profundo y muy justificado por la reincidencia en el pecado de la
puerilidad y el folletín.
La
obra de un solo hombre llevó entonces el juego de abalorios, casi de un
salto, a la conciencia de sus posibilidades y por consiguiente hasta el
umbral de la capacidad universal de perfección; una vez más el vínculo
con la música logró este progreso. Un sabio músico suizo, al mismo
tiempo fanático aficionado a las matemáticas, dio al juego una nueva
dirección y la posibilidad de su máximo desarrollo. El nombre civil de
este grande hombre no puede ser averiguado ya, su época ignoraba el
culto personal en el terreno espiritual; vive en la historia como
Lusor Basiliensis (o también loculator)[2].
Su invento, como todo invento, fue ciertamente por entero obra y
gracia personal suya, pero no procedía en absoluto solamente de una
necesidad y de una aspiración personales, sino que estaba impulsado por
un motor más fuerte. Entre los intelectuales de su tiempo, existía por
doquiera un apasionado anhelo incitador hacia la posibilidad de
expresión de una nueva esencia del pensamiento; se aspiraba a una
filosofía, a una síntesis; se sentía la insuficiencia de la felicidad
momentánea por el puro retraimiento en la propia disciplina; aquí y
allá, algún sabio rompía los compartimientos de la ciencia especializada
y trataba de avanzar en lo general; se soñaba con un nuevo alfabeto, con
una nueva lengua de signos con la que fuera posible establecer y además
intercambiar las nuevas vivencias espirituales. Notable testimonio de
ello nos ofrece la obra de un sabio parisiense de estos, años:
Admonición china. El autor de este libro, en su época ridiculizado
como una especie de Don Quijote, por lo demás sabio respetado en su
terreno de la filosofía china, explica a cuáles peligros se exponen la
ciencia y la cultura espiritual a pesar de su valiente postura, si
renuncian a elaborar una lengua gráfica internacional, que como la
antigua escritura china permita expresar lo más complicado (sin
eliminaciones) de la fantasía y la invención personales de una manera
gráfica inteligible para todos los sabios del universo. Y bien, el paso
más importante hacia el cumplimiento de tal demanda lo dio el
Joculator Basiliensis. Para el juego de abalorios inventó los
fundamentos de una nueva lengua, es decir, de una lengua de signos y
fórmulas, en la que participaban por igual las matemáticas y la música,
y hacía posible así unir fórmulas astronómicas y musicales, llevar a un
común denominador matemáticas y música, simultáneamente. Aun cuando con
eso no se completaba en absoluto la evolución, el desconocido sabio de
Basilea colocó entonces los cimientos de lo ulterior en la historia de
nuestro juego querido.
El
juego de abalorios, un día entretenimiento especial, ora de matemáticos,
ora de filósofos o músicos, atrajo entonces cada vez más a todos los
verdaderos intelectuales. Se dedicaron a él muchas antiguas academias y
logias y, sobre todo, la antiquísima Liga de los peregrinos de Oriente.
También algunas de las Órdenes católicas presintieron allí una nueva
atmósfera espiritual y se dejaron seducir; en algunos monasterios
benedictinos, especialmente, fue tal la dedicación al juego, que surgió
en forma aguda el problema reaparecido muchas veces después, de si este
juego debía ser realmente tolerado y apoyado o prohibido por la Iglesia
y la Curia.
Desde
la hazaña del sabio de Basilea, el juego evolucionó hasta ser lo que es
hoy: universal contenido de lo espiritual y musical, culto sublime,
unio mystica
[3]de todos los miembros
aislados de la Universitas Litterarum
[4]. En nuestra existencia posee
por un lado el papel del arte, por el otro el de la filosofía
especulativa; y, por ejemplo, en la época de Plinius Ziegenhals fue
denominado muchas veces con una expresión, resabio todavía de la
literatura de la época folletinesca y que por entonces indicaba la meta
nostálgica de muchas almas llenas de intuición: “teatro mágico”.
Pero
si el juego de abalorios, desde sus comienzos, creció hasta lo infinito
en técnica y volumen de las materias y se convirtió en ciencia noble y
arte elevado, por lo que se refiere a las aspiraciones espirituales de
los jugadores, le faltó sin embargo, en los tiempos del sabio de Basilea
algo esencial aún. Hasta ese momento, cabe decir, todo juego había sido
un enfilar, ordenar, agrupar y oponer ideas concentradas de muchos
campos del pensar y la belleza, un rápido recordar valores y formas
ultratemporales, un breve vuelo virtuosista por los reinos del espíritu.
Sólo más tarde penetró también poco a poco sustancialmente en el juego
el concepto de la contemplación y, sobre todo, de los usos y las
costumbres de los peregrinos de Oriente. Se había hecho visible el
inconveniente de que artistas de la memoria, sin otras virtudes,
efectuaran juegos virtuosistas y deslumbrantes y pudieran sorprender y
confundir a los participantes con la rápida sucesión de innúmeras ideas.
Este virtuosismo sufrió paulatinamente severas prohibiciones sucesivas y
la contemplación se convirtió en componente muy valioso del juego, más
aún, se tornó cosa capital para espectadores y oyentes de cada juego.
Fue el viraje hacia lo religioso. Ya no importaba sólo seguir con la
mente las series de ideas y todo el mosaico espiritual de un juego con
rápida atención y avezada memoria, sino que surgió la demanda de una
entrega más profunda y anímica. Es decir, después de cada signo
conjurado por el ocasional jugador o director del juego, se verificaba
una silenciosa y severa consideración de su contenido, su origen, su
sentido; consideración que obligaba a cada participante a representarse
intensa y orgánicamente los significados del signo. Todos los miembros
de la Orden y de las Ligas del juego habían aprendido la técnica y el
ejercicio de la contemplación en las escuelas de selección, donde se
dedicaba la máxima atención al arte de la contemplación y la meditación.
Con ello se preservaban los jeroglíficos del juego de la degeneración en
meras letras de un alfabeto.
Hasta
entonces, sin embargo, el juego de abalorios permaneció mero ejercicio
privado, a pesar de su difusión entre los sabios. Se podía jugar por uno
solo, de a dos, entre muchos, y por cierto a veces se anotaron también
juegos muy inteligentes, bien compuestos y logrados, que pasaban de
ciudad en ciudad, de país en país, y eran admirados y criticados. Mas
sólo entonces comenzó lentamente el juego a enriquecerse con una nueva
función, al convertirse en fiesta pública. Hoy todavía, el juego privado
es libre para cualquiera y los más jóvenes son especialmente aficionados
a esta forma. Pero al oír las palabras “juego de abalorios”, todo el
mundo piensa hoy particularmente en los juegos solemnes y públicos. Se
verifican con la dirección de pocos maestros distinguidos, a quienes
preside en cada país el Ludí Magister o maestro del juego, con la
devota asistencia de los invitados y la tensa atención de los oyentes en
todas partes del mundo; algunos de estos juegos duran días y semanas, y
mientras se celebran, todos los participantes y oyentes viven según
exactas normas, que se extienden hasta la duración del sueño, llevando
una vida de renuncia y altruismo en absoluta meditación, comparable a la
vida de penitencia severamente regulada, que llevaban los participantes
en los ejercicios de san Ignacio.
Poco
más cabe agregar. El juego de los juegos, merced a la alternada
hegemonía de ésta o aquélla ciencia o arte, se convirtió en una especie
de idioma universal, con el cual los jugadores estaban capacitados para
expresar valores con ingeniosos signos y para ponerse en relación mutua.
En todos los tiempos, estuvo estrechamente emparentado con la música y
generalmente se desarrolló de acuerdo con reglas musicales o
matemáticas. Se fijaba un tema, dos, tres; luego los temas eran
expuestos o variados, y corrían la misma suerte que los de una fuga o de
un movimiento de sinfonía. Una jugada podía partir de una configuración
astronómica fijada o del tema de una fuga de Bach o de un pasaje de
Leibniz o de los Upanishads, y desde el tema, según la intención y la
capacidad del jugador, se podía proseguir y elaborar la idea madre
evocada o enriquecer su expresión con ecos de ideas vinculadas con él.
Si el principiante sabía establecer, con los signos del juego, paralelos
entre una música clásica y la fórmula de una ley física, para un
conocedor y maestro el juego conducía libremente desde el tema inicial a
ilimitadas combinaciones. Ciertas escuelas preferían, y lo prefirieron
por mucho tiempo, aparecer, enfrentar y reunir armoniosamente al final
dos temas o ideas contrastantes, como ley y libertad, individuo y
comunidad, y se atribuía mucho valor al hecho de tratar en ese juego
ambos temas de manera perfectamente uniforme e imparcial, elaborando con
la tesis y la antitesis, la síntesis más pura posible. Sobre todo,
aparte de algunas excepciones geniales, no agradaban, y en ciertos
períodos fueron prohibidos, juegos con un final negativo, escéptico e
inarmónico, y esto respondía profundamente al sentido que el juego había
alcanzado para todos en su apogeo. Significaba una forma selecta y
simbólica de la búsqueda de lo perfecto, una alquimia sublime, un
acercamiento al espíritu único por sobre todas las imágenes y
multitudes, es decir, a Dios. Como los piadosos pensadores de épocas
antiguas imaginaban, por ejemplo, la vida de las criaturas como un
camino hacia Dios y consideraban concluida y acabada la multiplicidad
del mundo fenoménico sólo en la unidad divina, del mismo modo las
figuras y fórmulas del juego de abalorios construían, musicaban y
filosofaban en una lengua universal que era alimentada por todas las
ciencias y las artes, jugándose en anhelos por lo perfecto, por el ser
puro, colmado de realidad total. “Realizar” era la expresión preferida
de los jugadores y ellos consideraban su labor como camino del devenir
al ser, de lo posible a lo real. Séanos permitido aquí recordar una ver
más el pasaje antes citado de Nicolás de Cusa.
Por lo
demás, las expresiones de la teología cristiana, en cuanto se formularan
clásicamente y con esto parecieran constituir patrimonio común, eran
lógicamente incluidas en la lengua gráfica del juego, y un concepto
capital de la fe, por ejemplo, o el texto de un pasaje bíblico, un
pensamiento de un Padre de la Iglesia o del Misal romano, podían ser
expresados con la misma facilidad y exactitud, y ser, además, incluidos
en el juego, como un axioma de la geometría o una melodía de Mozart.
Cometemos apenas una ligera exageración si nos atrevemos a decir lo
siguiente: para el estrecho círculo de los más genuinos jugadores de
abalorios, el juego tenia casi el mismo significado de un servicio
divino, aunque cada uno se abstenía de una teología propia.
En la
lucha por su subsistencia entre las fuerzas antiespirituales del mundo,
tanto los jugadores de abalorios como la Iglesia romana estuvieron
demasiado alerta mutuamente, para que se pudiera llegar entre ambos a
una decisión, aunque hubo muchas ocasiones para ello, porque en ambas
potencias la honestidad intelectual y la legítima tendencia hacia una
formulación más neta y unívoca impulsaban a una separación. Pero ésta
nunca llegó a realizarse. Roma se conformó con afrontar el juego ora con
tolerancia, ora con hostilidad; muchos de los mejores jugadores
pertenecían por cierto a las congregaciones eclesiásticas y al clero de
mayor jerarquía. Y el juego mismo, desde que existieron tenidas públicas
y un Ludí Magister, estuvo bajo la protección de la Orden y de
las autoridades educativas: ambas fueron frente a Roma la cortesía y la
caballerosidad personificadas. El papa Pío XV, que como cardenal había
sido un inteligente y ardoroso jugador, como papa no sólo se despidió de
él, como sus predecesores, para siempre, sino que hasta intentó
procesarlo; poco faltó entonces para que se prohibiera el juego de
abalorios a los católicos. Pero el papa murió antes de que eso
aconteciera, y una difundida biografíade este hombre nada insignificante
describió su relación con el sabio juego como una profunda pasión que en
su condición de papa quiso dominar por el ataque hostil.
El
juego de abalorios, realizado libremente en un principio por individuos
y comunidades, y fomentado por cierto desde mucho atrás por las
autoridades de la enseñanza, logró su organización pública primeramente
en Francia e Inglaterra; los demás países siguieron el ejemplo con
bastante rapidez. Se estableció entonces en cada país una Comisión y un
supremo director, con el titulo de Ludí Magister, y se
consagraron como festividades espirituales los juegos oficiales,
realizados con la dirección personal del Magister. Éste, como
todos los altos y supremos funcionarios del espiritualismo, permaneció
naturalmente en el anónimo; fuera de pocos íntimos, nadie sabía
su verdadero nombre. Los recursos oficiales e internacionales de
divulgación, como la radiotelefonía, estaban solamente a disposición de
los grandes juegos oficiales, de los que era responsable el Ludí
Magister. Además de la dirección de los juegos públicos,
correspondía a los deberes del Magister el fomento de los
jugadores y sus escuelas, pero los maestros debían ante todo velar por
el progreso del juego. La Comisión Mundial de los Maestros de todos los
países era la única que resolvía la admisión (hoy casi eliminada
totalmente) de nuevos signos y fórmulas en el conjunto de los juegos, la
eventual ampliación de las reglas, la colaboración o la exclusión de
nuevos terrenos. Si se considera el juego como una especie de idioma
universal de lo espiritual, las comisiones de los distintos países con
la dirección de sus maestros constituyen en conjunto la Academia que
vigila la estabilidad, el progreso, la pureza de ese idioma. Cada
Comisión nacional posee un archivo del juego, es decir, el archivo de
todos los signos y claves hasta el momento examinados y admitidos, cuyo
número desde hace tiempo se tornó mucho mayor que el de los antiguos
signos de la escritura china. En general, como preparación cultural
suficiente para un jugador de abalorios vale el examen final de las
escuelas cultas superiores, sobre todo las escuelas de selección, pero
se exigió y se exige previamente en forma implícita un dominio de las
ciencias capitales o de la música, superior al común. Llegar a miembro
de la Comisión de juego y aun a Ludí Magister, era el ambicioso
sueño de cada uno de los alumnos de las escuelas de selección, a la edad
de quince años. Pero ya entre los futuros doctores había sólo una
minoría que cultivara con seriedad todavía el orgullo de poder servir
activamente al juego de abalorios y a su progreso. Para ello todos estos
aficionados se ejercitaban diligentemente en la ciencia respectiva y en
la meditación, y formaban en los“grandes” juegos ese íntimo círculo de
devotos y fieles participantes que dan a los juegos públicos el carácter
solemne y los preservan de degenerar en actos meramente decorativos.
Para estos verdaderos jugadores y aficionados, el Ludí Magister
es un príncipe o un gran sacerdote, casi una divinidad.
Para
el jugador independiente, sin embargo, y sobre todo para el Magister,
el juego de abalorios es en primer término un hacer música, quizá en
el sentido de las palabras que escribió una vez José Knecht acerca de la
esencia de la música clásica:
“Consideramos la música clásica como el extracto y la esencia de nuestra
cultura, porque es su gesto y su expresión más clara y explicativa.
Poseemos en esta música le herencia de la antigüedad y del cristianismo,
un espíritu de más alegre y valiente piedad, una moral insuperablemente
caballeresca. Porque, en resumidas cuentas, todo gesto clásico cultural
significa una moral, un modelo de la conducta humana concentrado en
gesto. Sí, entre 1500 y 1800 se hizo mucha música, los estilos y las
expresiones fueron sumamente distintos pero el espíritu, mejor aún la
moral, es en todas partes el mismo. La postura humana, cuya expresión es
la música clásica, es siempre la misma y siempre se funda en idéntica
clase de conocimiento existencial y aspira a la misma categoría de
superioridad sobre el acaso. El gesto de la música clásica significa
sabiduría de lo trágico de la humanidad, afirmación del destino humano,
valor, alegría. Ya sea la gracia de un minué de Haendel o de Couperin,
ya sea la sensualidad sublimizada en gesto delicado como en muchos
italianos o en Mozart, ya sea la calma y decidida disposición a la
muerte como en Bach, siempre contiene íntimamente una porfía, un valor
que no teme a la muerte, una caballerosidad y el eco de una risa
sobrehumana de inmortal alegría. Así también sonará el eco en nuestros
juegos de abalorios y en todo nuestro vivir, hacer y sufrir”.
Estas
palabras fueron anotadas por un discípulo de Knecht. Con ellas ponemos
fin a nuestras consideraciones sobre el juego de abalorios.
Capítulo I
LA VOCACIÓN
NADA
sabemos acerca del origen de Josef Knecht. Como muchos de los
estudiantes de selección o bien perdió en temprana edad sus padres, o
bien fue sacado de una condición adversa y adoptado por las autoridades
de la enseñanza. En todo caso le estuvo ahorrado el conflicto entre
escuela selecta y hogar paterno, que pesó sobre los años juveniles de
muchos otros de su clase y les dificultó la entrada en la Orden;
conflicto que en muchos casos convierte a jóvenes altamente dotados en
caracteres difíciles y problemáticos. Knecht pertenece a los felices que
parecen nacidos y predestinados realmente a Castalia
[5]; a la Orden y al servicio en los
cargos educativos; y aunque no le fue desconocido en absoluto lo
problemático de la vida espiritual, le fue dado sin embargo,
experimentar lo trágico innato en toda existencia consagrada a lo
intelectual sin particular amargura. Por cierto, no fue este aspecto
trágico el que nos sedujo a dedicar nuestro profundo estudio a la
personalidad de Josef Knecht; fue más bien la forma tranquila, alegre y
hasta radiosa en que realizó su destino, su capacidad, su determinación.
Como todo hombre importante, tiene su daimónion y su amor fati
[6], pero este último se nos
muestra libre de toda lobreguez y fanatismo. Es cierto, ignoramos lo
oculto, lo íntimo, y no hemos de olvidar que escribir historia, aunque
se haga con mucha sobriedad y con el mayor deseo de objetividad, sigue
siendo siempre literatura y su tercera dimensión es la ficción. No
sabemos, para elegir grandes ejemplos, si Juan Sebastián Bach o Amadeo
Wolfgang Mozart vivieron realmente en forma alegre o grave. Mozart posee
para nosotros la gracia del malogrado que conmueve extrañamente y
despierta simpatía; Bach, la edificante y consoladora resignación al
deber de sufrir y morir casi en la paternal voluntad de Dios, pero esto
ciertamente no podemos leerlo en sus biografías y en los hechos
transmitidos de su vida privada, sino que lo aprendemos exclusivamente
en su obra, en su música. Además, a Bach, de quien conocemos la
biografía y cuya figura imaginamos por su música, agregamos casi sin
quererlo también su suerte póstuma: en nuestra fantasía, en cierta
manera, pensamos que ya en vida supo (y sonrió y calló) que toda su obra
sería olvidada en seguida después de su muerte y sus manuscritos se
perderían como papel de desecho, que en lugar suyo uno de sus hijos
sería el “gran Bach” y triunfaría; que su obra, más tarde, al ser
redescubierta, caería justamente en los malentendidos y las barbaridades
de la época folletinesca, etc. Y del mismo modo estamos inclinados a
atribuir o imputar a Mozart, aún vivo y floreciente en la plenitud de la
sana labor, un conocimiento de su oculta situación en manos de la
muerte, una noción anticipada de estar envuelto en ella. Cuando hay una
obra, el historiador no puede hacer otra cosa que reuniría con la vida
de su creador como si ambas, obra y vida, fueran dos mitades
inseparables de la misma unidad viviente. Y si así procedemos con Mozart
o con Bach, lo haremos también con Knecht, aunque pertenezca a nuestra
época esencialmente no creadora y no haya dejado una “obra” como la de
aquellos maestros.
Si
hacemos una tentativa de exponer la vida de Knecht, con ello intentamos
también su interpretación, y si como historiadores debemos lamentar
profundamente que falte casi toda noticia realmente comprobada acerca de
la última parte de su vida, animó justamente nuestra empresa la
circunstancia de que esta parte final de la existencia de Knecht se
convirtió en leyenda. Recogemos esta leyenda y estamos de acuerdo con
ella, sin que nos preocupe si es o no solamente devota literatura. Como
nada sabemos del nacimiento y de los orígenes de Knecht, nada conocemos
de su fin. Pero no tenemos la menor justificación para la hipótesis de
que ese fin pudo ser casual. Vemos su vida, por lo que se conoce,
edificada en clara serie de peldaños y si en nuestras suposiciones
acerca de su muerte adherimos voluntariamente a la leyenda y la
aceptamos de buena fe, lo hacemos porque lo que ella nos narra parece
corresponder perfectamente, como último escalón de esta vida, a los
precedentes. Aun confesamos que el diluirse de esta existencia en la
leyenda nos resulta orgánico y correcto, del mismo modo que la
continuidad de un astro que desaparece de nuestra vista y para
nosotros “se ha perdido”; no crea en nuestra conciencia el menor
escrúpulo de fe. En el mundo en que vivimos el autor y los lectores de
estos apuntes, Josef Knecht alcanzó y dio lo más alto que puede
imaginarse, porque como Ludí Magister fue guía y modelo de quien
se educa espiritualmente y espiritualmente aspira, porque administró en
forma ejemplar la herencia espiritual recibida, la aumentó y fue gran
sacerdote de un templo que es sagrado para cada uno de nosotros. No sólo
alcanzó y tuvo el lugar de un maestro: el sitio justo en la suprema
cumbre de nuestra jerarquía; lo sobrepasó también, excediéndolo en una
dimensión que sólo podemos sospechar respetuosamente, y por eso mismo
nos parece perfectamente adecuado y ajustado a su vida que también su
biografía haya traspasado las dimensiones habituales y al final haya
entrado en la leyenda. Aceptamos lo maravilloso de este hecho y nos
alegramos de lo prodigioso, sin querer investigar demasiado al respecto.
Hasta donde la vida de Knecht es historia —y lo es hasta un día bien
determinado—, la trataremos como tal; por eso hemos cuidado de
transmitir la tradición con la misma exactitud con que se nos ofreció en
nuestra investigación.
De su
infancia, es decir, de la época de su admisión en la escuela de
selección, sabemos un solo hecho, pero éste es muy importante y está
colmado de sentido simbólico, porque significa el primer gran llamado
del espíritu en él, el primer acto de su vocación; y es significativo
que este primer llamamiento no surgió del lado de las ciencias, sino del
de la música. Debemos este breve trozo de biografía, como casi todos los
recuerdos de la vida personal de Knecht, a las anotaciones de un
estudiante del juego de abalorios, un fiel admirador que conservó
apuntadas muchas manifestaciones y confidencias de su gran maestro.
Knecht
debía tener entonces quizá doce o trece años y era alumno de latín en la
pequeña ciudad de Berolfingen, en la margen de la selva de Zaber que, es
de presumir, fue también su lugar natal. En realidad, el niño era ya
desde hacía tiempo un becado de la escuela de latín y había sido
recomendado dos o tres veces por el colegio de maestros, con especial
entusiasmo por el maestro de música, a las autoridades superiores para
su admisión en las escuelas de selección, pero él nada sabía de esto y
todavía no había tenido el menor contacto con los “selectos” y menos aún
con los maestros del supremo poder de la educación. Un día, su maestro
de música (estudiaba el violín y el laúd) le comunicó que tal vez
llegaría muy pronto a Berolfingen el gran maestro de armonía, para
inspeccionar la enseñanza musical en la escuela. Josef debía, pues,
ejercitarse diligentemente y no colocar en aprietos a su maestro. La
noticia excitó muy profundamente al niño porque, naturalmente, sabía con
exactitud quién era el gran maestro y que no solamente acudía dos veces
por año como los inspectores escolares con algún cargo en las zonas
superiores de las autoridades de enseñanza, sino que era uno de los doce
semidioses, uno de los doce directores supremos de esa respetabilísima
autoridad y la más alta instancia en el país para todas las cuestiones
musicales. ¡Llegaría, pues a Berolfingen el mismo gran maestro, el
Magister Musicae en persona! Había en el mundo una sola personalidad
que tal vez hubiera sido más legendaria y misteriosa para el niño Josef:
el maestro del juego de abalorios. Un enorme y angustioso respeto hacia
el anunciado Magister Musicae le invadió; se representaba a este
hombre ora como un rey, ora como un hechicero, ora como uno de los doce
apóstoles o uno de los fabulosos grandes artistas de las épocas
clásicas, alguien como Miguel Praetorius, Claudio Monteverdi, Juan
Jacobo Froherzer o Juan Sebastián Bach y, tan pronto se alegraba
profundamente por el instante en que aparecía ese astro, como también lo
temía. El hecho de que uno de los semidioses y arcángeles, uno de los
misteriosos y todopoderosos regentes del mundo espiritual, aparecería
allí personalmente en la pequeña ciudad y en la escuela de latín y que
él lo vería, que el maestro quizá le hablaría, le examinaría, le
censuraría o le alabaría, era algo muy grande, una suerte de milagro, un
raro fenómeno celeste; porque también, como afirmaban los docentes,
ocurría por primera vez desde muchas décadas que un Magister Musicae
en persona visitara la ciudad y la escuelita. El niño imaginó el
hecho inminente de muchas maneras; ante todo pensó en una gran fiesta
pública y en un recibimiento como había visto una vez al tomar posesión
de su cargo el nuevo burgomaestre, con banda de música y las calles
embanderadas, quizá también con fuegos artificiales; hasta los camaradas
de Knecht pensaban y esperaban lo mismo. Su anticipada alegría era
disminuida solamente por la idea de que él estaría quizá muy cerca del
grande hombre y no podría ufanarse ciertamente ante él, gran conocedor,
con su música y sus respuestas. Pero esta angustia no era sólo
torturante, era también dulce y, en absoluto secreto, no encontraba la
tan esperada fiesta con banderas y fuegos artificiales tan hermosa, tan
excitante, tan importante y tan maravillosamente alborozada como
precisamente la circunstancia de que él, el pequeño Josef Knecht, vería
a ese hombre desde muy cerca y que éste haría su visita a Berolfingen un
poco por él, por Josef, porque venia para inspeccionar la instrucción
musical y el maestro local de música suponía evidentemente que con toda
posibilidad lo examinaría a él también.
Pero
tal vez, ¡ay!, eso no ocurriría, era apenas posible; seguramente el
Magister tendría otra tarea que cumplir que hacer tocar el violín a
pequeñuelos delante de él, vería y escucharía ciertamente sólo a los
mayorcitos, a los más adelantados entre los alumnos ... Con estos
pensamientos el niño esperaba el día, y el día llegó y comentó con una
desilusión: ni música en las calles, ni banderas y guirnaldas en las
casas; había que tomar libros y cuadernos como los demás días e ir a la
clase acostumbrada; ni en las aulas se veía el menor rastro de adorno y
festividad; era un día como todos los otros días... Comentó la lección;
el maestro llevaba el mismo traje de siempre y no mencionó al gran
huésped de honor con ningún discurso, ni siquiera con una palabra.
Mas
durante la segunda o tercera hora de clase lo esperado ocurrió; llamaron
a la puerta, entró el bedel, saludó al maestro y anunció que el alumno
Josef Knecht debía presentarse un cuarto de hora más tarde ante el
Magister Musicae, cuidando de peinarse convenientemente y limpiarse
las manos y las uñas. Knecht palideció de miedo, salió del aula
tambaleando, corrió hasta el internado, dejó sus libros, se lavó y se
peinó, tomó temblando el estuche con su violín y su cuaderno de
ejercicios, y fue, con la garganta apretada, hasta la sala de música en
el anexo de la escuela. Un compañero, excitado, lo recibió en la
escalera, le indicó una sala de estudio y le dijo:
—Tienes que esperar aquí hasta que te llamen.
No
pasó mucho tiempo hasta que fuera liberado de su espera, pero le pareció
una eternidad. Alguien le llamó, y entró un hombre, un anciano, como le
pareció al principio, no muy alto, canoso, con agraciado rostro luminoso
y ojos de color azul claro, de mirar penetrante, que no asustaba, porque
no sólo era penetrante sino también alegre, de una alegría no tiente o
sonriente, sino suave, brillante y tranquila. El anciano tendió la mano
al niño y le hizo una seña con la cabeza, se sentó pensativo en el
taburete, delante del viejo piano para ejercicios y dijo:
—¿Eres
Josef Knecht? Tu maestro parece estar contento de ti; creo que te
quiere. Ven, vamos a hacer un poco de música juntos.
Knecht
había sacado ya antes su violín del estuche, el anciano tocó el la,
el niño afinó su instrumento y luego miró al maestro
inquisitivamente y angustiosamente.
—¿Qué
prefieres tocar? —preguntó el maestro.
El
alumno no pudo contestar, estaba turbado por respeto hacia el anciano:
nunca había visto un hombre así. Vacilando tomó su libro de notas y lo
tendió al maestro.
—No,
no —dijo éste—; quisiera que tocaras de memoria y no una pieza de
ejercicio, sino algo sencillo que tú sepas de memoria, quizá un lied
que te guste.
Knecht
estaba confundido y hechizado por aquel rostro y aquellos ojos; no
lograba responder; se avergonzaba mucho de su confusión, pero no podía
decir nada. El maestro no le apremiaba. Con un dedo tocó los primeros
compases de una melodía, miró al niño como preguntando, éste asintió y
ejecutó en seguida la melodía con verdadero gozo: era una de las viejas
canciones que se cantaban a menudo en la escuela.
—¡Repítela! —dijo el maestro.
Knecht
repitió la melodía y el anciano no acompañó en el piano esta vez. La
vieja canción resonó a dos voces en la reducida aula de ejercicios.
—¡Otra
vez!
Knecht
tocó y el maestro acompañó con una segunda y tercera voz. A tres voces
resonó la bella canción antigua en la habitación.
—¡Una
vez más! —y el maestro la acompañó con tres voces.
—¡Hermosa canción! —murmuró quedamente el maestro—. ¡Tócala ahora a la
manera antigua!
Knecht
obedeció y tocó; el maestro le había dado la primera nota y lo
acompañaba a tres voces. Y el anciano seguía repitiendo: “¡Otra vez!” y
cada vez su voz estaba más alegre. Knecht tocó la melodía en registro de
tenor, siempre acompañado por dos y aun por tres voces. Muchas veces
tocaron ambos la canción y ya no era necesaria indicación alguna; a cada
repetición, la melodía se enriquecía por sí misma con adornos y
agregados. El pequeño cuarto desnudo en la alegre luz mañanera resonaba
festivamente, reflejando las tonalidades.
Después de un rato, el anciano dejó de tocar.
—¿Es
suficiente? —preguntó.
Knecht
meneó la cabeza y comenzó de nuevo, el otro irrumpió con sus tres voces
de acompañamiento y las cuatro trazaron sus claras y sutiles líneas,
conversaron entre sí, se apoyaron mutuamente, se entrecortaron y
envolvieron una y otra en gozosos arcos y figuras, y el niño y el
anciano no pensaron en otra cosa ya, se entregaron a las bellas líneas
tan emparentadas y a las figuras que formaban en sus encuentros,
hicieron música presos en su red, se acunaron levemente y obedecieron a
un invisible director de orquesta. Hasta que el maestro, cuando la
melodía acabó una de las tantas veces, volvió la cabeza y preguntó:
—¿Te
gustó, Josef?
Agradecido y resplandeciente, Knecht lo miró. Estaba entusiasmado y lo
demostraba en el rostro, pero no podía decir una sola palabra.
—¿Sabes tú ya —preguntó ahora el maestro— qué es una fuga?
Knecht
hizo un gesto de duda. Había oído fugas, pero no había llegado a ellas
en la instrucción.
—No
importa —dijo el maestro—, te lo demostraré yo. Lo comprenderán más
rápidamente, si nosotros mismos ejecutamos una fuga. Bien, pues: a la
fuga corresponde ante todo un tema, y el tema no lo buscaremos mucho, lo
tomaremos de nuestra canción.
Tocó
un breve grupo de compases, un trocito de la melodía de la canción; el
fragmento resonó maravillosamente, entresacado de esa manera, sin cabeza
ni cola. Tocó el tema otra vez, y ya siguió; vino el primer movimiento;
el segundo trasformó el paso de quinta en uno de cuarta; el tercer
movimiento repitió el primero una octava más alto; el cuarto reflejó el
segundo; la exposición se cerró con una cláusula en el tono de la
dominante. La segunda ejecución pasó a modular más libremente en otros
tonos, la tercera terminó con una cláusula en el tono fundamental, con
una tendencia hacia la subdominante. El niño contemplaba los sabios y
blancos dedos del ejecutante, vio quedamente reflejado en su concentrado
rostro el curso del desarrollo, mientras los ojos descansaban tras los
párpados semicerrados. El corazón del niño oscilaba entre la admiración
y el amor por el maestro, y su oído percibió la fuga, le pareció que oía
por primera vez música, intuyó detrás de la armonía que brotaba ante él
el espíritu, la dichosa armonía de ley y libertad, de servir y dominar,
se entregó y consagró a este espíritu y a este maestro, se vio a sí
mismo y a su vida y al mundo entero en estos minutos, guiados por el
espíritu de la música, regulados y aun interpretados, y cuando el
ejercicio llegó a su fin, vio al admirado, al mago, al rey, inclinado
todavía por breve, rato sobre las teclas, ligeramente, con los ojos
cerrados a medias, la cara levemente iluminada desde dentro, y no supo
si debía reír jubilosamente por la beatitud de esos instantes o llorar
porque habían pasado. Entonces el anciano se levantó lentamente del
taburete, lo miró hondo con los alborozados ojos azules y dijo:
—De
ninguna otra manera pueden llegar a ser más fácilmente amigos dos
hombres que haciendo música. Esto es hermoso. Cabe esperar que
seguiremos siendo amigos, tú y yo. Quizá tú también aprenderás, Josef, a
componer fugas.
Diciendo esto le tendió la mano y se fue, y desde la puerta se volvió y
saludó, para despedirse con una mirada y una breve y cortés inclinación
de la cabeza.
Muchos
años más tarde, Knecht contó a su alumno que cuando salió de la escuela,
encontró a la ciudad y al mundo mucho más cambiados y hechizados que si
hubieran estado adornados con banderas y guirnaldas y cintas y fuegos
artificiales. Había experimentado el proceso de la vocación, que muy
bien puede llamarse sacramento; el tornarse visible y el abrirse
incitante del mundo ideal, que la joven conciencia hasta entonces sólo
había conocido en parte de oídas, en parte por sueños ardientes. Este
mundo no existía solamente en algún lugar de la lejanía, en lo pasado o
en lo porvenir, estaba allí y era activo, irradiaba luz, enviaba
mensajeros, apóstoles, embajadores, hombres como este anciano
Magister, que sin embargo, como más tarde pareció a Josef, no era en
realidad tan anciano. ¡Y de ese mundo, por conducto de este digno
mensajero, le había llegado a él también, pequeño alumno de latín, la
advertencia y el llamado! La aventura tenía para él este significado, y
pasaron necesariamente semanas hasta que él supo realmente y estuvo
convencido de que al mágico sucedido de esa hora sagrada correspondía
también un exacto proceso en el mundo real, de que la vocación no era
solamente una gracia y una advertencia para su propia alma y en su
propia conciencia, sino también un don y una admonición de los poderes
terrenos para él. Porque a la larga, no pudo permanecer oculto que la
visita del Magister Musicae no había sido ni una casualidad ni
una verdadera inspección escolar: el nombre de Knecht había figurado ya
desde mucho antes, a raíz de los informes de los maestros, en las listas
de los alumnos; que perecían dignos de ser educados en las escuelas de
selección o que han sido recomendados para eso a las autoridades
supremas. Como este niño Josef Knecht no era alabado solamente por su
conocimiento de latín y su agradable carácter, sino que además había
sido recomendado especialmente y celebrado por su profesor de música, el
Magister Musicae se había encargado de destinar un par de horas
para llegar hasta Berolfingen y ver a este alumno, en ocasión de un
viaje oficial. No le había importado mucho el conocimiento del latín ni
la habilidad de los dedos (en esto se confiaba a los testimonios de los
maestros, a cuyo estudio siempre concedía algún tiempo), sino la
circunstancia de que el niño tenía en su esencia materia de músico en el
sentido más noble, vale decir, capacidad para el entusiasmo, la
disciplina, el respeto, el servicio del culto. En general, por buenas
razones, los maestros de las escuelas públicas superiores eran bastante
generosos con las recomendaciones de alumnos para la “selección”; a
menudo llegaban notas favorables con intenciones no siempre claras, y
muchas veces también algún maestro por falta de visión recomendaba
obstinadamente a algún alumno favorito que fuera de su diligencia, su
ambición y un astuto proceder para con el maestro, carecía de méritos.
Justamente esta clase merecía la especial aversión del Magister
Musicae; éste poseía el don de ver con una sola mirada si el
candidato tenía conciencia de que en ese instante estaba en juego su
futuro, su carrera, y ¡ay del alumno que le pareciera demasiado hábil,
demasiado consciente o inteligente o que tratara de adularle! Era
rechazado en muchos casos antes de comenzar el examen.
Y
bien, el alumno Knecht le había gustado al anciano Magister Musicae,
le había gustado mucho, y todavía durante el resto de su viaje el
viejo maestro pensó con placer en él; no había anotado datos en su
cuaderno acerca de él, pero llevó consigo el recuerdo del niño modesto y
rozagante; y a su regreso, de su puño y letra inscribió su nombre en la
lista de los alumnos que, examinados por un miembro de la autoridad
suprema, habían sido considerados dignos de aceptación.
De
esta lista —los estudiantes de latín la llamaban “el libro de oro”,
aunque también ocasionalmente le daban la irrespetuosa denominación de
“catálogo de aspirantes”— Josef había oído hablar en la escuela y en las
más diversas formas. Cuando un maestro la citaba sólo para inculcar a un
alumno que un niño como él naturalmente nunca podía pensar en alcanzar
su inscripción en ella, había cierta solemnidad, cierto respeto y hasta
presunción en su tono. Pero si los alumnos hablaban alguna vez del
“catálogo de aspirantes”, lo hacían generalmente con impertinencia e
indiferencia exagerada. Una vez, Josef oyó decir a un condiscípulo:
—¡Bah!
Me río de ese necio catálogo de candidatos... Un tipo como es debido no
llega a figurar en él, podemos estar seguros. Allá los profesores envían
a los tontos más grandes y a los rastreros.
Un
período notable y raro siguió al hermoso acontecimiento. Josef no sabía
que ahora pertenecía a los electi, a la flos juventutis[7],
como llamaban en la Orden a los discípulos de selección; al principio no
pensaba, en absoluto, en consecuencias prácticas y en resultados
sensibles de la aventura para su destino cotidiano, y mientras para sus
maestros era ya un distinguido, alguien que se aleja, él experimentaba
la sensación de su vocación solamente como un proceso anímico íntimo.
Pero también aquello representaba una incidencia aguda en tu vida.
Aunque la hora pasada con el hombre encantador realizaba en su corazón
algo ya intuido o lo acercaba a su realización, esa hora también
separaba netamente el ayer del hoy, el pasado del presente y del futuro,
del mismo modo que aquel que se despierta de un sueño no puede dudar de
estar despierto aún hallándose en el mismo ambiente de sus sueños. Hay
muchas clases y formas de la vocación, pero el germen nuclear y el
sentido son siempre idénticos: por la vocación el alma es despertada,
transformada o sublimizada de tal manera que en lugar de los ensueños y
las intuiciones de dentro surge de repente un llamado de fuera, un trozo
de realidad, y se apodera del espíritu. Y aquí el trozo de realidad
había sido la figura del Magister: el Magister Musicae
conocido sólo como lejana y venerable personalidad de semidiós, como
arcángel del más alto de los cielos, había aparecido corporalmente,
había ostentado ojos azules omniscientes, se había sentado en el
taburete ante el piano de estudio, le había enseñado casi sin palabras
lo que es la verdadera música, lo había bendecido y, luego, había vuelto
a desaparecer. Knecht no estaba capacitado de antemano para saber todo
lo que quizá podía seguir y resultar de eso, porque se sentía demasiado
colmado y preocupado por el eco inmediato e íntimo del acontecimiento.
Como una planta joven, que hasta ese momento se desarrollara
tranquilamente y titubeante, de pronto comienza a respirar con más
violencia y a crecer, como si en un hora de milagro hubiera tenido de
repente conciencia de la ley de su ser y aspira fervorosamente a
cumplirla, el niño, tocado por la mano del hechicero, comenzó rápida y
anhelosamente a reunir y tender sus fuerzas, se sintió cambiado, se
sintió crecer, experimentó nuevas reacciones, nuevas armonías entre el
mundo y él mismo, pudo dominar en muchas clases de música, de latín, de
matemáticas, temas superiores todavía para su edad y para sus
carneradas, sintiéndose capaz de cualquier tarea, y pudo en otras horas
olvidarlo todo y soñar con una suavidad y un abandono nuevos para él,
escuchar el viento o la lluvia, admirar perplejo una flor o el agua
fluyente del río, sin comprender nada, sólo intuyendo, transportado por
la simpatía, la curiosidad, el deseo de comprender, arrastrado de un Yo
propio a otro, al mundo, al misterio y al sacramento; al juego
dolorosamente bello de los fenómenos.
Y así,
comenzando y creciendo desde dentro hacia el encuentro y la confirmación
interior y exterior, se verificó la vocación de Josef Knecht con
perfecta pureza; recorrió todos sus grados saboreó todas sus dichas y
todas sus angustias. El noble proceso, la típica historia juvenil y
preparatoria de todo noble espíritu se cumplió sin que repentinos
descubrimientos ni súbitas indiscreciones lo importunaran; lo íntimo y
lo externo trabajaron armoniosa y uniformemente, creciendo al
enfrentarse recíprocamente. Cuando, al final de esta evolución, el
alumno tuvo conciencia de su situación y de su destino extrínseco,
cuando se vio tratado por los maestros como un colega, más aún, como un
huésped de honor, cuyo alejamiento se aguarda a cada instante, y casi
admirado o envidiado, casi evitado y aun Sospechado por los
condiscípulos, ridiculizado y odiado por algunos adversarios, cada vez
más solo y abandonado por los antiguos amigos, un idéntico proceso de
separación y aislamiento se había cumplido ya hacía mucho dentro de él;
los maestros, por un sentimiento propio interior, se habían trasformado
cada vez más de superiores en cantaradas, los amigos de antes en
compañeros rezagados de un trecho del camino; en su ciudad y en su
escuela ya no se sintió, pues, entre iguales y en su justo lugar: todo
eso estaba ahora impregnado de una oculta muerte, de un fluido de
irrealidad, de un “haber pasado”; se había convertido en algo
provisional, en un traje fuera de moda que ya no sentaría bien, Y este
alejarse creciendo de una patria hasta entonces armoniosa y amada, este
desprenderse de una forma vital que ya no le correspondía ni le
pertenecía más, esta existencia de uno que se va porque es llamado a
otro lugar, interrumpida por horas de altísima felicidad y radiante
conciencia de sí mismo, se tornó al final para él un gran tormento, una
opresión y una pena casi insoportables, porque todo le abandonaba, sin
que estuviera seguro de que realmente no fuera él quien todo lo dejaba,
sin que supiera si de este morir y volverse extraño para su querido
mundo habitual no tuviera él mismo la culpa, por orgullo, por
arrogancia, por ambición, por infidelidad y falta de amor. Entre los
sufrimientos que trae consigo una genuina vocación, éstos son los más
amargos. Aquel que recibe la vocación, no acepta solamente un don y una
orden con ella, sino también casi una culpa, como el soldado que, sacado
de las filas de los cantaradas, es promovido a oficial, resulta tanto
más digno de esta promoción cuanto más la paga con una sensación de
culpa y con remordimiento frente a sus camaradas.
Entre
tanto estaba concedida a Knecht la facultad de sobrellevar esta
evolución sin trabas y con total inocencia; cuando finalmente él consejo
de maestros le comunicó la distinción merecida y su inminente admisión
en las escuelas de selección, se sintió completamente asombrado en el
primer instante, pero en seguida, la noticia fue como algo muy sabido y
esperado desde mucho tiempo atrás. Sólo entonces recordó que desde hacía
muchas semanas le habían gritado a sus espaldas cada vez más a menudo en
tono de mofa la palabra electus o “niño de selección”. Lo había
oído, pero sólo a medias, y nunca lo había interpretado sino como burla.
¡No lo decían en serio!, pensaba él, sino como: “¡Eh, tú, que en tu
orgullo te crees un electus!”. A veces, había sufrido vivamente
por estos estallidos la sensación de alejamiento entre él y sus
camaradas, pero nunca se hubiera considerado realmente un electus:
su conciencia de la vocación no fue elevación de categoría, sino
advertencia y exigencia íntimas. Pero de todas maneras, ¿no lo había
sabido, intuido, sentido mil veces, a pesar de todo? Ahora estaba
maduro, su beatitud, confirmada y legitimada; sus padecimientos tenían
un significado, el traje insoportablemente viejo y ya demasiado estrecho
podía ser abandonado; había uno nuevo para él...
Con el
acceso a la “selección”, la vida de Knecht fue trasplantada a otro
plano; ocurrió entonces el primero y el más decisivo de los pasos de su
evolución. Por cierto, no a todos los alumnos de selección les ocurre
que la admisión oficial entre los elegidos coincida con el íntimo
sucedido de la vocación. Esta coincidencia es una gracia o, si se quiere
decirlo con palabras más vulgares, una suerte. Aquel a quien toca,
recibe para su vida un “más”, como lo tiene aquel a quien la suerte
otorga dones especialmente afortunados de cuerpo y alma. Ciertamente, la
mayoría de los alumnos selectos y podría decirse casi todos, aprecian su
elección como una gran dicha, como una distinción de la que están
orgullosos, y muchos de ellos se anticipan con sus deseos más ardientes
a esa prerrogativa. Pero el paso desde las escuelas comunes del lugar
natal a las de Castalia resulta para la mayor parte de los elegidos
mucho más grave de lo que imaginaron y trae más de un inesperado
desengaño. Sobre todo, para aquellos alumnos que se sienten felices y
amados en sus hogares, el traslado es una penosa despedida, una
renunciación, y por este motivo, especialmente durante los primeros años
de la selección, se produce un considerable número de regresos a las
escuelas primitivas, cuya causa no debe ser buscada en la falta de dotes
y de aplicación, sino en la incapacidad del alumno para adaptarse a la
vida del internado y, más que nada, para conformarse con la idea de
acabar en lo futuro con todo vínculo de familia y patria, y finalmente,
de no conocer ni respetar más ninguna otra relación y solidaridad que
las de la Orden. Pero hay también a menudo el caso de alumnos para
quienes, a la inversa, justamente la separación de la familia y de la
escuela por ellos mal toleradas es el hecho principal de su aceptación
entre los selectos; estos, liberados de pronto de un padre severo o de
un maestro para ellos desagradable, respiran aliviados seguramente
durante un tiempo, pero como han esperado del cambio muy grandes y aun
imposibles innovaciones en su vida, sufren una rápida desilusión.
También los verdaderos aspirantes, los alumnos ejemplares, los casi
pedantescos, no pueden resistir siempre en Castalia; no porque carezcan
de aptitudes para el estudio, sino porque la selección no reclama
solamente estudios y pruebas especializadas, sino que tiende también a
metas educativas y artísticas, ante las que algunos abandonan las armas.
Ciertamente, en el sistema de las cuatro grandes escuelas de selección
con sus numerosas subelecciones e institutos conexos, hay sitio para
toda clase de disposiciones intelectuales y morales, y un matemático
esforzado o un filólogo de conciencia, si tienen en sí mismo substancia
de sabio, no necesitan considerar ni sentir la falta eventual de
disposición para la música o la filosofía como un peligro. A veces, hubo
en Castalia muy fuertes tendencias hacia el estudio de las ciencias
meramente especializadas, y los campeones de estas tendencias no sólo
enfrentaron a los “fantasiosos”, es decir a los amantes de la música o
del arte, en postura crítica o burlona, sino que en ciertos períodos,
dentro de su propio círculo, renegaron y prohibieron todo lo artístico
y, especialmente, el juego de abalorios.
Como
la vida de Knecht, por lo que sabemos, se desarrolló en Castalia —en ese
tranquilísimo y gozoso distrito de nuestro montañoso país, que antes se
llamara a menudo también “la provincia pedagógica”, empleando una
expresión poética de Goethe—, delinearemos muy brevemente una vez más
esta famosa Castalia y la estructura de sus escuelas, para evitar el
peligro de aburrir a los lectores con lo ya sabido. Estas escuelas,
llamadas sintéticamente “escuelas de selección”, son un sistema de
cribado sabio y elástico, por el cual la dirección (un “Consejo de
estudios” formado por veinte consejeros, de los que una mitad representa
la autoridad educativa, la otra mitad, la Orden) educa a sus elegidos,
los mejores dotados de todas las regiones y escuelas del país para
renuevos de la Orden y de todos los cargos importantes de la pedagogía y
los estudios. Las muchas escuelas normales, los gimnasios
[8] y liceos del país, ya de carácter
humanista, ya de tipo técnico-científico, son para más del noventa por
ciento de nuestra juventud estudiosa escuelas preparatorias para las
llamadas profesiones Ubres (o liberales), y terminan con el examen de
madurez (o bachillerato) para la universidad; en ésta se absuelve luego
un determinado curso de estudios para cada rama. Tal es el curso normal
de instrucción de nuestros estudiantes, como lo sabe todo el mundo;
estas escuelas plantean exigencias tolerablemente severas y eliminan,
según los casos, a los no dotados. Al lado o por encima de éstas, se
desarrolla el sistema de las escuelas de selección, en las que son
admitidos a prueba los alumnos sobresalientes por facultades y carácter.
El acceso a ellas no se debe a exámenes, los selectos son elegidos por
sus maestros por libre apreciación y recomendados a las autoridades de
Castalia. Un día cualquiera, el maestro indica, por ejemplo, a un
muchacho de once o doce años, que en el semestre siguiente podría entrar
en las escuelas de Castalia y que por eso debe hacer su propio examen,
para saber si se siente llamado y atraído. Si al final del plazo de
reflexión contesta que sí, para lo cual se supone también la
incondicional conformidad de ambos padres, una de las escuelas de
selección lo admite a prueba. Los directores y los más altos profesores
de estas escuelas selectas (no ya los profesores universitarios) forman
la autoridad “educativa”, que posee la dirección de toda la instrucción
y de todas las organizaciones espirituales del país. Para el alumno
elegido, si no fracasa en algún curso y es devuelto a las escuelas
comunes, ya no se trata de estudios especializados en una rama o
destinados al ejercicio de una profesión; entre los elegidos se van
reclutando la Orden y la jerarquía de las doctas autoridades, desde el
profesor hasta los cargos supremos: los doce directores de estudio o
“grandes Maestros” y el Ludí Magister, el director del juego de
abalorios. Generalmente, el último curso de las escuelas de selección se
cierra a la edad de 22 a 25 años y, precisamente, con la admisión en la
Orden. Desde este momento, están a disposición de los que fueran alumnos
selectos todos los institutos formativos y de investigación de la Orden
y de las autoridades de educación, las universidades de selección para
ellos reservadas, las bibliotecas, los archivos, los laboratorios, etc.,
juntamente con un gran estado mayor de profesores y las instalaciones
del juego de abalorios. Aquel que durante los años de estudio demuestra
un don especial, para los idiomas, la filosofía, las matemáticas, etc.,
pasa ya en los grados superiores de las escuelas de selección al curso
que ofrece el mejor alimento intelectual para sus dotes; la mayor parte
de estos alumnos terminan como profesores especializados en las escuelas
y universidades públicas y siguen siendo, aunque dejen a Castalia,
miembros vitalicios de la Orden, es decir, permanecen separados
severamente de los “normalistas” (los no formados en la selección) y
nunca pueden volverse profesionales “libres”, como médicos, abogados,
técnicos, etc.; si no piden su exclusión de la Orden, están sometidos
por toda la vida a las normas de la comunidad, entre las cuales figuran
el voto de pobreza y el de castidad o soltería; el pueblo los llama
“mandarines”, un poco por respeto, un poco por gusto de mofa. En esta
forma encuentra su posición final la gran mayoría de los que fueran
alumnos de selección. En cambio, el minúsculo resto, la última y más
fina selección de las escuelas castalias, está reservada a un libre
estudio de ilimitada duración, a una vida intelectual tranquilamente
contemplativa. Algunos de los más inteligentes, que por sus altibajos
temperamentales u otras razones, como por ejemplo, la debilidad física,
no son aptos, como profesores o para cargos de responsabilidad en las
reparticiones superiores e inferiores de la educación, siguen
estudiando, investigando y recopilando durante toda su vida; pensionados
por las autoridades, su aporte a la comunidad consiste generalmente en
tareas meramente doctas, cultas. Algunos son asignados como asesores de
las comisiones del Diccionario, de los archivos, las bibliotecas, etc.,
otros realizan su sabiduría según el lema del “arte por el arte”; muchos
de ellos han empleado su vida en trabajos muy extraños, a menudo
admirables o asombrosos, como por ejemplo aquel Lodovicus crudelis,
Ludovico el Cruel, que en una labor de treinta años tradujo todos
los textos de los primitivos egipcios que conocemos tanto en griego como
en sánscrito, o como también el casi milagroso Chattus Calvensis II,
que en cuatro enormes tomos in folio manuscritos dejó una obra sobre
“la pronunciación del latín en las Universidades de la Italia
meridional, hacia fines del siglo XII”. La obra había sido ideada como
primera parte de una “Historia de la pronunciación del latín desde el
siglo XII hasta el siglo XVI”, pero a pesar de sus mil folios
manuscritos no pasó de fragmento y nadie más la continuó. Es lógico que
se hayan hecho muchas bromas acerca de trabajos puramente cultos de esta
clase; el grueso del pueblo no puede calcular su valor verdadero para el
futuro de la ciencia. En cambio ésta, como en tiempos precedentes el
arte, necesita de un terreno muy vasto, y a veces el investigador de un
tema, que sólo a él interesa, puede acumular un saber que presta a sus
colegas contemporáneos servicios sumamente valiosos, como enciclopedia o
archivo. En la medida de lo posible, trabajos cultos como los citados
eran impresos. Se dejaba a los sabios verdaderos proseguir sus estudios
y juegos en casi completa libertad y no se hacía hincapié en que algunos
de sus trabajos no tuvieran aparentemente inmediata utilidad para el
pueblo o la comunidad, y fueran considerados por los no sabios como
entretenimientos de lujo. Más de un sabio de esta clase mereció una
sonrisa despectiva por la categoría de sus estudios, pero nunca fue
censurado y menos aún privado de sus privilegios. El hecho de que
gozaran de estimación y respeto aun entre el pueblo y no fueran
simplemente tolerados, aunque se hiciera mofa de ellos, se debía al
sacrificio con que todos los miembros del grupo culto pagaban su
libertad espiritual. Padecían muchas incomodidades, se les asignaba una
módica participación en alimentos, vestidos y habitación; tenían a su
disposición magníficas bibliotecas, colecciones, laboratorios, pero para
esto no sólo renunciaban al bienestar, al matrimonio y a la familia,
sino que estaban excluidos como comunidad monacal de toda competición en
el mundo, no conocían propiedad alguna, ni títulos o distinciones, y en
lo material debían conformarse con una vida muy sencilla. Si alguien
quería dedicar todos los años de su existencia a descifrar una sola
inscripción antigua, podía hacerlo y aun se le incitaba a ello, pero si
aspiraba a una vida cómoda, a trajes elegantes, a tener dinero o
títulos, chocaba con inquebrantables prohibiciones, y si estos apetitos
eran fuertes, volvía, casi siempre todavía en su juventud, al “mundo”,
se convertía en profesor especializado a sueldo o en maestro privado o
en periodista, o se casaba o se buscaba una existencia a su gusto de
cualquier otra manera.
Cuando
el niño Josef Knecht tuvo que despedirse de Berolfingen, fue su maestro
de música el que lo acompañó a la estación. Le dolió decirle adiós, y
por un rato vaciló su corazón, sintiéndose solo e inseguro, cuando al
paso del tren el frontón escalonado y pintado de claro dé la vieja torre
del castillo desapareció de su vista.
Muchos
otros alumnos iniciaban este primer viaje con sensaciones más violentas,
atorados y llorosos. Josef sentía su corazón más allá que aquí, y se
dominó pronto.
El
viaje no fue largo.
Había
sido asignado a la escuela de Eschholz. Ya antes había visto cuadros que
representaban esta escuela, en la oficina del rector de su colegio.
Eschholz era la colonia escolar más grande y más nueva de toda Castalia;
los edificios eran todos de época reciente, no había ciudades cerca,
sólo un pequeño caserío, rodeado apretadamente de árboles.
Detrás
se tendía extenso, llano y alegre el Instituto, alrededor de un gran
rectángulo libre, en cuyo centro, ordenados como los puntos del cinco en
un dado, elevaban su oscura copa al cielo cinco magníficos pinos
mastodónticos. La gigantesca plaza estaba cubierta en parte de césped,
en parte de arena, y cortada solamente por dos grandes piletas de
natación con agua corriente, con acceso por una escalera de anchos y
bajos escalones.
A la
entrada de esta soleada plaza estaba el edificio de la escuela, el único
muy elevado de toda la construcción adyacente, de dos alas, con un atrio
de cinco columnas en cada ala. Todos los demás edificios que cerraban la
plaza por tres lados sin una brecha, eran bajos, chatos y sin adornos,
distribuidos en cuerpos exactamente iguales, cada uno con su galería de
pocos peldaños que llevaba a la plaza; en casi todas las aberturas de la
galería había macetas con flores.
A su
llegada, no fue recibido por un bedel y acompañado hasta el rector o el
colegio de profesores, sino que a la manera castalia lo recibió un
cantarada, un hermoso niño muy crecido, vestido de tela azul, unos dos
años mayor que Josef, que le tendió la mano y le dijo:
—Soy
Osear, el mayor de la Casa Hellas
[9], donde residirás, y mi
misión es darte la bienvenida e introducirte. Te esperan apenas mañana
en la escuela, tenemos bastante tiempo para recorrerlo todo; te
orientarás en seguida. Te pido también que durante los primeros tiempos,
hasta que te hayas adaptado, me consideres como tu amigo y mentor y aun
como tu protector, si algún camarada te molesta; muchos creen por cierto
que tienen que atormentar un poco a los nuevos. No por maldad, te lo
puedo asegurar. Y ahora te llevaré primero a Hellas, a nuestro hogar
escolar, para que veas dónde tendrás que vivir.
De
esta manera, Osear, el delegado por el jefe del hogar como mentor de
Josef, saludó al novicio y en realidad se esforzó en representar bien su
papel; este papel divierte siempre a los “seniors” y cuando un muchacho
de quince años trata de conquistar a uno de trece con afectuoso tono de
camaradería y ligero padrinazgo, lo logra siempre.
En los
primeros días, Josef fue tratado por el mentor absolutamente como un
huésped del cual se desea lleve al partir una buena impresión de la casa
y del anfitrión. Josef fue llevado al dormitorio que debía compartir con
otros dos niños, fue convidado con bizcochos, y un vaso de jugo de
frutas, se le mostró la Casa Hellas, grupo residencial del gran
cuadrado, se le indicó dónde debía colgar su toalla en el “solarium” y
en qué rincón podía poner macetas con flores si le gustaba tenerlas, y
antes del anochecer fue llevado por el maestro del guardarropa hasta el
lavadero, donde se le eligió y arregló un traje de tela azul. Josef se
sintió desde el primer instante muy a gusto en el lugar y correspondió
con placer al modo de ser de Óscar; apenas si se podía notar en él una
ligera perplejidad, porque el muchacho mayor que él y ya adaptado desde
mucho tiempo atrás al ambiente de Castalia resultaba para él una especie
de semidiós.
También le agradaban las ocasionales pequeñas fanfarronadas y las
teatralidades como cuando Osear intercalaba en su conversación una
complicada cita griega, aunque luego en seguida recordaba cortésmente
que el novicio no podía ciertamente entender eso: ¡era natural que así
fuera y nadie tampoco se lo podría exigir!
Por
otra parte, la vida en el internado no era nada nuevo para Josef Knecht:
se insertó sin esfuerzo en el sistema. Cierto es que de los años que
pasó en Eschholz no conocemos sucesos importantes; no debe haber
presenciado el pavoroso incendio en el edificio escolar. Sus
certificados, hasta donde pudieron hallarse, muestran, por ejemplo, las
notas más altas en música y latín; en matemáticas y griego se
mantuvieron por encima del mejor promedio; en el “libro de la Casa” se
encuentran con mayor frecuencia cada vez anotaciones que se refieren a
él, como ingenium valde, capax, studia non angusta, mores probantur,
o ingenium felix et profectuum arvidissimus moribus placet officiosis
[10]. No es posible ya
establecer qué castigos recibió en Eschholz, el libro de castigos se
perdió en el incendio con muchos otros. Un condiscípulo parece que más
tarde aseguró que, en los cuatro años de su permanencia en Eschhols,
Knecht, fue castigado sólo una vez (mediante la privación de la
excursión semanal), y precisamente porque se rehusó tercamente a dar el
nombre de un camarada que había hecho algo prohibido. La anécdota parece
digna de fe, Knecht fue, sin duda, siempre un buen compañero y nunca un
adulón o un espía; pero resulta muy poco verosímil que aquélla haya sido
la única pena disciplinaria durante los cuatro años.
Como
carecemos de documentos sobre el primer tiempo de los estudios de Knecht
entre los elegidos, citaremos un pasaje sacado de sus posteriores
conferencias acerca del juego de abalorios. Por desgracia, no existen
manuscritos de Josef acerca de estas conferencias pronunciadas para los
principiantes; un alumno las tomó taquigráficamente mientras el maestro
hablaba libremente. En ese pasaje, Knecht habla de analogías y
asociaciones de ideas en el juego de abalorios y distingue entre
“legítimas” asociaciones, es decir comprensibles para todos, y
“privadas”, o sea subjetivas. Allí dice:
“Para
daros un ejemplo de estas asociaciones privadas, que no pierden por esto
su valor particular, al estar terminantemente vedadas en el juego de
abalorios, os contaré algo acerca de una de tales asociaciones de la
época de mis estudios. Tenía alrededor de catorce años y era inminente
la primavera, estaríamos en febrero o marzo, cuando una tarde un
camarada me invitó a salir con él, para cortar un par de ramas de saúco,
que pensaba emplear como tubos en la construcción de un molinillo de
agua. Salimos, pues, y hubo de ser un día particularmente hermoso para
el mundo o para mi ánimo, porque quedó fijado en mi memoria y representó
para mí una pequeña experiencia. La tierra estaba húmeda, pero no había
nieve ya; en la orilla de los arroyos brotaba vigoroso el verdor de la
hierba, los arbustos desnudos se cubrían de yemas y los primeros amentos
abiertos poseían un velo de color, el aire estaba saturado de fragancia,
una fragancia llena de vida y de contradicción; olía a tierra húmeda, a
hojas descompuestas, a frescos gérmenes vegetales; a cada instante uno
pensaba que iba a oler las primeras violetas, aunque no se veía una sola
todavía. Llegamos hasta los saúcos, tenían pequeños brotes, pero no
hojas y cuando corté una rama, llegó hasta mí penetrante un aroma
agridulce y violento que parecía recoger, sumar y aumentar en sí mismo
todos los demás aromas de la primavera. Me sentí completamente
embargado, olía mi cuchillo, olía mis manos, olía la rama de saúco: era
su jugo el que despedía ese aroma tan penetrante, irresistible. Nada
dijimos al respecto, pero también mi compañero aspiró largo rato el
perfume, pensativo, con la rama delante de la cara; a él también le
hablaba el extraño aroma. Bien, toda experiencia tiene su magia, y aquí
mi experiencia consistió en que la primavera inminente, percibida ya al
caminar por las praderas húmedas y blandas, en el perfume de la tierra y
los brotes, fuerte y delicioso, se concentraba ahora y culminaba en un
fortissimo del perfume del saúco hasta ser un símbolo sensual y
un hechizo. Tal vez, aunque la pequeña experiencia no hubiera sido otra
cosa, nunca hubiera olvidado esa fragancia; tal vez, todo nuevo
encuentro futuro con ese aroma hubiera despertado en mí, probablemente
hasta la ancianidad, el recuerdo de aquella primera vez en que tuve
conciencia de ese olor. Pero hay algo más. En el estudio de mi maestro
de piano, había hallado en aquella época un viejo volumen de música que
me sedujo poderosamente, un tomo de Heder de Franz Schubert. Lo
había hojeado un día que tuve que esperar al maestro más de lo ordinario
y, cuando se lo pedí, él me lo prestó por unos pocos días. En mis horas
libres experimenté todo el gozo del descubrimiento; hasta ese día no
había conocido nada de Schubert y quedé hechizado.
El día
de la aventura de los saúcos o el día después, encontré el lied
primaveral de Schubert “Han despertado los céfiros suaves”, y los
primeros acordes del acompañamiento del piano me invadieron como un
“reconocer”: estos acordes olían exactamente como los jóvenes saúcos,
igualmente agridulces, penetrantes y concentrados, henchidos de una
primavera inminente... Desde esa hora, para mí, la asociación “primavera
cercana —perfume de saúco— acordes de Schubert” es algo innegable,
absoluto, eternamente válido; con los primeros compases de los acordes
huelo inmediata y fatalmente el agrio olor vegetal y las dos cosas
juntas significan “primavera próxima”. En esta asociación privada poseo
algo muy hermoso, algo que no daría por nada del mundo. Pero la
asociación, el surgir constante de dos experiencias de los sentidos ante
la idea “primavera inminente”, es asunto privado, particular, que me
pertenece sólo a mí. Puede ser comunicada, es cierto, como lo hago ahora
con vosotros. Pero no es posible trasladarla, cederla. Puedo haceros
comprensible mi asociación, pero no puedo lograr que aún para uno solo
de vosotros mi asociación privada se convierta también en un signo real,
efectivo, en un mecanismo que reaccione indefectiblemente a la llamada y
se desarrolle siempre exactamente igual”.
Uno de
los condiscípulos de Knecht, a quien él llevó más tarde al cargo de
primer archivista del juego de abalorios, solía narrar que Knecht fue en
todo un jovencito tranquilo y alegre, pero que cuando tocaba música,
tenía a veces una expresión admirablemente introvertida o feliz; rara
vez se mostró violento o apasionado, sobre todo en el juego rítmico de
pelota, que le agradaba mucho. Algunas veces, sin embargo, el niño
amable y sano llamó la atención y causó burlas y aun preocupaciones;
esto ocurría en los casos de eliminación de alumnos, problema frecuente,
sobre todo, en los primeros cursos de la escuela de selección. La
primera vez que un compañero de clase faltaba a la instrucción y al
juego, y tampoco reaparecía al día siguiente y corría la voz de que no
estaba enfermo, sino que había sido despedido y no volvería más, Knecht
no se mostraba solamente triste, sino trastornado, casi por días
enteros. Él mismo, años más tarde, se expresó al respecto de la
siguiente manera: “Cuando se expulsaba a un alumno de Eschholz y éste
nos dejaba, yo tenía la sensación de una muerte. Si me hubiesen
preguntado la razón de mi dolor, hubiera contestado que la mía era
piedad por el pobre que había arruinado su porvenir por ligereza o
inercia, y miedo además, miedo de que quizá me pudiera suceder lo mismo
algún día. Sólo cuando experimenté, a menudo, lo mismo y ya no creía en
la posibilidad de que la misma suerte pudiera caberme también a mí,
comencé a ver un poco más hondo. Ya no consideraba la exclusión de un
electus como desgracia y castigo.
Sabía
que los eliminados mismos en muchos casos volvían gustosos a su casa.
Sentía entonces que no había solamente juicio y castigo, que hubiera
podido merecer alguien por liviandad, sino que el “mundo” de fuera, del
cual habíamos llegado un día los electi, no había dejado de
existir en la medida en que yo creía, que ese mundo era más bien para
muchos una gran realidad llena de atracción, que los seducía y,
finalmente, los volvía a reclamar. Y tal vez no era eso solamente para
algunos individuos, sino para todos; tal vez no era justo tampoco que
sedujera de lejos únicamente a los más débiles, a los menos capaces:
quizás el aparente retroceso que experimentaban no era caída ni
sufrimiento, sino un salto y una acción, y quizás éramos nosotros
justamente los débiles y cobardes, los que nos quedábamos valientemente
el Eschholz”. Ya veremos que estas ideas le afectaron más tarde muy
profundamente.
Una
gran alegría era para él volver a ver al Magister Musicae.
Llegaba por lo menos una vez cada dos o tres meses hasta Eschholz,
visitaba e inspeccionaba las clases de música; era también muy amigo de
uno de los profesores locales, de quien era huésped a menudo por algunos
días. Una vez dirigió personalmente los ensayos finales para la
ejecución de un “Véspero”, de Monteverdi. Sobre todo no perdía de vista
a los mejores entre los alumnos de música, y Knecht pertenecía al grupo
al cual concedía su paternal amistad. Cada vez pasaba con él una hora en
la sala de estudio, sentado ante el piano, y repasaba con Knecht obras
de sus músicos preferidos o modelos de las antiguas reglas de
composición. “Construir un canon con el Magister Musicae u oírle
llevar ad absurdum uno mal construido, representaba una
incomparable festividad y también un verdadero gozo; a veces era casi
imposible retener las lágrimas o la risa constante. Uno salía de una de
estas horas privadas de música como de un baño y de un masaje.”
Cuando
Knecht se acercaba al final de su período escolar en Eschholz
—juntamente con alrededor de una docena de compañeros de su grado iba a
ser admitido en una escuela de grado superior—, el rector dirigió a los
candidatos el acostumbrado discurso, en el cual el ponía una vez más a
los promovidos el significado y las normas de las escuelas castalias,
señalándoles en cierto modo el camino, en nombre de la Orden, por el que
al final alcanzarían el derecho de integrarla. Este solemne discurso
corresponde al programa de una fiesta que la escuela otorga a los
componentes de su promoción y en la que éstos son tratados por maestros
y condiscípulos como huéspedes. En estos días, se realizan siempre
ejecuciones cuidadosamente preparadas —aquella vez una gran Cantata del
siglo XVII—, y el Magister Musicae concurrió personalmente para
escucharla. Después del discurso del rector, mientras se dirigían al
comedor engalanado, Knecht se acercó al gran Maestro con una pregunta:
—El
rector —dijo— no ha hablado de lo que sucede fuera de Castalia, en las
escuelas comunes y en las universidades. Explicó que los alumnos de
ellas en sus universidades se dedican a prepararse para las “profesiones
libres”. Si he comprendido bien, se trata en gran parte de profesiones
que no conocemos aquí en Castalia. ¿Cómo debo entender eso? ¿Por qué se
las llama profesiones “libres”? Y ¿por qué estamos excluidos de ellas
justamente los castalios?
El
Magister Musicae llevó al niño aparte y se detuvo debajo de uno de
los gigantescos pinos de la plaza. Una sonrisa casi astuta arrugó la
piel alrededor de sus ojos en finos pliegues, cuando le contestó:
—Te
llamas Knecht
[11], mi querido; tal vez por esta
razón tiene para ti tanto embeleso la palabra “libre”. ¡Pero no lo tomes
demasiado en serio en este caso! Cuando los no castalios hablan de
profesiones libres, el término es tomado quizá demasiado en serio y
suena con cierto patetismo. Nosotros, en cambio, lo empleamos con
intención irónica. Existe ciertamente una libertad en aquellas
profesiones, por cuanto el estudiante elige por sí mismo la profesión.
Esto brinda una apariencia de libertad, aunque en la mayoría de los
casos la elección corresponde más a la familia que al muchacho y más de
un padre se dejaría arrancar la lengua antes de dejar realmente al hijo
una libre elección. Pero esto podría ser tal vez una calumnia;
¡eliminemos este pretexto! La libertad existe, pues, más ella se limita
al único acto de la elección de una carrera. Después, la libertad ha
terminado. Ya durante los estudios en la universidad, el médico, el
jurisperito, el técnico, son constreñidos dentro de un curso cultural
rígido, muy rígido, que concluye con una serie de exámenes. Si los
superan, reciben su diploma o patente y pueden entonces practicar su
profesión en una libertad de ejercicio también aparente. Pero con ello
se convierten en esclavos de poderes inferiores, se someten a la
dependencia del éxito, del dinero, de su ambición, de su afán de
renombre, del agrado que los hombres sientan a no sientan por ellos.
Deben someterse a concursos y elecciones, ganar dinero, tomar parte en
competencias sin consideraciones de casta, familia, partido, ni diarios.
Tienen la libertad de convertirse en triunfadores y en hombres ricos, y
de ser odiados por los que fracasan, y viceversa. Con los alumnos de
selección y futuros miembros de la Orden ocurre todo lo contrario. No
“eligen” ninguna profesión. No creen poder juzgar sus talentos mejor que
los maestros. Se dejan colocar dentro de la jerarquía del sistema en el
lugar y en la función que eligen para ellos los superiores; a veces las
cosas ocurren en forma opuesta, y las cualidades, las dotes o los
defectos del alumno obligan al maestro a insertarlo aquí o allá. Pero en
esta aparente falta de libertad, todo electas goza, después de su
primer ciclo, de la libertad más amplia que pueda imaginarse. Mientras
que el hombre de las profesiones “libres” debe someterse en la formación
de su rama a un estudio limitado y estricto con exámenes también
estrictos, el electas en cambio, apenas comienza a estudiar
independientemente, goza de una libertad tan grande que muchos realizan
durante toda su vida, por propia elección, los estudios más dispares y a
menudo casi extravagantes, y nadie los molesta, si sus costumbres no
degeneran. Aquel que tiene aptitudes para maestro es empleado como
maestro, el apto para educador será educador, el adecuado para traductor
no será otra cosa; cada uno encuentra por si mismo el lugar en que podrá
servir y ser libre sirviendo. Además, queda así sustraído durante toda
su vida a esa “libertad” de la profesión que significa tan tremenda
esclavitud. No conoce el anhelo de dinero, de gloria, de rango, no
conoce partidos ni contradicciones entre persona y cargo, entre lo
privado y lo público, no se esclaviza al triunfo. Ya ves, hijo mío, que
cuando se habla de profesiones “libres”, el término “libre” se usa en
son de broma.
La
despedida de Eschholz fue en la vida de Knecht un hecho netamente
decisivo. Mientras hasta ese momento había vivido en una especie de
infancia feliz, en una subordinación y armonía voluntarias y casi
carentes de problemas, comenzaba ahora un período de lucha, de evolución
y problemas. Tenía casi diecisiete años, cuando se le comunicó su
inminente traslado a un grado escolar superior, juntamente con un grupo
de condiscípulos, y por un breve lapso no hubo para los elegidos ninguna
cuestión más importante ni discutida que la del lugar al que cada uno
seria trasplantado. De acuerdo con la tradición, el nombre de este lugar
era comunicado solamente en los últimos días, antes de la partida, y
entre la fiesta de despedida y el día del alejamiento corría un período
de vacaciones. Durante ellas, un hecho placentero e importante ocurrió
para Knecht: el Magister Musicae lo invitó a visitarlo al final
de una excursión y ser su huésped por algunos días. Honor muy grande y
raro. Acompañado por un camarada de su promoción —Knecht pertenecía aún
a Eschholz, a cuyos estudiantes no estaba permitido viajar solos—, se
fue una mañana temprano al bosque para subir a las montañas y, cuando
ambos llegaron a una cumbre despejada, después de ascender durante tres
horas por la sombra del bosque, vieron abajo tenderse empequeñecido y
reducido a menos de lo que pudiera abarcar la vista, a su Eschholz,
fácilmente identificado por la masa oscura de los cinco gigantes
arbóreos, por el rectángulo de césped y los estanques resplandecientes,
por el alto edificio escolar, el economato, la aldehuela, el famoso soto
de fresnos. Los dos jovencitos se detuvieron mirando hacia el fondo del
valle; muchos de nosotros recuerdan el grato panorama, porque los
edificios fueron reconstruidos casi idénticos después del gran incendio
y tres de los enormes árboles sobrevivieron al fuego. Allá abajo vieron
su escuela, su hogar de muchos años, del que tendrían que marcharse
pronto, y ambos se emocionaron frente al cuadro.
—Creo
que nunca advertí exactamente qué hermoso es —dijo el acompañante de
Josef—. Puede que sea porque veo por primera vez un lugar que debo dejar
y del cual tengo que despedirme.
—Eso
es —confirmó Knecht—, tienes razón. A mí me pasa lo mismo. Mas aunque
debamos partir de aquí, no dejamos a Eschholz por cierto. Lo han dejado
realmente sólo aquellos que se han ido para siempre, aquel Otto, por
ejemplo, que sabía componer tan maravillosas parodias en latín, o
nuestro Carlomagno, que podía nadar tanto tiempo bajo el agua, y los
otros... Ellos se han despedido de veras, porque se han eliminado. Nunca
más pensé en ellos, sólo ahora se me ocurre recordarlos. No te rías,
pero todos estos apóstatas tienen, sin embargo, para mí algo que me
impresiona, del mismo modo que posee cierta grandeza el ángel renegado,
Lucifer. Tal vez cometieron un error; mejor dicho: sin duda cometieron
un error, pero de todas maneras hicieron algo, concluyeron algo, se
atrevieron a dar un salto, hacía falta valor para ello. Nosotros hemos
tenido paciencia y aplicación, hemos tenido criterio, pero no hemos
hecho nada, no hemos dado ningún salto...
—No sé
—opinó el otro—, muchos entre ellos no hicieron nada, no se atrevieron a
nada, sino que sólo holgazanearon simplemente, hasta que se los echó.
Mas tal vez no te comprendo del todo. ¿Qué quieres decir con eso de “dar
el salto”?
—Entiendo el poder liberarse, el hacer algo en serio..., el saltar, pues
sí yo no quiero volver de un salto a mi hogar anterior, a mi vida
precedente; ella no me atrae, casi la he olvidado. Pero deseo que un
día, cuando llegue la hora y sea necesario, pueda yo también liberarme y
saltar, mas no por cierto hacia atrás en lo inferior, sino hacia
adelante, en lo más alto.
—Justamente, hacia adelante vamos. Eschholz fue un escalón, el próximo
será más alto y, al final, nos espera la Orden.
—Si,
ciertamente, pero no aludía a eso. Sigamos, amice
[12], vagabundear es muy hermoso
y me alegrará, me devolverá la alegría. Nos hemos vuelto melancólicos.
Con
este estado de ánimo y estas palabras, que conservó aquel camarada para
nosotros, se anuncia ya la tormentosa época de la juventud de Knecht.
Dos
días más tarde, los dos compañeros se pusieron en camino y llegaron al
lugar donde residía entonces el Magister Musicae, la localidad de
Monteport en alta montaña, donde el maestro desarrollaba justamente un
curso para jefes en el antiguo monasterio. El camarada fue alojado en el
pabellón de huéspedes, mientras Knecht pasó a una reducida celda en la
residencia del anciano maestro. No había aún acabado de desempacar su
mochila, después de haberse lavado, cuando se le presentó su anfitrión.
El venerable señor tendió la mano al jovencito y se sentó en una silla;
con un leve suspiro, cerró por unos instantes los ojos, como solía hacer
cuando se sentía cansado, luego dijo amablemente, levantando la mirada:
—Discúlpame, no soy un buen anfitrión. Llegas precisamente de un viaje a
pie y estarás cansado; si he de ser sincero, yo también lo estoy, mi
jornada es un poco agobiadora, pero si no tienes sueño, quisiera que me
acompañaras ahora mismo a mi habitación por una hora. Puedes quedarte
dos días y mañana, si quieres, invitarás también a tu compañero a mi
mesa, pero desgraciadamente no tengo mucho tiempo para dedicarte; hemos
de ver cómo encontramos el par de horas que necesito para tí.
Comencemos, pues, enseguida, ¿no te parece?
Llevó
a Knecht a una celda grande, abovedada, donde no había otros muebles que
un piano y dos sillas. Y ambos tomaron asiento en ellas.
—Pronto estarás en otro grado —dijo el Magister—. Allí aprenderás
toda clase de cosas nuevas, muchas muy bellas; pronto también comenzarás
a embeberte en el juego de abalorios. Todo esto es agradable e
importante; pero hay algo más importante que todo el resto: aprenderás a
meditar. En apariencia, todos los aprenden, pero no siempre se suele
comprobarlo. Desearía de ti y para ti que lo aprendieras en la mejor
forma, la más correcta; lo demás viene solo. Por eso quisiera darte yo
mismo las dos o tres primeras lecciones y éste era el motivo de mi
invitación. Vamos a intentar hoy, mañana y pasado mañana, meditar una
hora cada día y precisamente sobre música. Ahora tendrás un vaso de
leche para que ni la sed ni el hambre te molesten; la comida será
servida algo más tarde.
Llamó
a la puerta y le trajeron un vaso de leche.
—Bebe
despacio, muy despacio —le advirtió—, no te apresures y no digas nada.
Knecht
tomó muy lentamente su leche fresca; el maestro estaba sentado frente a
él y mantenía los ojos cerrados otra vez; su rostro tenía un aspecto de
vejez verdadera, pero era amable, lleno de paz; sonreía hacia dentro,
como si hubiera descendido en sus propios pensamientos a semejanza de un
hombre cansado que toma un baño de pies. Irradiaba paz. Knecht lo
comprendió y a su vez se sintió en paz.
El
Magister se volvió y colocó las manos en el teclado. Tocó un tema y
lo prosiguió en variaciones, parecía un trozo de algún maestro italiano.
Indicó a su invitado que imaginara el curso de esta música como una
serie ininterrumpida de ejercicios de equilibrio, como una secuela de
pasos más breves o más largos desde la mitad de un eje simétrico, y que
no prestara atención más que a la figura que dibujaran esos pasos.
Repitió los compases, reflexionó sobre ellos en silencio, los repitió
una vez más y se quedó sentado así, con las manos apoyadas en las
rodillas, los ojos cerrados a medias, sin movimiento alguno, repitiendo
y considerando la música dentro de sí mismo. También el alumno prestó
íntima atención, vio fragmentos de pentagramas ante sus ojos, observó
que algo se movía, pasaba, danzaba y flotaba volando, y trató de
reconocer el movimiento y de leerlo como las curvas que describe el
vuelo de un ave. Las líneas se confundían y volvían a perderse; tuvo que
recomenzar desde el principio, por un segundo le falló la concentración,
se halló en el vacío, miró perplejo a su alrededor y vio flotar en la
penumbra la cara tranquila, pálida, ensimismada del Magister;
volvió a ese espacio espiritual del que había salido casi deslizándose,
oyó resonar en él otra vez la música, la vio pasar por ese espacio, vio
que dibujaba la línea de su movimiento, siguió con, la vista y la mente
los pies danzantes de lo invisible...
Le
pareció que había pasado mucho tiempo, cuando se escurrió afuera de
aquel espacio, cuando sintió de nuevo físicamente la silla en que estaba
sentado, el piso de ladrillos cubierto por una estera, la luz
crepuscular ya más débil fuera de las ventanas. Sintió que alguien lo
miraba, levantó los ojos y encontró la mirada del Magister Musicae
que lo contemplaba atentamente. El maestro le hizo una señal casi
imperceptible con la cabeza, tocó con un dedo, pianissimo, la
última variación de esa música italiana.
—Quédate sentado aquí —dijo al jovencito—, volveré. ¡Busca otra vez la
música en ti mismo, presta atención a la figura! Pero no te violentes,
no es más que un juego. Y no te hará daño tampoco si al hacerlo te
duermes.
Se
fue. Le esperaba una tarea más, en la jornada rebosante de trabajo, una
tarea nada fácil ni agradable, que nunca hubiera deseado. Debía hablar
con un alumno del curso de jefes, muy talentoso, pero vanidoso y
arrogante, a quien tenía que reprochar groserías, demostrar lo injusto
de su conducta, revelar preocupación y sorpresa, amor y autoridad.
Suspiró. ¡Nunca se lograba el orden definitivo, nunca se podían extirpar
errores reconocidos! ¡Siempre los mismos errores que corregir, siempre
la misma maleza que arrancar! El talento sin carácter, el virtuosismo
sin jerarquía, que dominara un tiempo la vida musical de la época
folletinesca, derrotado y destruido durante el Renacimiento musical,
reverdecía otra vez y echaba brotes.
Cuando
volvió de su tarea, para comer con Josef su cena, lo halló tranquilo,
complacido además, y nada cansado ya.
—Fue
algo muy hermoso— dijo el niño como en una ensoñación—. La música se me
perdió, se trasformó.
—Déjala fluctuar en ti como en un reflejo —dijo el Magister y lo
llevó a un cuartito donde estaba tendida la mesa con pan y frutas.
Comieron, y el maestro lo invitó a asistir un rato al día siguiente al
curso de jefes. Antes de retirarse y después de acompañarle a su celda,
dijo al huésped:
—Durante tu meditación, has visto algo, la música ha surgido en ti como
una figura. Trata de dibujarla, si te agrada.
En la
hospitalaria celda, Knecht encontró sobre la mesa una hoja de papel y
lápices, y antes de acostarse intentó dibujar la figura, en que se había
trasformado la música. Trazó una línea y cortas rayas laterales que
salían de aquélla a intervalos rítmicos; eso le hizo recordar la
ordenada inserción de las hojas en las ramas de una planta. No le
satisfizo lo logrado, sintió deseo de intentarlo una y otra vez y, al
final, curvó la línea, casi jugando, hasta formar un círculo del cual
irradiaban las rayas laterales, como las flores en el círculo de una
corona. Se acostó luego y se durmió en seguida. En sueños llegó a la
cumbre de la colina sobre el bosque donde había descansado el día
anterior con su camarada, y vio a sus pies en el valle a su querido
Eschholz, mientras el rectángulo del instituto escolar se convertía en
un óvalo y luego en un círculo, en una corona; ésta comenzó a girar con
rapidez alocada; entonces reventó y voló en brillantes estrellas
lentamente, después con velocidad cada vez más creciente y, al final,
restallantes.
Al
despertar, no recordó nada de todo eso, pero cuando más tarde el maestro
le preguntó durante un paseo mañanero si había tenido algún sueño, le
pareció como si en ese sueño le hubiera ocurrido algo malo o excitante;
hizo memoria, encontró lo soñado, lo contó y se quedó asombrado por su
candidez. El maestro escuchaba con atención.
—¿Hay
que hacer caso de los sueños? —preguntó Josef—. ¿Es posible
interpretarlos?
El
maestro lo miró en los ojos y contestó brevemente:
—De
todo hay que hacer caso, porque todo puede interpretarse.
Algunos pasos más adelante, preguntó paternalmente:
—¿En
qué escuela preferirías entrar?
Josef
se sonrojó. Replicó en voz baja, de prisa:
—Creo
que en Waldzell.
El
Magister asintió con la cabeza:
—Me lo
imaginé. Pero tú conoces la vieja máxima: Gignit autem artificiosam
...
Con
las mejillas rojas aún, Knecht completó la sentencia que todos los
alumnos conocían:
—Gignit
autem artificiosam lusorum gentem Cella Silvestri (en romance común:
Waldzell
[13], sin embargo, suscita la reducida
población de artistas en el juego de abalorios).
El
anciano lo miró cordialmente:
—Verosímilmente, ése es tu camino, Josef. Tú sabes que no todos están de
acuerdo acerca del juego de abalorios. Dicen que es un sustituto de las
artes y que los jugadores son literatos, que no deben ser considerados
en realidad intelectuales, sino artistas que fantasean libremente y se
divierten. Ya verás lo que hay de verdad en ello. Tal vez tienes ideas
acerca del juego de abalorios, que le asignan más valor que el que
realmente tiene, tal vez sea todo lo contrario. Es muy cierto que el tal
juego ofrece sus peligros. Por eso mismo lo amamos; por los caminos
seguros, sin peligros, enviamos solamente a los débiles. Pero nunca
debes olvidar lo que te dije tantas veces: nuestra finalidad, nuestra
determinación, es reconocer exactamente los contrarios, en primer lugar
y sobre todo como contrarios, luego como los polos de una unidad. Lo
mismo ocurre con el juego de abalorios. Las naturalezas artísticas están
enamoradas de él porque permite el fantasear: los científicos severos,
especializados, lo desdeñan —también algunos músicos lo hacen—, porque
carece de aquel grado de severidad en la disciplina que pueden alcanzar
las distintas ciencias. Bien, tú aprenderás esos contrarios y con el
tiempo descubrirás que no se trata de contrarios de los objetos, sino de
los sujetos, que, por ejemplo, un artista de la imaginación no evita las
matemáticas puras o la lógica, porque sabe algo de ellas y podría
explicarlas, sino porque tiende instintivamente a otra cosa. Por esas
tendencias y antipatías instintivas y violentas, podrás reconocer con
seguridad a las almas pequeñas o inferiores.
En
realidad, es decir, en las almas grandes y en los espíritus superiores,
no existen estas pasiones. Cada uno de nosotros no es más que un hombre,
un intento, alguien a medio camino. Pero debe estar a medio camino en la
dirección de lo perfecto, debe tender al centro, no a la periferia.
Recuérdalo: se puede ser un lógico estricto o un gramático y, al mismo
tiempo, estar colmado de fantasía y de música. Se puede ser músico o
jugador de abalorios y, contemporáneamente, estar entregado por entero a
la ley y a la regla. El hombre que imaginamos y queremos, que es nuestra
meta llegar a ser, debería poder cambiar todos los días su ciencia o su
arte por otro cualquiera dejaría resplandecer en el juego de abalorios
la lógica más cristalina y en la gramática la fantasía más ricamente
creadora. Así tendríamos que ser, tendríamos que poder ser colocados a
cada hora en distinto lugar, sin que nos opusiéramos o nos
confundiéramos.
—Creo
comprender —observó Knecht—. Mas, ¿no son precisamente los temperamentos
más apasionados los que tienen preferencias y aversiones tan vivas, y
los otros los más tranquilos y dulces?
—Parece que así debiera ser, pero no es —contestó riendo el Magister—.
Para ser capaz de todo y estar versado en todo, se necesita no ya un
menos de energía anímica, de impulso y calor, sino un más. Lo
que denominas pasión no es fuerza del alma, sino roce entre el alma y el
mundo exterior. Allí donde domina el apasionamiento no hay un “más” de
esta energía del deseo y de la aspiración, tino que ésta se dirige a una
meta individual y falsa de donde resultan la tensión y el bochorno en la
atmósfera. Aquel que lanza la suprema energía del deseo hacia el centro,
hacia el ser verdadero, hacia lo perfecto, parece más calmo que el
apasionado, porque no siempre se ve la llama de su fervor, porque, por
ejemplo, no grita ni agita los brazos mientras discute. Mas te digo:
“Aquél debe abrasarse y arder”.
—¡Oh,
si fuera posible saber! —exclamó Knecht—. ¡Si hubiera una doctrina o
algo en que poder creer! Todo se contradice, todo pasa corriendo, en
ningún lugar hay certidumbre. Todo puede interpretarse de una manera y
también de la manera contraria. Se puede explicar toda la historia del
mundo como evolución y progreso, y también considerarla nada más que
como ruina e insensatez. ¿No hay una verdad? ¿No hay una doctrina
legítima y valedera?
El
maestro nunca había oído hablar con tanta vehemencia. Adelantóse un
trecho más, luego dijo:
—¡La
verdad existe, querido! Mas no existe la “doctrina” que anhelas, la
doctrina absoluta, perfecta, la única que da la sabiduría. Tampoco debes
anhelar una doctrina perfecta, amigo mío, sino la perfección de ti
mismo. La divinidad está en ti, no en las ideas o en los libros.
La verdad se vive, no se enseña. Prepárate a la lucha, Josef Knecht, a
grandes luchas; veo claramente que éstas han comenzado ya.
En
estos días, Josef vio a su querido Magister por primera vez en su
vida diaria, en su trabajo, y lo admiró mucho, aunque sólo podía
percibir una pequeña parte de su cotidiana colaboración. Pero el maestro
le impresionaba sobre todo porque se preocupaba por él, un hombre de tan
alta categoría y de aspecto a menudo tan cansado, lo había invitado; a
pesar de su labor, encontraba tiempo para dedicárselo, ¡y no sólo el
tiempo! Si esta introducción en el arte de meditar le producía tan
profunda y firme impresión, no era debido —como pudo juzgar más tarde— a
su técnica particularmente refinada o especial, sino a la persona, al
ejemplo del maestro. Los profesores que tuvo durante el año siguiente
cuando fue instruido en dicho arte, le dieron más indicaciones,
doctrinas más exactas, lo vigilaron más severamente, le plantearon más
cuestiones, solieron corregirlo más. El Magister Musicae, seguro
de su poder sobre el jovencito, hablaba poco y no le enseñaba casi nada,
señalaba solamente los temas y lo precedía con su ejemplo. Knecht
observaba que su maestro a menudo tenía un aspecto de anciano
debilitado; que luego, con los ojos semicerrados, se ensimismaba, para
volverse después fuerte, calmo, de mirar alegre y amable otra vez; nada
ni nadie hubiera podido convencerlo mejor acerca del rumbo hacia las
fuentes, acerca del camino que lleva de la inquietud a la paz. Lo que
tenía que decir al respecto el maestro con palabras, lo supo el joven
durante un corto paseo o durante las comidas.
Sabemos que Knecht recibió del Magister en esos días también
algunas indicaciones y normas previas para el juego de abalorios, pero
nada dejó escrito al respecto. También le emocionó que su anfitrión se
preocupara por su acompañante, para que no tuviese la sensación
demasiado viva de ser apenas un agregado. Este hombre parecía pensar en
todo.
La
breve residencia en Monteport, las tres horas de meditación, la corta
asistencia al curso de jefes, los pocos diálogos con el Magister,
representaban mucho para Knecht; con toda seguridad, el anciano había
elegido el momento más eficaz para su limitada intervención. Su
invitación había tenido principalmente el propósito de recordar
ardorosamente al joven la meditación, pero esta visita no era menos
importante por sí, como distinción, como signo de que se le prestaba
atención, se esperaba de él algo, más adelante: fue el segundo grado de
la vocación. Se le había concedido echar una mirada a las zonas
interiores; cuando uno de los doce maestros atraía tan cerca de sí a un
alumno de estas clases, no se trataba de mera simpatía personal. Los
gestos de un maestro siempre sobrepasaban lo personal.
En el
momento de los adioses, ambos alumnos recibieron pequeños regalos, Josef
un cuaderno con preludios corales de Bach, el camarada una lujosa
edición de bolsillo de Horacio. A Josef, el Magister dijo como
despedida:
—En
pocos días más, te comunicarán a qué escuela has sido asignado. Llegaré
allá con menos frecuencia que a Eschholz, pero también en la nueva
escuela nos volveremos a ver, si no me enfermo. Si te agrada, puedes
escribirme una carta una vez por año, sobre todo acerca del curso de tus
estudios musicales. No te está vedado criticar a tus profesores, pero yo
asigno a esto muy poco valor. Muchas cosas te esperan; deseo creer que
saldrás adelante. Nuestra Castalia no debe ser mera selección, sino en
especial modo una jerarquía, una construcción, en la que cada piedra
cobra sentido solamente por el todo. Desde este modo no parte ningún
camino hacia afuera y aquel que más alto sube y recibe más grandes
misiones, no se vuelve más libre, sólo se torna cada vez más
responsable. Hasta la vista, joven amigo; fue un placer para mí que
estuvieras a mi lado.
Los
dos camaradas emprendieron el retorno; en el camino, se sintieron más
alegres y dicharacheros que a la venida; los dos días en una distinta
atmósfera y, entre otras figuras, el contacto con otro círculo
existencial les había dado soltura, los había liberado de Eschholz y del
estado de ánimo de la partida, y los había llenado doblemente de
curiosidad por el cambio y lo porvenir. Durante los descansos en el
bosque o al borde de los altos precipicios de la región de Monteport,
sacaron de sus bolsillos flautas de madera y tocaron a dos voces un par
de Heder. Y cuando llegaron a la cumbre que domina a Eschhols,
con el panorama del Instituto y los árboles a sus pies, les pareció que
la conversación que mantuvieron allí quedaba relegada a un remotísimo
pasado; las cosas habían cobrado un nuevo aspecto; no pronunciaron una
sola palabra, un poco avergonzados de los sentimientos y las palabras de
entonces, tan rápidamente superados hasta perder su esencia y su
contenido.
En
Eschholz conocieron ya al día siguiente su destino. Knecht había sido
asignado a Waldzell.
[1]Maestro
del juego José III.
[2]Ambas
formas, Lusos basillensis
o joculator basillensis, significan jugador de Basilea,
juglar, en cierto modo.
[3]Unión
mística.
[4]Universidad
de las letras.
[5]De
la célebre Fuente Castalia, Hesse toma el nombre para esta especie de
“provincia universitaria”, donde se desarrolla la acción. (N. del T.)
[6]Demonio
(genio, espíritu) y amor del destino.
[7]“Elegidos”
y “flor de la juventud”.
[8]Denominación
de un tipo de colegios de segunda enseñanza, en Europa.
[9]Las
distintas secciones del Instituto, en cuanto eran internados, tenían
nombres clásicos: ésta era Casa Grecia.
[10]“Ingenio
muy capaz, estudios amplios; se aprueban sus hábitos”, o “ingenio feliz,
avidísimo de progresos, gusta de las costumbres impuestas por las
normas”.
[11]Knecht,
en alemán significa “siervo”.
[12]“Amigo”,
caso vocativo en latín de “amicus”.
[13]En
alemán: celda silvestre.
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