(El presente texto es la
transcripción de una conferencia dictada por
don Julián Marías, que, como se sabe, no
utiliza para ello un texto escrito -en la edición se mantiene el
estilo oral. Conferencia del curso “Los estilos de la Filosofía”,
Madrid, 1999/2000 - edición: Jean Lauand
Cortesía de
http://www.hottopos.com para la
BIBLIOTECA BÁSICA DEL CRISTIANO

1 de Julio 1646 en Leipzig,
Saxony, Alemania
14 Noviembre 1716 en Hannover, Alemania
Julián Marías
Buenas tardes, hoy vamos a hablar de Leibniz,
Gottfried Wilhelm Leibniz. Él nació exactamente 50 años después de
Descartes: él nació en 1646 y murió el 1716. Una vida -70 años- para
la época relativamente larga (Descartes murió joven, a los 54 años).
Había nacido en Leipzig y murió en Hannover. Es una figura
particularmente compleja y sumamente interesante.
Fue
matemático -uno de los grandes matemáticos de la historia- su gran
descubrimiento es el Cálculo Infinitesimal, que llamó Calcul de
l'infinement petit. Es un descubrimiento que se hizo
paralelamente a lo de Newton; Newton llamó a su descubrimiento
Método de las Fluxiones. Ha habido una disputa sobre la
prioridad del descubrimiento, parece que no hubo prioridad por parte
de ninguno: fue un descubrimiento simultáneo en formas distintas y
además las notaciones eran diferentes: la de Leibniz es la que ha
prevalecido -aproximadamente es la que se conserva, a lo largo de la
historia en el Cálculo Infinitesimal.
Era
además físico, físico sumamente importante. Luego diremos una
palabra sobre la discrepancia -parcial- que tiene con Descartes. Era
además jurista, historiador, en ocasiones diplomático. Tenía una
gran preocupación religiosa; era protestante, pero se sentía muy
próximo al catolicismo. Él era partidario, tenía mucho entusiasmo
por la unión de las iglesias: mantuvo una relación muy prolongada
con el gran obispo y teólogo francés Bossuet y con el obispo español
Rojas Espinola, para conseguir una aproximación y un poco de unión
entre las iglesias. Él no quería convertirse; él quería que las
iglesias protestantes y católica se aproximaran y llegaran a una
unión, sin cambiar las confesiones. Esto, como saben ustedes no
llegó a producirse. Hay varios estudios, hay un libro muy importante
de Jean Baruzi, a quien conocí en París hace bastantes años y se
llama Leibniz y la organización religiosa de la tierra.
Escribió historias, sobre todo los Annales Brunsvicenses, es
decir, de la casa de Brunswick. Pero naturalmente lo que fue sobre
todo y primariamente -y en eso que fue absolutamente genial- fue
filósofo.
La obra
de Leibniz tiene una estructura y sobre todo una transmisión muy
azarosa. Él escribió principalmente en francés y en latín. Escribió
doce libros, bastante extensos -no enormes-; dos libros
considerablemente extensos: Nuevos ensayos sobre el entendimiento
humano, un título reflejo del título de Locke -de quien
hablaremos la próxima semana- Ensayos sobre el entendimiento
humano; él escribe en francés Nouveaux essais sur
l'entendement humain y otro libro extenso Teodicea. La
palabra "teodicea" quiere decir literalmente "justificación de
Dios", el esfuerzo por interpretar la realidad divina -en relación
con el mundo, el hombre- y justificar porque Dios -siendo
infinitamente bueno, infinitamente sabio- ha creado un mundo en el
cual hay el mal - en muchos sentidos: el mal físico, el mal moral...
Pero la palabra "teodicea" luego ha sido usada en un sentido más
lato, más general, como el conocimiento filosófico de Dios.

Leibniz-Sophie-Charlotte
Escribió
además una serie de breves tratados -no más de cincuenta o sesenta
páginas-, algunos muy importantes. El Discurso de Metafísica
-yo lo he traducido hace bastantes años, casi sesenta-, La
monadología, Los principios de la naturaleza y de la gracia
y otros más, muy importantes.
Como
todos los autores de su tiempo mantuvo una correspondencia
científica con figuras importantes de varios países, y esa
correspondencia está en latín o en francés -algunas cartas en inglés
y muy pocas en alemán.
Como
autor es un autor de lengua francesa y latina; el alemán no era
todavía una lengua de cultura, no era una lengua en que se
escribiera filosofía. El primer autor que escribe en alemán de un
modo normal -además de en latín- es Wolff, discípulo de Leibniz.
Luego ya Kant escribirá casi toda su obra en alemán.
Esta es
en conjunto, digamos, la obra externa de Leibniz. No fue nunca
profesor; él fue fundador de la Academia de Ciencias de Berlín, en
1700, y fue director de ella. Viajaba por Europa, en coches -de
caballo, naturalmente- y leía y escribía en esos grandes coches del
siglo XVIII.

Es una
figura por tanto amplísima; escribe sobre gran cantidad de temas, y
fue sobre todo como matemático y como filósofo una de las grandes
figuras creadoras. No olviden ustedes que la matemática superior es
creación simultánea de Leibniz y Newton.
Como
físico tiene ciertas discrepancias con Descartes. Descartes se ocupa
del movimiento, por supuesto, pero lo ve como un cambio de lugar y
estudia lo que llama la cantidad de movimiento cuya fórmula es mv,
masa por la velocidad. Pero la concepción de Leibniz -y lo digo
porque tiene conexión con sus ideas filosóficas- es una concepción
dinámica, no se trata simplemente de cambio de lugar y lo que
importa no es la cantidad de movimiento, sino lo que él llama "la
fuerza viva", que tiene una fórmula distinta:
mv2
2
Esto
tiene conexión con la idea de fuerza, de vis, de conato, de
impulso..., a diferencia de la concepción de cierto modo estática de
Descartes.
Y hay un
concepto enormemente importante, que está en el centro de la
filosofía de Leibniz, el concepto de mónada. Mónada es una palabra
griega, monás, monadós, que quiere decir unidad. Y llama
mónadas justamente a los componentes de la realidad. Son
precisamente lo que llama substancias indivisibles, que no tienen
partes. Y por tanto no pueden proceder por agregación, porque no
tienen partes, ni pueden desaparecer por disgregación. Añade, con
una imagen muy curiosa que "las mónadas no tienen ventanas", no se
pueden comunicar entre sí, directamente no se comunican. La
comunicación que tienen es en Dios. Recuerden ustedes como aparecía
la intervención de Dios en la realidad en todo el pensamiento del
siglo XVII: en Descartes; en Malebranche, en forma de ocasionalismo;
en Spinosa... En Leibniz la solución va a ser justamente que las
mónadas por ser indivisibles, sin ventanas, no pueden aparecer más
que por creación y no se pueden destruir más que por aniquilación.

Vean
ustedes que este concepto capital en el cristianismo, el concepto de
creación -y su reverso, aniquilación- tiene un carácter ontológico,
un carácter filosófico capital en el pensamiento de Leibniz. En
definitiva, diríamos que las ventanas de las mónadas dan a Dios; es
decir, la comunicación de las mónadas es con Dios, no es entre
ellas. Y esto lo lleva a un concepto que ha sido muy famoso: la
armonía preestablecida. Las mónadas que son, repito, incomunicantes,
que no tienen ventanas, que no tienen partes, sin embargo componen
un universo coherente: porque han sido creadas por Dios justamente
siguiendo la armonía preestablecida. Es decir, Dios ha
preestablecido la coherencia de las innumerables mónadas de tal
manera que es como si se comunicaran; no se comunican realmente pero
la armonía preestablecida hace que estén concordes. Recuerden
ustedes el problema planteado por Descartes de cómo puede ser que la
realidad física, extensa, afecte a la res cogitans, a
la substancia pensante o a la inversa: que el entendimiento o la
voluntad, que son espirituales, puedan actuar sobre lo físico: que
yo pueda mover mi brazo... Recuerdan ustedes como Malebranche
atribuía a Dios una intervención constante de tal manera que con
ocasión de la existencia de este tapiz rojo yo tengo la
sensación de rojo; con ocasión de mi voluntad de levantar el brazo,
Dios hace ese acto. Pues bien, en el caso de Leibniz hay una armonía
preestablecida y por tanto hay una concordancia general en el
universo porque Dios justamente ha hecho que el mundo sea de esa
manera.

Hay una
idea muy arraigada en Leibniz y que después ha sido muchas veces
comentada -en general entendida muy mal, superficialmente-, decir
que el mundo es el mejor de los posibles. Esto fue llamado de
optimismo de Leibniz; pero no se trata de optimismo, sino de lo
mejor de los posibles. El mundo ha sido criado por Dios y es el
mejor de los posibles porque... hay un concepto capital, enormemente
interesante, que utiliza Leibniz y que es lo composible, la
composibilidad.
Qué
quiere decir Leibniz con composible? En la concepción tradicional es
posible lo que no es contradictorio; por ejemplo, un círculo
cuadrado es imposible porque justamente hay contradicción entre la
circularidad y el cuadrado. Pero si ustedes preguntan si es posible
el centauro -mitad hombre, mitad caballo-, bueno, sí. O la sirena,
que es mujer y pez -siempre he pensado que no sabría lo qué hacer
con una sirena: si enamorarse o comérsela con mayonesa...
Son
posibles, diría Leibniz, con posibilidad abstracta, pero no real, no
son composibles: es decir no puede haber un organismo que sea mujer
y pez, o hombre y caballo... no hay una posibilidad real, una
posibilidad concreta. Ese concepto de composibilidad es sumamente
importante, porque el mundo está regido por el principio de la
composibilidad: las cosas tienen estructuras que las hacen a algunas
composibles y a otras no: hay problemas importantes de coherencia en
la realidad. Dios ha creado el mundo con el mayor bien posible (de
lo que es composible): y así no es que el mundo sea óptimo; sino que
es el mejor de los posibles, el que tiene mayor grado de perfección
posible, tomando la realidad en conjunto. Lo que pasa además es que
esto se debe aplicar teniendo en cuenta que nosotros no conocemos el
mundo, no conocemos más que muy parcialmente el mundo: imaginen
ustedes con todo lo que ha avanzado el conocimiento del mundo, por
ejemplo, desde Leibniz hasta ahora y el número de cosas que
ignoramos -es abrumador: sabemos una pequeña fracción de lo que
había que saber...
Por otra
parte, él tiene una distinción muy importante entre las mónadas
personales y las demás. Las mónadas personales son libres y además
tienen percepción, tienen conocimiento. Él tiene la idea de que la
realidad está compuesta de mónadas, cada una de las cuales refleja
el universo entero, una concepción maravillosa de Leibniz. Hay un
verso suyo que dice: "Particula in minima micat integer orbis",
en la partícula más pequeña se encuentra el reflejo del universo
entero.
Es una
idea capital en Leibniz porque en las mónadas personales hay
libertad y hay conocimiento. Cada una de las mónadas conoce en
principio -aunque sea de una manera parcial, incompleta- el proceso
entero del universo. Y es libre, tiene espontaneidad. Todo, todo en
sí misma: las mónadas son cerradas, no pueden percibir nada de
fuera, no tienen partes, no tienen ventanas, en definitiva lo que
hacen, las acciones de cada mónada son el despliegue de sus
posibilidades internas. Y en el caso de las personas es una
espontaneidad que añade conocimiento y la libertad: es libre.
Es muy
importante esto, porque precisamente el pensamiento leibniziano está
impregnado de la idea de libertad. Veremos en la próxima conferencia
como el teórico del liberalismo y de la democracia fue Locke. Y
Locke no acababa de creer en la libertad humana, la libertad
personal; para Leibniz la libertad era condición fundamental de la
persona. Ya veremos como Locke creía en la libertad política, pero
no demasiado en la libertad humana; hay un cierto determinismo en su
pensamiento. Es lo contrario de Leibniz. Siempre he pensado que si
el teórico del liberalismo -y secundariamente de la democracia- no
hubiese sido Locke sino Leibniz, creo que las historia sería
sensiblemente diferente y hubiera habido una dosis capital de
libertad. Es interesante ver como a veces la creencia en la libertad
política y la defensa de la libertad política -que me parece muy
bien- no está sostenida por algo mucho más profundo, que es
precisamente la creencia en la libertad humana. Yo he dicho muchas
veces que es muy importante tener libertad, pero es mucho más
importante ser libre. Porque libertad, siempre hay alguna, por lo
menos la que uno se toma; pero si no se es libre, si el hombre no es
libre, por muchas libertades reconocidas, políticas, no hay
verdadera libertad. Yo creo que si hubiera sido Leibniz, diríamos,
el patrono de los sistemas políticos de los últimos siglos, hubiera
sido más profunda y más verdadera la libertad.
Era un
hombre que afirmaba la libertad personal y la relación del hombre
con Dios. Para él, Dios es rigurosamente personal. Está muy lejos
del panteísmo de Spinosa, pero tampoco tiene la idea muy dominante
en la época de un Dios, que sí es creador, providente, que tiene
todos los atributos de infinitud y de perfección, pero a quien no se
ve rigurosamente como persona.
Y cuando
se refiere a Dios emplea palabras sumamente curiosas y yo creo que
no se han empleado más que en su pluma: él hablando de Dios y del
amor de Dios emplea la palabra ternura, tendresse. Es
extraordinario. A veces se entiende el amor a Dios de un modo
abstracto, se piensa que el amor a Dios consiste en cumplir los
mandamientos: sí, pero la palabra amor quiere decir otra cosa. El
sentido primario de la palabra amor es otra cosa. Recuerden ustedes
la distinción que hace Pascal: le Dieu des philosophes et des
savants a diferencia del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios
religioso. Para Leibniz amar a Dios es amarlo con ternura, lo cual
no he encontrado en ningún otro lugar. Y hablando de Dios emplea
otra palabra extraña: dice que es encantador, charmant. Dios
nos encanta, es encantador. Y tiene por nosotros no un amor
abstracto sino ternura y el hombre debe sentir también ternura
respeto de Dios. Hay una relación estrictamente personal. Relaciones
de amor, de ternura, de libertad: justamente esto es lo que es la
persona.
Hay un
hecho curioso, Leibniz era naturalmente una figura muy admirada y
respetada pero con poca difusión: los escritos suyos circulaban
poco. Y hay un hecho tremendo: la primera edición de conjunto -incompletísima-
es de 1765, es decir, medio siglo después de la muerte del autor...
Y hay otra cosa muy importante: uno de sus dos grandes libros,
Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, era una réplica a
Locke, que había publicado sus Ensayos sobre el entendimiento
humano en 1690. Los Nuevos Ensayos son, en definitiva,
una discusión con Locke y la obra termina hacia 1704, que es cuando
muere Locke. Y entonces Leibniz por una excesiva delicadeza no lo
publica: porque era una discusión con Locke, Locke no puede
contestar y no lo publica y el libro permanece inédito hasta 1765...
Y hay cosas extraordinarias que, naturalmente no fueron leídas
-fueron leídas por pocos- hasta medio siglo después de la muerte de
Leibniz. Y hay unas páginas -yo las comenté hace tiempo en un
artículo- en que Leibniz, hacia 1704, prevé una revolución general
en Europa. La revolución se produce en 1789; en 1704 la prevé
Leibniz. Y la ve como una crisis general de los usos, de las
valoraciones y de la moral; de como los grandes modelos de
perfección humana se han olvidado... Ustedes imaginen que este libro
hubiera sido leído desde el comienzo del siglo XVIII, que hubiera
estado en manos competentes, que se hubiera tenido en Europa otras
actitudes avanzadas, creadoras, personales, fundadas en el concepto
de libertad, fundadas en una actitud religiosa, en la esperanza en
Dios etc. Pero por el azar editorial, por esa delicadeza -un poco
excesiva- de Leibniz, los efectos fueron mínimos... Y se ha leído
una serie de obras muy inferiores, muy superficiales, los llamados
"filósofos" filosóficamente eran muy poca cosa: no olviden ustedes
que la gran creación de la ciencia y de la filosofía es del siglo
XVII; el siglo XVIII vive de las rentas y hay una disminución de
valor, de profundidad de ese pensamiento filosófico y científico:
los grandes creadores son del siglo XVII -sin duda ninguna- los
demás son continuadores, divulgadores -a veces rebajadores- del gran
pensamiento del siglo XVII. Habrá que llegar a Kant, para encontrar
una gran filosofía creadora en el siglo XVIII.
Ven
ustedes los azares de la historia. El estudio de Descartes en el
siglo XVIII es superficial; se habla de sus doctrina físicas, de los
animales como máquinas, la idea de los torbellinos; de Leibniz, se
habla de la idea de lo mejor de los mundos posibles, pero no se
piensa a fundo el concepto de substancia, que es fuerza, que es
dynamis, conato, impulso, creación: armonía preestablecida, que
hace que el mundo sea un mundo, un universo, en el cual hay una
relación con un Dios, que es amable, que es amado con ternura etc.
La idea
de felicidad –que es justamente lo más importante- ha sido tratada
por Leibniz con una profundidad extraordinaria. La felicidad es al
hombre lo que la perfección es a los entes. La idea que corresponde
a la perfección en las cosas, los entes deben ser perfectos; en el
hombre, justamente la perfección es ser feliz. Y esa felicidad
radica muy fundamentalmente en el amor. Y el amor -hay una frase
suya que me parece extraordinaria-, el amor a Dios, dice Leibniz,
debe ser un amor con tendresse y dice además que tiene que
tener el ardor combinado con la luz. Ardor y luz, es precisamente
una combinación del amor con la razón. A veces se contraponen amor y
razón -el amor no es razonable, el amor es ciego..., Ortega opinaba
que eso es un error gravísimo; el amor es perspicaz, el amor
descubre... las perfecciones del amado, por ejemplo. La perfección
humana consiste en amor luminoso, un amor esclarecido, un amor en
que se combina la ternura con la razón.
Vean
ustedes como es una figura extraordinaria, la amplitud: es quizá el
último hombre en Europa capaz de poseer el universo de las ciencias,
después esto no ha sido posible, por la especialización, por el
crecimiento de la información... Y actualmente se llega hasta el
extremo de que los científicos no conocen la disciplina que
profesan, sino conocen una pequeña parcela de ella: un botánico que
está especializado en las algas o en una variedad de algas y nada
más, no sabe mucho de lo demás. Y lo mismo ocurre con el físico, con
el químico, con todos los científicos. Hay una parcelación del saber
que impide la visión universal que posee todavía Leibniz.
¿Es esto
posible? ¿Es necesaria esa visión de conjunto, la visión abarcadora
del real? Ustedes piensen que la crisis de la filosofía en estos
últimos decenios, que es muy grande -lo que se llama filosofía
muchas veces tiene muy poco que ver con ella- consiste precisamente
en un abandono de la perspectiva filosófica, del punto de vista
filosófico. El filósofo no sabe casi nada sobre casi todo, pero
tiene el punto de vista filosófico: él se pregunta sobre la realidad
y por el puesto que cada cosa, cada parroquial realidad tiene en el
conjunto de la realidad. En esto consiste la filosofía y por esto
siempre insisto en que se trata de hacer las preguntas radicales:
las respuestas son inseguras, no son necesarias, a veces no se
encuentran... pero si se hacen las preguntas radicales, se está
haciendo filosofía; si no se hacen esas preguntas –hágase lo que se
haga- se está fuera de la filosofía. Y es interesante ver como el
exceso de crítica que aparece ya después de Leibniz, justamente
consiste en una serie de renuncias... Renuncias que van a estar de
cierto modo compensadas por lo contrario: por excesos. En las
sesiones siguientes nos ocuparemos de eso.
De acuerdo con Russell:
Leibniz (1646-1716) fue uno de los intelectos
supremos de todos los tiempos, pero como ser humano no era
admirable. Ciertamente, poseía todas las virtudes que uno
desearía se emplearan en las cartas de recomendación a un patrón
en perspectiva: era industrioso, frugal, abstemio y
financieramente honesto. Pero en cambio, no poseía absolutamente
ninguna de las virtudes filosóficas más elevadas, que son tan
aparentes en Spinoza. Su mejor pensamiento no fue del tipo de
los que hubieran ganado popularidad, por lo que dejó sus
escritos inéditos al respecto, sobre su escritorio. Lo que sí
publicó fue diseñado para alcanzar la aprobación de príncipes y
princesas. La consecuencia es que existen dos sistemas
filosóficos que pueden considerarse como representando a Leibniz:
uno, que él proclamó, es optimista, ortodoxo, fantástico y
superficial; el otro, que ha sido desenterrado lentamente de sus
manuscritos por editores recientes, es profundo, coherente, muy
influido por Spinoza, y asombrosamente lógico. Fue el Leibniz
popular quien inventó la doctrina de que éste es el mejor de
todos los mundos posibles (a lo que F. H. Bradley agregó el
sarcástico comentario "y todo en él es un mal necesario") y el
Leibniz que Voltaire caricaturizó como el doctor Pangloss. Sería
ahistórico ignorar a este Leibniz, pero el otro es de mucha
mayor importancia filosófica.
Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716)
La filosofía de Leibniz puede concebirse como un
inmenso palacio barroco (como el del Arzobispado en Wurzburg) del
que en esta ocasión sólo visitaremos brevemente un par de
habitaciones, aunque una de ellas es la biblioteca. Lo que quiero
decir es que del sistema filosófico de Leibniz sólo mencionaré (y en
forma muy resumida) aquellos aspectos relevantes al método
científico.
El programa general de Leibniz puede equipararse
al de Descartes (véase capítulo III), que era intentar deducir las
leyes y principios de la naturaleza a partir de unos cuantos
principios metafísicos evidentes que podían conocerse a priori,
o sea sin referencia o contacto con la realidad. Leibniz postuló
que, para la ciencia, los dos principios metafísicos más importantes
eran:
1) El principio de contradicción,
por el que juzgamos como falso lo que implica una
contradicción, y como verdadero lo que se opone o contradice a
lo falso,
2) El principio de la razón
suficiente, por el que aceptamos que nada puede ocurrir o
existir (y ninguna proposición puede ser verdadera) sin que haya
una razón suficiente para que ello sea de tal manera y no de
otra, aunque generalmente tales razones no las podamos conocer.
Aunque sólo sea de pasada, es importante señalar
que Leibniz manejó estos dos principios para demostrar la existencia
de Dios y explicar la naturaleza del universo. De acuerdo con
Leibniz, no existen razones intrínsecas suficientes para explicar la
existencia de los cuerpos materiales, por lo que tales razones deben
existir en alguna entidad no material, que es Dios. El monoteísmo es
consecuencia obligada del principio de la razón suficiente, en vista
de que, dados sus atributos, sólo se necesita un Dios. Por el mismo
motivo, todo lo que ese Dios hace es lo más perfecto posible, aunque
no todo lo que hace es absolutamente perfecto. Porque siendo Dios
perfecto, la existencia sería absoluta, sin vacíos o espacios
libres, lo que (según Leibniz) la haría menos que perfecta. Aquí
cabe agregar otro principio importante para Leibniz, el de la
"identidad de los indiscernibles", que se deriva del principio de la
razón suficiente y que niega que puedan existir dos cosas
diferentes que sean idénticas entre sí, porque entonces sería
imposible señalar que son diferentes.
Basado en estos principios, Leibniz montó un
ataque frontal a las ideas científicas de Newton, que tuvo poca
resonancia en los círculos académicos de su época (aunque el propio
Newton se preocupó por defenderse de él, no personalmente sino a
través de terceras personas, como el reverendo Samuel Clarke) pero
que creció en fuerza e importancia a través del tiempo y culminó con
la teoría general de la relatividad de Einstein. Leibniz criticó las
ideas newtonianas de espacio y tiempo absolutos, señalando que las
diferentes regiones del espacio absoluto serían indiscernibles, por
lo que la creación del mundo podría haber ocurrido en cualquier
parte, pero que no habiendo razón alguna para que Dios prefiriera
una región a otra (si todas eran iguales) entonces el mundo no se
hubiese creado. Leibniz rechazó esta conclusión como falsa (después
de todo, el mundo existe) y agregó un razonamiento semejante con
respecto al tiempo. Además, en vista de que "la materia es más
perfecta que el vacío", cuando Dios hizo al mundo tan perfecto como
era posible, en lugar de hacerlo con átomos, el vacío lo creó como
un todo continuo, como una inmensa malla de entidades sin volumen y
sin comunicación entre sí, como centros de fuerza activa pero sin
espacios entre cada uno de ellos. A estos centros o entidades los
llamó mónadas y les asignó una variedad de propiedades; entre
las más sobresalientes está una, obligada por la incomunicación de
las mónadas entre sí ("no tienen ventanas"), que es que están
programadas de tal manera que sus eventos ocurren en completa
armonía con los de todas las otras mónadas.
Leibniz se refiere en varios sitios a su método de trabajo,
especialmente en un artículo titulado "Sobre análisis y síntesis
universales, o el arte del descubrimiento y del juicio",
probablemente escrito en 1679. En este artículo, el análisis y la
síntesis corresponden más o menos a la inducción y a la deducción;
para Dios, naturalmente, todo el conocimiento sería deductivo, pero
los simples mortales nunca podremos llegar a esa situación, por lo
que requerimos también de las observaciones y de las hipótesis. Sin
embargo, tanto en su sistema filosófico como en sus trabajos
científicos, Leibniz actuó como si la ciencia contuviera un grupo de
axiomas aplicables a cualquier campo, derivando de ellos y de las
definiciones de los símbolos las reglas apropiadas para construir
las fórmulas que constituyen el contenido científico.
Con esto vamos a terminar nuestra revisión de las ideas de
algunos hombres de ciencia prominentes del siglo XVII
sobre el método científico. En el siguiente capítulo examinaremos el
pensamiento sobre el mismo tema de un grupo de filósofos de la misma
época.