Mañana iré al cementerio a dejar una corona- dijo la mujer rubia.

Yo también- murmuro la mujer morena.

También yo amé apasionadamente a mí hombre- dijo la morena-. Aunque era duro y no me dió mas que dolores. Pero el amor es así.

Mi hombre tenía el alma sosegada del hogar. Amaba el reposo, la vida sedentaria.

El mio era todo lo contrario- comento la morena-. Era el vagabundo; cada horizonte lo llamaba. Tenía la obsesión del camino y del adiós.

Mi hombre se dejaba invadir por el canto de los sueños, y gustaba de las bellas historias.

El mío solo amaba la acción. Desdeñaba las palabras y las fantasías.

 

Al día siguiente, 1° de Noviembre, llegaron al cementerio. La añoranza de sus amores desaparecidos las había unido. Empezaron a cruzar las calles pobladas de mármoles y de flores, y estupefactas, se detuvieron ante la misma sepultura.

¿ Juan ? –preguntó la rubia.

Era Juan- respondió la morena.

Y cada una dejo su corona en el mismo sitio, y regresaron en silencio, con la certeza de que en la vida no hacemos otra cosa que alzar altares a dioses desconocidos.

 

                                                                 Daniel de la Vega - Chile

 

 

 

 

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