Carlos A. Villa-Velasco
Nemesio Ceballos
—¡Qué frío del demonio!—. Juan Solidario frota sus
manos frente a la fogata.
—Menos delicadito, Juan. Toma ejemplo de Valente, siempre en silencio—.
Valente Maza, en efecto, tiene una sonrisa congelada en el rostro y no saca las
manos del sarape si no es para empinar el codo con la botella de mezcal. Un
violento hipo le saca de su letargo. Nemesio Cevallos ríe a carcajadas cuando
le quita el licor.
Cuatro jóvenes rodean el fuego. Pasan apenas unos minutos de las ocho de la
noche, pero la oscuridad es cerrada y el bosque emite sus nocturnos sonidos. Las
criaturas indefensas se han recogido en las madrigueras huyendo de los
depredadores. Salen coyotes, tigrillos, tlacuaches, tejones. Se refugian conejos
y ratones.
Agustín Soto, el más joven, abre mucho los ojos, temblando de frío y miedo.
Se hubiera querido retirar desde hace rato pero le sobrecoge la idea de estar
solo en la tienda, alejada veinte metros del fuego. Reflexiona, empezando a
pensar que tomó una decisión equivocada. Hace dos años, en 1963, y en San
Isidro, California, en los Estados Unidos, conoció a Cevallos trabajando en la
pizca de limones; habían pasado mojados, llevaban unos meses en las labores del
campo y Nemesio fue una influencia y amistad decisiva en el joven Soto. Esa
relación le llevaría a reunirse con él, ya en territorio mexicano.
—Cuando regresemos a la tierra con billetes gringos, hacemos un buen negocio
para nunca volver por estas—.
Nemesio tenía una manera de convencer...
La reunión se hizo en México, D.F. con la puntual asistencia del propio Agustín
y otros dos muchachos trabajadores ilegales con los que habían formado un círculo
de los sábados por la noche para beber cerveza, Juan Solidario y Valente Maza.
Anticipándose a los demás, bien trajeado y con zapatos de calidad, se presentó
Nemesio Cevallos al café de chinos de la Av. Álvaro Obregón de la capital
mexicana.
Hoy, en el bosque y sufriendo intensos fríos, Agustín recuerda muy bien
aquella ocasión cuando frente a un vaso de café con leche y una charola de lámina
con piezas de pan, Nemesio les dirigió un elaborado discurso sobre las
conveniencias de dedicarse al robo a viajeros por los transitados caminos del
estado de México.
—Son una mina de oro, compañeros. Llevan y traen mucho dinero transportado en
mulas y cuidado por puros burros—.
Llevados por el entusiasmo de Nemesio, los tres campesinos accedieron a
convertirse de trabajadores en delincuentes. Adquirirían armas, cada uno por su
cuenta, se reunirían nuevamente en el Café de Li y se trasladarían a Toluca
el tres de noviembre del año en curso, 1965.
Al inicio del invierno de ese año, se encontraban acampando en un bosque de
pinos muy cercano a Tepeji del Río. Habían cometido su primer crimen la noche
anterior, asaltando a unos viajeros en la carretera de San Juan del Río a
Tepeji cruzando un tronco en el camino. Un médico y su esposa. El botín, dos
relojes finos, una pulsera y aretes de oro y 2,500 pesos.
La cabeza de Agustín se llenaba de preocupaciones y dudas. No solamente el
cargo de conciencia. Tenía fijo en su memoria el rostro de la dama observándole
fija, ansiosamente. Empezaba a abrigar una creciente desconfianza hacia Nemesio.
¿Cuánto faltaría para que los capturasen?
Valente Maza no tenía duda alguna. Oaxaqueño, muy moreno, taciturno, semejaba
una figura de barro negro carente de expresión. Producía una sensación de ser
alguien muy antiguo, lejano, subyugante. Sus húmedos ojos negros parecían de
vidrio mojado, como llorosos. Agustín estaba convencido que Valente era capaz
de matar.
Poco a poco, al consumirse la fogata, se apagaron los diálogos y los
pensamientos de los cómplices. Una pesadez llegó con el letargo del bosque
previo a la caza. En unos momentos más se derramaría sangre de animales. La
luz del fuego desfiguraba los rostros y Agustín se sintió rodeado de maldad,
como dentro del infierno.
Al día siguiente, desde un puesto elevado en una colina, Nemesio Cevallos
observaba la escena de la carretera en los bajos de Jilotepec. Había silencio
en el valle y el mediodía del centro de México adormecía a los habitantes.
Con los prismáticos pegados a la cara, gesticulaba mientras sus compañeros
permanecían tumbados en la hierba a las dos de la tarde en aquel inicio de
diciembre, en una tarde cerrada, gris y fría. Cevallos se levanta, batiéndose
el polvo de los pantalones con la mano izquierda, los catalejos en la derecha.
Enérgicamente, grita.
—¡Jálenle, hay unos gringos preguntando en el puesto de refrescos!—
Inician el descenso, las armas enfundadas en la cintura. No habrá tiempo para
la maniobra del tronco, así que agarrarán a los viajeros en el puesto de los
indígenas que venden bebidas. No habrá problema. Es una pareja de pacíficos
comerciantes de edad mediana.
Al aproximarse al camino, hay desencanto. Los gringos del convertible se han
marchado, pero dos jóvenes descienden de una camioneta de carga y piden
refrescos. El pez gordo se ha escapado. El cabecilla decide llevar a cabo el
asalto, pensando que algo de valor habrá en el vehículo; los pantalones beige
y la camisa verde, uniforme de los conductores, le da buena espina.
—A ver qué sale—, dice Juanito, sonriendo.
Nemesio les comunica el plan de emergencia. Agustín Soto y él mismo abordarán
subrepticiamente la camioneta, que parece sola. Juan y Valente marcharán hacia
el puesto e iniciarán una conversación con los clientes. Desde retaguardia,
enmascarado con un pañuelo, Nemesio amagará a los uniformados, les pondrá el
arma en las costillas y les sacará el dinero. Agustín cuidará el vehículo,
que nadie se mueva, y esperará al resto para emprender la fuga.
Los hombres de la camioneta están discutiendo la proximidad de una estación de
gasolina.
—Hay una antes de Tepeji, Homero. Es la que tiene un charro grandote con el
anuncio de PEMEX—.
Homero no hace mucho caso de su colega, atento a los pasos de Juan y de Valente,
que se acercan conversando animadamente. Aparecieron en la curva de la
carretera. Deja la soda a un lado. —Ahí vienen unos—, le dice al compañero.
—Buenas tardes, amigos. A ver, señora, un barrilito de tamarindo para el
calor del camino. Tú Valente, ¿qué te tomas?—. Juan se quita el sombrero,
saca el paliacate del bolsillo trasero del pantalón y se seca la frente,
soplando.
—Qué calorón, señores—, dice abriendo una cálida sonrisa.
Juan Solidario es muy platicador. Entabla la charla con los dos jóvenes, que
vienen de Querétaro, de donde salieron hace cuatro horas. Juan y Valente son
caporales de la Candelaria, rancho a media hora a pié, van hasta Tepeji a
comprar baterías.
Valente está ordenando unos sopes a la encargada del puesto cuando un par de
disparos interrumpen la conversación. Por instantes nadie reacciona. Los ecos
de los balazos se escuchan desde los cerros cercanos, y la sorpresa es igual
para los seis alrededor del puesto. Todos voltean hacia las explosiones. Nemesio
sale de la camioneta con un revólver en la mano derecha, gritando “manos
arriba, cabrones”, y Juan Solidario, el primero, levanta los brazos.
Los hombres de la camioneta, manos arriba, tienen distintas reacciones. Homero,
más fornido, se mueve poco a poco tratando de ocultarse tras el puesto de láminas.
Nemesio le asesta un disparo en medio del pecho. El otro cae de rodillas
abriendo los brazos en cruz, pide clemencia. Es padre de familia, pobre como
ellos.
—Llévense la lana de los pinches banqueros, pero no me hagan nada—.
Juan amaga al conductor y a los dos indios y Valente los ata de pies y manos.
Boca abajo, tres vivos espantados y un cadáver yacen en el polvo. El oaxaqueño
le quita la chamarra al muerto.
Un pálido Agustín Soto hace recuento de la situación. Sin conocer previamente
su existencia, Nemesio ha asesinado a dos guardias armados pero dormidos en el
interior del vehículo. Los cuerpos han quedado tumbados, uno al frente del
volante, otro sobre una pila de sucias bolsas de lona.
Tres muertos. Tres testigos vivos y atados.
Cevallos, excitado por el peligro y la sangre derramada, sabe que urge resolver
la situación.
—A ver si como roncan duermen. A trabajar parejo. Valente, a ti te toca la
vieja, Juan se despacha al indio y tú, perfumes, al chillón—.
Juan se arma de valor y le dispara en la nuca al dueño del puesto. El indígena
salta estremeciéndose, mientras su mujer llora a gritos. Valente la arrastra
jalándola de los pies, raspándole el rostro contra el suelo. Una piedra le
abre el pómulo. Le sube las faldas, pero Nemesio le impide continuar.
—Ya, Valente, échatela para que se calle—.
Agustín Soto se orinó cuando mató al guardia de la camioneta, quien había
guardado silencio desde que Juan le disparó al indio. Aunque evitó la mirada
de su víctima que con el rabillo de un ojo horrorizado buscaba la cara de su
verdugo, después de muerto tuvo qué verle el rostro.
Esa cara permaneció con Agustín por el resto de su vida. Se dormía viéndola,
se despertaba con ella, le acompañaba en sus caminatas, en su soledad, en la
cantina, cuando la veía claramente dibujada en las láminas anunciando las
bebidas.
Al viajar en los autobuses sentía la pesada mirada de su víctima entre la
muchedumbre. Adquirió un nombre: Anselmo. Llegó a conversar con él. Casi tres
años después, Anselmo convenció a Agustín de seguirle al otro mundo, donde
estaría en paz. Se colocó un balazo en el punto exacto donde había puesto la
bala que asesinó al chofer.
Subieron los cuerpos al vehículo, conduciéndolo en sentido contrario y llevándolo
a un caminito lateral a la carretera principal. Alejados de la civilización,
estudiaron el botín.
Se trataba de diez mil monedas de cincuenta pesos oro. Eran las llamadas
“centenarios” acuñadas para celebrar cien años de independencia de México.
En una carreta de mano abandonada en el camino colocaron las bolsas con las
monedas. Borraron los vestigios del tránsito de la camioneta, la bañaron con
gasolina y le prendieron fuego antes de arrojarla por la barranca del Zopilote.
Permanecieron en silencio por más de veinte minutos después de la explosión,
que se escuchó en todo el valle de Jilotepec, asustados de su hazaña. Cinco
cuerpos de hombre y uno de mujer se calcinaron hasta hacer imposible su
identificación.
A pesar de no ser temporada seca, un gran incendio devastó la mayor parte de la
vegetación del cañón del Zopilote el seis de diciembre de 1965.
Pasaron tres días ocultos en un ignoto paraje próximo a las lagunas de
Bosencheve, en el estado de Michoacán, a donde habían llegado después de una
semana de caminata sin descanso al través de la sierra de Tlalpujahua. Dos
mulas compradas en Atlacomulco hicieron transportable la carga.
La búsqueda de los delincuentes, que se inició al día siguiente de los
sucesos se dirigió hacia los caminos de pavimento y terracería aledaños al
punto donde se supuso que ocurrió el robo. Dos semanas más tarde la policía
rural descubría los restos del vehículo calcinado y cenizas inidentificables
de restos humanos. El incendio había hecho imposibles los accesos a una amplia
zona y destruído rastros que ayudaran a resolver el robo a la camioneta del
Banco de Londres y México que transportaba diez mil monedas de oro de San Juan
del Río, Qro., a México, D.F.
Los funcionarios del banco, de acuerdo con la policía, habían resuelto hacer
el traslado sin medidas especiales de seguridad ni advertencia a los gerentes
intermedios de la institución. Habían tomado tal decisión suponiendo que el
sigilo evitaría poner en alerta a los asaltantes de caminos.
Se equivocaron. La valiosa carga no llegó a su destino. Un mes más tarde, los
resultados eran nulos. Ninguna pista directa, ningún gasto o depósito
extraordinario. El incendio que impedía entrar en el bosque obligó a un compás
de espera que brindaba a los asaltantes todas las facilidades para escapar.
Tras la ardua caminata, con escasez de alimentos, inexpertos en la caza y
temerosos de disparar, los asesinos llegaban a un estado de cansancio, temor y
ansiedad que provocaba disputas entre ellos. Juan Solidario perdió su habitual
buen humor; Agustín Soto se sumió en el estado depresivo que ya nunca le
abandonaría; Valente Maza permanecía callado, causando desconfianza y miedo a
los dos anteriores. Solo Nemesio Cevallos se mantenía en control, confiado,
alerta y jefe.
—Nuestras vidas han quedado entrelazadas, camaradas, queramos o no
queramos.—
A punto de llegar a Zitácuaro, ya era dueño de la situación.
Esa noche decidieron su futuro. Al menos así se los hizo creer Nemesio, aunque
en verdad él elaboró, expuso y logró la aprobación del plan.
A la luz del fuego, con el helado viento de la nochebuena en la sierra de
Angangueo cortándoles el rostro y las manos, desanimados y tristes, escucharon
a Cevallos.
—Tenemos qué aguantar y no tocar el oro durante cinco años por lo menos.
Somos jóvenes, solteros, no tenemos compromisos y no esperábamos esta fortuna.
Que cada quien haga de su vida lo que guste, pero será importante que ganemos
por caminos diferentes.
Hagamos un juramento. Aquí he anotado mis ideas:
No leeremos los periódicos para no saber nada de la balacera de Tepeji.
No hablaremos con nadie del oro, ni de los muertos, ni de la camioneta, ni del
banco ni de nada de nada.
No nos volveremos a ver ni a hablar hasta dentro de cinco años.
No nos dedicaremos a cosa alguna que nos lleve a la cárcel, porque los cuicos
te sacan hasta la mierda. Puras chambas derechas.
En la nochebuena de 1970, en el Hotel “Marcos” de Aguascalientes, nos
reuniremos de nueva cuenta. Ahí repartiremos el oro y entonces sí, cada chango
a su mecate y a disfrutar la pachocha. Para entonces, habrán olvidado la matazón
y nunca nos agarrarán. Uno de nosotros ha de custodiar el tesoro. No conviene
que permanezcamos juntos, porque atraeríamos a la policía como miel a las
moscas.
—¿Por qué, Nemesio?. No estoy de acuerdo. Juntos nos echamos la mano y
separados pueden suceder muchas cosas malas. Agarran a uno y le sacan la
historia completa o a cualquiera se le ocurre fregarnos a los demás—,
interrumpe Juan Solidario.
Interviene Agustín Soto, que había estado en silencio.
—No, Juan, piénsalo. La policía va a saber que los difuntos no fueron por
uno solo. Por las distintas armas buscarán a un grupo de cuatro: juntos nos
denunciamos—.
—Pos sí— murmura Valente.
—El que cuide el dinero ha de tener muchas agallas porque tiene qué llevárselo
de Zitácuaro a otro lado, esconderlo y llegar puntual a Aguascalientes. No
puede traicionar, porque los demás lo buscarían hasta en el culo del infierno.
Responde con su vida hasta la nochebuena de 1970.
—Mira, Nemesio: que cada quien se lleve su lana y si a alguno lo agarran, que
se friegue.
—No, Juan. Si agarran a uno, agarran a todos.
—Y supongo, Nemesio, que tú quieres ser el que se quede con el oro.—
Todos callan.
—Aquí lo enterramos.
—No, Valente. No me quiero quedar con el dinero. Tal vez, si no hubiéramos
trabajado parejito así sería, pero la verdad todos me dieron ejemplo de muy
machos. En cuanto a tu idea, perfumes, lo más probable es que la policía venga
a buscar por aquí. Y si regresamos dentro de cinco años y no hay nada...¿a
quién le echamos la culpa?—.
Todos reflexionan.
—No nos hagamos tontos— dice Nemesio.
—Me llevo el oro y en cinco años se los entrego enterito, descontada mi
cuarta parte. Soy el que sabe cómo llevármelo, esconderlo y custodiarlo hasta
la cita de Aguascalientes. Si alguno se siente más capaz que yo, lo respeto y
me sentiré muy a gusto hasta que llegue el día de cobrar. Pero si no se me
aparece, lo encuentro y me lo chingo. En cuanto a ahorita, llegamos a Zitácuaro,
cada quien gana con rumbo diferente y que se mantenga con vida por lo menos
cinco años. Anótense las reglas que les comenté y pídanle a Dios que me
cuide para que llegue con bien a Aguascalientes.
—Bueno— asienten los otros tres.
Once semanas investigando, siguiendo pistas falsas, llamadas anónimas,
sugerencias de soplones. Rencillas entre las corporaciones, ataques de la
prensa. Cero resultados.
Una mañana de febrero el teniente Godofredo Villalón tuvo ante sus ojos el
rompecabezas que había armado penosamente, pieza por pieza.
Inteligente, jugador de ajedrez, Villalón había seguido una carrera con el
propósito de llegar a ser el mejor investigador de México. Estaba en el camino
de lograrlo a los treinta y cinco años de edad y una cadena de aciertos sin
interrupción.
Había estudiado en la facultad de medicina de la UNAM por dos años,
interrumpidos por las economías familiares. Se hizo de un empleo en las
oficinas de la Procuraduría Federal .
Desde ahí, combinando buenas dotes para el análisis, destrezas burocráticas y
acciones concretas en la calle, el policía había llegado a una altura donde
estaba orgulloso de su prestigio como detective investigador.
En este caso, el éxito había sido alcanzado con grandes esfuerzos de su grupo
de trabajo, intricadas indagaciones llevadas por él personalmente y una buena
dosis de fortuna. Había resultado muy afortunado el que Villalón estuviese
asignado en el momento de los asesinatos de Tepeji a otro asuntillo de poca
monta que cobraría una importancia clave para la solución de aquello. Los
hilos se trenzaban perfectamente y desvelar el misterio fue posible gracias a
sus habilidades mentales.
El primer punto era que el grupo de criminales (porque era un grupo de cuatro,
por lo menos), estaba liderado por un intelectual de mente calculadora y fría
que había definido un plan “perfecto”. Un asesino con habilidades de
carnicero para disponer de cadáveres y borrar vestigios. Afortunadamente, el
anciano Dr. Ponce pudo contribuir a la identificación de los cuerpos de los
guardianes de la camioneta, apenas con unas piezas dentales y fragmentos de
huesos calcinados. No habían sido ellos ladrones sino víctimas.
En segundo lugar, la personalidad del líder de los asesinos se estableció como
alguien que planeó meticulosamente, con meses de anticipación, forma y
oportunidades para el crimen. Uno con información interna que conoció del
traslado del caudal mucho tiempo antes.
La faceta más determinante de la personalidad del asesino la definía su saña
y sangre fría. Enmascarado bajo la apacible persona de funcionario bancario,
con un puesto de responsabilidad, con acceso a información importantísima, una
mente maestra criminal y, sin embargo, de apariencia respetable y habilidades de
administrador.
Como resultaría lógico al final, solamente un individuo llenaba la credencial
perfectamente. Un empleado que había logrado escabullirse dentro de la
institución, esperado pacientemente por dos años sin cometer ilícitos,
ascendiendo hacia puestos de mayor responsabilidad, preparando el gran golpe.
El teniente Godofredo Villalón había estado asignado justo antes del asalto a
la camioneta, a la investigación de unos fraudes en la sucursal Lomas del Banco
de Londres y México. Gracias a ello, le fue posible tejer la red que atraparía
al ladrón, un cerco que siguió los pasos del sospechoso, comprobó sus
patrones de conducta y de gastos, observó cómo subió paulatinamente su nivel
social y económico y preparó el escenario para disponer del tesoro que
finalmente habría de hurtar. Con ese cuidado, realizaría la hazaña sin
despertar sospecha.
Pero Villalón tenía meses tras él, observando sus crecientes dispendios.
Lamentaba no haberlo arrestado antes de los crímenes de Tepeji, pero no había
forma de anticipar tan funesto resultado.
El estudio cuidadoso del crimen anterior donde el sospechoso estuvo involucrado,
detenido y sentenciado a cinco años en Lecumberri permitió a Villalón
establecer los puntos de identidad entre ambos sucesos, definitorios de un patrón
criminal inconfundible. Una investigación que llevó a conclusiones brillantes.
Un pequeño detalle se perdió por el entusiasmo creciente de Villalón. No leyó
la última hoja del expediente del asesinato en la taquería de Pancho Mijares.
Un período de vacaciones cuidadosamente planeado y desde luego, coincidente con
el crimen de Tepeji, cerró el círculo de sospecha alrededor de Efraín Seráfico,
el chaneque.
Se había ausentado por dos semanas. Nuevamente víctima de su inoportuno
sentido del humor, el chaneque viajó por el sureste mexicano visitando cantinas
y casas de mala nota. Se confeccionó un sombrerito, se pegó unos bigotillos
chaplinescos, fingía la voz como sudamericano y vivió uno de sus anhelos desde
sus tiempos en el cine. Actor en el escenario de la vida, popular entre las
damas de la noche, trajeado de lino blanco, se sentía Arturo de Córdova.
Su anónimo viaje coincidió con los asesinatos de Tepeji del Río.
El veintidós de marzo de 1966, con una resaca tremenda después de una fiesta
organizada y pagada por él, con la asistencia de los habitantes de la vecindad,
confeti pegado en el cabello y en su casa restos de serpentinas, botellas y
gorritos, un asustado Chaneque fue capturado en Santa María la Redonda.
Un cerco de seguridad de dos cuadras alrededor vigiló la aprehensión de un
Efraín en pijama, los ojos heridos por el sol del mediodía, un atado de ropas
y los zapatos calzados sin medias. Dieciséis policías le escoltaban.
Los periodistas que se encontraban en medio de una feroz campaña contra la
Procuraduría de Justicia se hicieron presentes durante la riesgosa operación y
registraron en sus placas las escenas de la captura.
El veintitrés de marzo la fotografía instantánea de un sorprendido Chaneque
aparecía en las primeras planas de los principales diarios de circulación
nacional. La nota mereció menciones en los periódicos de todo el mundo y en
las revistas Life, Time y Newsweek. Los titulares cubrían las ocho columnas. El
encabezado más benévolo rezaba:
“El chacal: ¡capturado!”
Desleal a uno de los puntos del juramento que había redactado, sentado en una
silla de lámina en la acera frente a su casa de Zitácuaro, Mich., Nemesio
Cevallos leía con interés la crónica de “El Universal”, que llegaba a la
librería “Sedes Sapientae” al mediodía de la fecha siguiente a la
publicación de cada número.
Efraín Seráfico había sido capturado en su domicilio de México, D.F.,
acusado del homicidio premeditado de cuatro guardias en la carretera de San Juan
del Río a Tepeji. El asesino había estado empleado en el Banco de Londres y México
por dos años, donde había estudiado cuidadosamente las remesas de valores
entre las poblaciones cercanas a la capital. Con antecedentes criminales, el
delincuente, al que apodaban “El Chaneque”, había purgado una sentencia de
cinco años en Lecumberri por el asesinato de dos sujetos en el piso que ocupaba
sobre una taquería.
El tipo había logrado ingresar al banco falsificando documentos de identidad
siguiendo un inteligente y diabólico plan encaminado al robo más cuantioso de
la década. Hábilmente disfrazado como humilde empleado bancario, Seráfico había
logrado penetrar archivos, dominar el patrón de envíos de dinero y paso a
paso, con artesana habilidad, entretejer la maniobra que culminó con el asalto
a la camioneta del banco.
Para financiar la operación, cometió su gran equivocación: una serie de
fraudes de poca monta, realizados desde su oscuro puesto de cajero de la
sucursal Lomas. Ello produjo un hilillo de luz suficiente para que el teniente
de la policía judicial, Godofredo Villalón, siguiese una brillante investigación
coronada con la captura del peligroso asesino.
En los próximos días el criminal sería sometido a interrogatorios que
esclarecerían el resto del misterio...¿quiénes eran sus cómplices? ¿quiénes
eran sus informantes?, y sobre todo, la duda que permanecía en la policía, los
periodistas, el banco y el público...
¿Dónde estaba el oro?
Nemesio apuró una cuba libre. La noche había llegado a Zitácuaro y la calle
de su barrio estaba colmada de vecinos cuando terminó de leer el periódico a
la luz de un foco desnudo que iluminaba la acera. Pensativo, con la mirada
perdida en un puesto de tacos, esbozó una sonrisa.
Nadie en el mundo sabía dónde estaba el tesoro.
Solo él. Nemesio Cevallos. Solo él.
—Pase, teniente. ¿Un café?—
El capitán Alderrama encendió un habano y se acomodó en la silla junto a
Godofredo Villalón, en un gesto de inusitada confianza.
—Brillante, Godofredo. Sencillamente brillante. Me dicen que fue puro
ejercicio mental. Explíquemelo.
—Nada extraordinario, mi capitán. Gracias a los muchachos. Más que ejercicio
de la mente, mucho sudor y trabajo estudiando archivos. El asunto estaba claro.
—Claro para uno como usted, Villalón. Si no tiene inconveniente, quiero saber
todos los detalles. ¿Ha llenado el informe correspondiente?
—Con todo cuidado, señor.
—¿Novedades?
—Sí. El sospechoso confesó el crimen, pero es durísimo de pelar y no quiere
decir dónde está la lana, aunque le aplicamos...—
El capitán levanta la mano, pone el dedo índice sobre los labios y sugiere.
—Shhh. No me diga más. Confío en que su gente le sacará la verdad. Me
llegaron recomendaciones de muy arriba.—
Guiña un ojo.
—El día quince, con la presencia del regente, el Ministro de Guerra y Marina
le otorgará un ascenso de grado. Será usted capitán.—
Cuando el Chaneque ingresó por segunda ocasión a Lecumberri, de donde había
salido convertido en uno de los “duros” para sobrevivir al ambiente
carcelario, se propuso tejer su modesta red social.
Tenía veintiocho años de edad, pero aparentaba cuarenta y cinco. Nadie hubiera
creído que sobreviviría a veintinueve años en la prisión. Sería liberado el
dieciséis de septiembre de 1995, amnistiado, pobre y con cincuenta y siete años
sobre las espaldas.
Cultivó amistades en el Reclusorio Oriente, donde estuvo durante quince años.
Entre sus amigos estaba un custodio, Ramón Cantera.