| La Página de los Cuentos |
El serrucho
Domingo Rubio
Siempre fue débil y tembloroso. Ahora, con sus catorce años,
su aspecto blanquecino y su contextura casi ridícula por lo blanda y
desgarbada, empezaba a despertarle algún sentimiento extraño hacia sí mismo.
No tenía amigos, es verdad, pero en el colegio veía y lo veían, y a menudo
era objeto de burlas por compañeros de su edad, con espaldas anchas y barbas
incipientes que eran contundente testimonio de virilidad. Fue encogiéndose cada
vez más. Su miedo no aumentó ni disminuyó: era en él casi connatural y
solamente se encogía y temblaba con él.
Las primeras noticias del monstruo del serrucho lo tomaron casi sin sorpresa:
sus compañeros de curso los tenían acostumbrados a todo. Inventaban cualquier
excusa para hacer gala de valentía y poner en evidencia el temor de las
muchachas (también el suyo, lamentablemente y para mayor alborozo de los
graciosos mastodontes). Ellos seguramente estaban detrás de todo esto. ¿Por qué
esos muchachones fuertes y seguros, triunfadores en todo, le dolían tanto? Un día
comprendió que le recordaban a su padre. Nunca lo había notado antes, tal vez
porque antes eran aún niños y ahora, con una estatura mayor, una voz más
grave y esa actitud prepotente que nunca comprendió en su padre, la asociación
se le hacía transparente, casi inevitable. ¿Por qué su padre lo habría
despreciado siempre? Era él el menor de cuatro hermanos, pero él era el único
varón. Cierto día se enteró, sin querer, que su padre sólo esperaba ‘el
machito’. Absurdamente se sintió feliz: él había sido esperado
especialmente por su padre. Luego, fue descubriendo que su padre no lo trataba
como él hubiera creído y querido. Un día le dijo: “marica, más me hubiera
valido otra hembra a semejante marica...” Allí comprendió: él era la
decepción final. Cuando el varón tan esperado llegó, no era lo que su padre
hubiera querido. ¡Qué feliz sería su padre si su hijo fuera como sus compañeros
de curso!. Eso lo llenaba de una rara melancolía que a veces derivaba en rabia.
Al recordar esto, volvía a dejarse llevar por sus angustias secretas vividas
por años en el Colegio.
Lo peor eran los recreos: allí todo estaba a disposición para las destrezas,
las bromas pesadas, la sutil competencia varonil ante las chicas del curso, que
lo miraban a veces con lástima, otras con algún sentimiento que él no sabía
o prefería no definir... Allí también, en los recreos, las bromas sobre el
monstruo del serrucho daban pie para poner en evidencia su fragilidad, su
desmembrada arquitectura corporal, su poquedad...
Un día ocurrió algo que cambió su intuición primera: Daniel, el ‘patrón’
del curso, llegó desencajado. Contó que el monstruo del serrucho lo había
atacado. ¿Una chanza de Daniel? Parecía que no, porque no bromeó con ello en
ningún momento. A partir de ese día, una obsesión anidó en su débil cerebro
y ya no se movió de allí: él descubriría al monstruo. ¿Una patriada
personal para demostrarse a sí mismo y a los demás que no era tan timorato
como parecía? ¿Un modo de ‘escapar para adelante’, ya que el monstruo había
comenzado a llenarlo de un temor extraño que proyectaba su sombra hacia las
noches, y que robaba su sueño o lo llenaba de extrañas imágenes?
No se detuvo a investigar los motivos. Una extraña vitalidad corría ahora por
sus venas con un ardor frío. Comenzó a informarse más. Ya eran muchos los que
lo habían visto. En general, no le daban tanta importancia (al menos, no le
daban tanta importancia como él le daba, o como él hubiera deseado, en fin:
algo sufría en él cuando comprendía que no le daban al monstruo tanta
importancia. Claro, cuando él lo descubriera, su triunfo sería mayor, su
reivindicación social sería mayor cuanto mayor fuere el temor con que el
monstruo tenía a todos acobardados). Supo que usaba una careta grotesca, que en
la oscuridad aparecía como de leopardo, según algunos, como de un pobre
diablo, según otros.
Desde que había decidido descubrirlo, sus antenas registraban todos los
detalles y sus manos anotaban todo en un pequeño cuaderno que no mostraba a
nadie. Fue elaborando hipótesis que luego descartaba. Así pasaron por su mente
sus compañeros de curso casi uno por uno. Menos Luis, casi tan infeliz como él
mismo, y Raúl que tenía una extraña nobleza y nunca lo había mortificado
directamente. Bueno, claro, sí indirectamente, porque Raúl era un
‘ganador’ en todo, y su misma presencia lo mortificaba... Pero eso era otra
cosa. Él sabía distinguir. No, Raúl y Luis no. Menos aún cuando precisamente
Raúl sufrió un ataque a manos del monstruo. Raúl tenía un rostro hermoso y
varonil a la vez. A pesar de que solamente pudieron verlo luego de varios días,
cuando ya la herida cicatrizaba, todos, pero especialmente las muchachas, se
llenaron de espanto. Podría decirse que casi le abrió la cara en dos. Su
mejilla fue ‘rehecha’ a duras penas y sin mucho éxito: ya nunca volvería a
ser el mismo.
Un día sintió que se estremecía: ¡su padre! ¿No tenía acaso su padre una
herrería al fondo, donde nunca lo dejó entrar, porque ese lugar era “para
hombres y no para maricas”? ¿Y no andaba el monstruo con un serrucho? Él
mismo había visto cómo su padre reía y parecía disfrutar de todo lo
perverso. Cuando le contaban cosas del monstruo parecía feliz. Era como si lo
mirara a él. Sí: él sentía que su padre lo miraba como diciéndole:
“marica, ¿tenés miedo? ¿No ves que esto es cosa de hombres?” Empezó a
observar a su padre. Un extraño placer lo atormentaba pensando en ser
precisamente él quien lo desenmascarara... ¿Por qué su padre salía siempre
de noche? ¿Por qué ni siquiera su madre sabía dónde iba? ¿Por qué tantas
veces, cuando volvía, oía llorar a su madre y hasta oyó varias veces que su
padre la golpeaba? Claro, él nunca la defendió: se acurrucaba en un rincón de
su camita y allí se quedaba. Ni siquiera lloraba, por temor a despertar contra
él el enojo de su padre. Pero ¡claro!: ¿cómo no lo comprendió antes? Su
madre conocía el secreto de su padre y por eso él le pegaba, para que callara.
Por eso su madre no reía cuando contaban las andanzas del monstruo...
Desde que comprendió la verdad, la obsesión pareció ceder a otro sentimiento
que nunca pudo definir. Era como un temor febril y un placer morboso. Observaba
a su padre en todo momento. Sus gestos, sus fanfarronadas (que ahora le dolían
menos que antes: él no era menos ya que conocía su secreto), sus movimientos,
sus salidas.
Una noche soñó con el monstruo. Fue un sueño torpe, que parecía no tener
relación directa con lo que había oído sobre el monstruo. Fueron imágenes
confusas y de repente, el monstruo reía y él sentía que ya no podía huir de
él. Estaba en sus manos y lo cortaba pero no con un serrucho: era algo así
como una sierra de carnicería. Él veía con horror que su cuerpo era rebanado
en rodajas gruesas, transversalmente, pero no sentía dolor ni se moría,
solamente miraba impotente entre las manos poderosas. Allí lo vio con mayor
claridad aún: eran las manos de su padre, era su indiferencia y su desprecio.
Era él... Un grito sordo y largo hizo desvanecer las imágenes del sueño y se
despertó oyendo, casi como un eco de la memoria, su propio grito... El sudor lo
bañaba íntegro. La certeza, como un acero helado, abría su mente y se
instalaba en el centro de su ser...
Aquella mañana de octubre, varios días después de aquel sueño revelador,
sintió que su cuerpo se hacía trizas: su padre había sido encontrado
descuartizado en un baldío. Era obra del monstruo, nadie lo dudaba.
Si el monstruo había asesinado a su padre, entonces el monstruo no era su
padre... Sintió miedo. Por primera vez sintió miedo y decidió no seguir
investigando.
No lloró por su padre, pero tampoco sintió alivio. No sabía lo que sentía.
No sabía si aún sentía.
Esa misma noche, mientras en la habitación grande de la casa velaban a su
padre, salió al patio. Allí, como en un extraño pacto consigo mismo, decidió
renunciar a descubrir al monstruo.
En un rincón del patio, detrás de la herrería, quemó el cuaderno donde había
anotado todos los detalles que iba ávidamente acopiando sobre el monstruo. En
el aljibe profundo y abierto, rompiendo la paz de las estrellas que se ocultaban
en el fondo, arrojó la máscara y el serrucho.