La Otra Mirada
Gustavo A.Schek
El dolor, luego de un inexplicable receso a las cuatro de la
mañana, lo despertó, puntual, a las seis.
Era domingo, aunque no hubiera podido distinguirse de cualquier otro día en la
semana. La tormenta nocturna había dejado paso a una mañana azul y ventosa,
que desmentía el verano.
Basilio Céspedes terminó de incorporarse en la cama con la lentitud de los años.
Bajó las piernas al suelo y agitó con la mano la parva de medicamentos que
desordenaban su mesa de noche, hasta encontrar su reloj pulsera.
Sosteniéndolo frente a su cara, lo alejó y acercó varias veces, hasta que las
agujas le confirmaron la hora.
El dolor, que lo seguía a todas partes como un hijo bobo, había heredado de él
su puntualidad de militar.
Céspedes era bajo, canoso, y de una engañosa apariencia frágil. Sólo en el
acero de su mirada hubieran podido descubrirse restos de crueldades pasadas. Se
miró al espejo, y trató , sin éxito , de emprolijar su aspecto. La noche
maldormida le encandilaba la cara con los rayos del sol que se filtraban por las
persianas. El paladar le parecía pegado con guano. Se frotó los ojos. Luego su
mano izquierda tocó el vendaje de la cicatriz quirúrgica , que demoraba en
sanarse, dos dedos por debajo del esternón.
“Todavía vamos tirando” se dijo, y se volvió a mesar los cabellos en un
gesto inútil de coquetería. (Ya estaba por llegar la enfermera de día)
”Todavía vamos tirando”, y sus ojos se miraron en esos ottros ojos legañosos,
los que reflejaba el espejo, que , aunque le parecieran extraños eran los suyos
propios. Como también habían estado legañosos esa mañana, la de su primera
muerte.
Pero ésta mañana, la de ahora, se desgranaba de pronto en ecos de hospital, de
puertas que se abrían y cerraban, y voces, y holaquetal, y quebonitaselave, y
chaucito, y los pasos rápidos, urgentes de Mariví entrando en la habitación.
Mariví era, y se sabía, hermosa. Su cabello renegrido derramaba su cascada de
treinta años de mujer espléndida. La pollera blanca reglamentaria fallaba en
su intento de uniformizar el contorno de sus piernas. Y, como una placa al pie
de un monumento, un prendedor de plástico explicaba su busto con las letras
“María Victoria Parral, Enfermera”.
-Buenos días, Coronel-dijo, y Basilio supo, o intuyó, como cada día, que ella
se mordía la lengua al llamarlo “coronel”, para que no le saliera
“abuelo”- otra vez dormimos mal, parece.
-Es el dolor, m'hijita,-respondió. Y no pudo evitar pensar que veinte, o quizás
treinta años atrás, la habría impresionado con su porte, o con su uniforme.
La habría seducido, o, en todo caso, la habría poseído, de una u otra manera.
De todos modos en esos años duros ( o gloriosos, según qué camarada de armas
se lo dijera) era cosa de todos los días.
En cambio, ahora dependía de ella para que le pusiera una inyección que
acalambrara, aunque fuese por un rato, la garra inmunda que le trituraba el
mediastino.
Pero, aunque él no lo supiera, para Mariví, Basilio ó el Coronel, ó el
Abuelo, como lo llamaba según quién la oyera, no era sólo un simple anciano.
A veces la mirada de ella se había reflejado en sus ojos acerados, y se había
inquietado pensando cosas que, si bien eran el reflejo de sus deseos, le producían
vergüenza y rechazo, y le hacían temer que Basilio se diera cuenta de lo que
pasaba por su interior. Otras muchas veces, en cambio, especialmente en días
como éste, en que todo parecía posible, su única conclusión era: “¿y por
qué no?”
Y de todos modos era imposible que el coronel lo notara, por lo menos esa mañana,
en que su única meta era sentir ese pinchacito, quietito que no le va a doler,
que le daría ese falso respiro.
Y era ese dolor, que le recordaba su mortalidad a bofetadas, el que le había
disparado, justo esa mañana, los recuerdos de sus queridas, gloriosas muertes.
Desconocedor de cualquier arrepentimiento, el Coronel Basilio Céspedes
consideraba unidos por un lazo indisoluble al amor y a la muerte, dos instancias
fundamentales de todo ser humano. No habiendo sido jamás destinatario del amor
de una mujer, sus muertos ocupaban en su mente, el lugar que se le destina a las
novias. A lo largo de su vida había matado y fornicado cientos de veces, por
ganas ó por mandato, y con los años los rostros de sus víctimas se habían
ido desdibujando hasta formar un sincicio de caras suplicantes y piernas
abiertas. Y, a falta de una primera novia, el Coronel guardaba, en el sitial de
honor de su memoria, su primera muerte.
De repente, la punzada de dolor le acometió con más fuerza, cortándole el
aliento.
-Vamos, Mariví, poneme ese maldito calmante, carajo- y las curvas que se
insinuaban de espaldas bajo el guardapolvo, y que en ese momento no importaban,
se apresuraron en el armado de la inyección.
-Le voy a poner una endovenosa, le va a hacer efecto más rápido- explicó,
innecesariamente la enfermera.
Mariví, esa mañana, se sentía como más vieja. Su aplomo de siempre parecía
haberla abandonado, como si sus energías se estuvieran desintegrando junto con
lasa de su paciente.
“Lindo pulso”, pensó mirando el temblequeo de sus manos, ”justo para una
endovenosa”.Y trató de serenarse para completar su tarea.
“¿Por qué tarda tanto?” se preguntó Basilio, bañado en sudor, como también
había preguntado esa mañana, en que se demoraba la orden de fusilar a esos
diez perejiles, levantados en un operativo, y que ahora esperaban su muerte
contra una pared desconchada de los suburbios. “Tranquilo, Céspedes”, le
había dicho el teniente López, a cargo del batallón.”Ya te elegí uno.
Apuntale al párpado caído, no podés fallar”. Y él había mirado a su
primera, futura víctima, la vista fija en esos ojos, uno más abierto, el otro
más cerrado. Que lo seguían mirando, fijos y desparejos, cuando ya había
disparado, y no se animaba a acercarse y cerrárselos. Y ahora, veinticinco años
más tarde, los seguía recordando, como recordaba sus palmas sudorosas que de
casualidad no habían dejado caer el fusil en su temblequeo, como temblaban,
notaba ahora de repente, las manos de Mariví.
-¿Pero qué te pasa, hija, estás temblando?
-No es nada, coronel, falta de sueño, nomás.- y se reprochó por ser tan
tonta, tan cobarde, como para no decirle toda la verdad. Y en ese momento,
mirando la figura del anciano, deseó tener vivo a su padre, al que casi no había
conocido, aprendiendo a quererlo a través de fotos ó recuerdos de otros. Para
poder refugiarse en sus brazos cuando la vida, como ahora, la ponía en una
encrucijada, aunque qué ridícula, cómo iba a consultarle justo acerca de
esto. Y trató de tomar nuevamente la jeringa y proseguir con su tarea peor sin
darse vuelta, sin atreverse a mirar a los ojos del coronel que ahora parecía
adormecido, pero era tan sólo el dolor. Pero cuando giró hacia el paciente con
la jeringa cargada sus manos temblaron otra vez, sólo que más fuerte, y dejó
caer la jeringa al suelo, sólo que ésta vez a propósito, con un sollozo final
que fue tapado por el ruido de los vidrios, y la protesta de Basilio pero hija,
tené mas cuidado, y el líquido que se desparramaba por el linóleo, con un
olor almendrado.
Y entonces se dio cuenta de que nunca, por más que se lo propusiera, iba a
poder matarlo. Aunque fuera fácil, anónimo y justificado. Aunque el no hacerlo
significara tirar por la borda años de búsqueda, y le valiera para siempre la
mirada de súplica y reproche en los ojos de su padre, que ahora sólo la
miraban desde una foto vieja. Uno más abierto, el otro más cerrado.
(1er premio concurso Asoc de Profesionales Hospital. Zubizarreta)