Nunca más releeré tus cartas
Gustavo A.Schek
Es que de alguna manera es como matarla, había pensado Emérito,
como terminar de asesinarla. Y ese pensamiento lo había hecho postergar la
decisión, hasta ese día. Se venía fabricando excusas varias, fiebres y
compromisos desde hacía semanas, desde que Etelvina irrumpiera en su vida, sin
pedir permiso, trayendo brisas de azahares a su largo invierno de hombre solo.
Pero mientras las cartas y el retrato estuvieran en la casa, era imposible
cualquier acercamiento a ella. Por eso había desafiado la neblina y la llovizna
, y había ido manejando hasta la escribanía, con los gruesos anteojos de
manejar de marco negro (alta graduación, según el oculista, o culosifón, según
sus amigos) casi pegados al parabrisas, enmarcando su mueca arratonada de miope.
Por eso había accedido, o mejor dicho, había solicitado sentarse frente a
Langsmann esa mañana inmisericorde .En el estudio de caoba y gruesos tomos,
penumbra elegante y decorado carísimo. Estrujando el paquete de cartas (sus
cartas) y su retrato con manos sudorosas. -Bueno, damos comienzo: Yo- comenzó a
leer Langsmann con voz solemne- Emérito Regunaga Espil, en pleno uso de mis
facultades, entrego en custodia permanente... Emérito escuchaba como ausente.
Tenía sesenta recién cumplidos, y un aspecto frágil, quieto y desamparado,
como el del novio de mazapán de una torta de bodas. -...el siguiente paquete
compuesto por cincuenta y seis cartas de amor, abiertas, con sello y matasellos,
unidas por una cinta de seda gris, dirigidas al firmante y escritas por la Sra.
Leonor Vicien de Regunaga Espil, de quien se cumplen en la fecha veinte años de
ausencia por causas no especificadas... -No puso lo de la dictadura-acotó Emérito.
-Y, no. -Langsmann levantó la vista.- Esto va a registro público. Mire si el día
de mañana se da vuelta todo otra vez y quedamos pegados. -Tiene razón-Emérito
bajó la cabeza, abatido. Ni eso nos queda, pensó. Ni enterrarlo por escrito.
-Bueno, prosigo: ..cartas que declaro haber leído y releído una y otra vez, a
razón de una por día, durante todo el período de ausencia de la citada,hasta
la fecha, como prueba irrefutable de amor por la susodicha... -Lo del amor-
interrumpió Emérito- ¿se puede poner? -Quédese tranquilo. -Langsmann enarcó
una media sonrisa- Para penalizar el amor primero tienen que descubrir que
existe. -Claro, tiene razón. Langsmann continuó leyendo -Y dado que es mi
voluntad irremisible el interrumpir su lectura en forma permanente y definitiva
es que adjunto el dicho paquete de cartas, al que añado un retrato de la
anteriormente citada señora, con marco de peltre, de quince por veinticinco
centímetros... Emérito se había adelantado para dejar las cartas y el
retrato. Se quedó mirando la figura amada que le devolvía una sonrisa veinte años
más joven, con la indiferencia que tienen los retratos para las despedidas.
Entonces comprendió, de pronto, que el desamor no es otra cosa que una de las
argucias de la muerte. -..que se adjunta al susodicho paquete de cartas, y se le
añade un par de anteojos de lectura de marco dorado, graduación baja - Los
anteojos, por favor, don Emérito... -¿Perdón? -Los anteojos de lectura, me
pidió que los adjunte con todo lo demás. -Ah,sí. -Emérito extrajo un estuche
del bolsillo interior del saco, y lo apoyó sobre el retrato. -Está seguro que
quiere hacer esto?-preguntó Langsmann. -No puedo hacer otra cosa, doctor.
Mientras estén sus cartas en casa es como si estuviera presente.No puedo evitar
releerlas. Ni esquivar su retrato. Y he conocido otra mujer. -¿Y los lentes?
-Es parte de la ceremonia. Su razón de existir son esas cartas. Deben irse con
ellas. Ya me haré otros. De todos modos me sirven sólo para leer, para manejar
tengo otro par, de alta graduación. -Como quiera- dijo Langsmann mirando
furtivamente su reloj- bueno, concluyo:...y es mi voluntad que las pertenencias
antes mencionadas sean guardadas en forma permanente por la escribanía
actuante, con la expresa prohibición de entregarlas al firmante o a quién este
designe... -Está bien, suficiente- dijo Emérito- ¿dónde firmo?. En la calle,
la neblina se había hecho más espesa. Notó que lloraba, inadvertido, como la
lluvia quieta y sorda del invierno. “Hay otra mujer, Leonor”, pensó,”ya
no podía postergarlo más. No sólo no supe protegerte, tampoco he podido
proteger tu recuerdo”. Y se encaminó hacia el viejo Taunus, otro evadido de
esa época, que aguardaba pocos metros calle abajo. Se sentó al volante,las
manos y los ojos húmedos de llovizna y lágrimas, y dió arranque. El tránsito
rugía en la avenida a gran velocidad, en ambos sentidos, separado por una pared
de niebla. Se puso los anteojos y pegó la cara al vidrio,luego de intentar
limpiarlo infructuosamente con el dorso de la mano. Puso primera y se incorporó
al tránsito. Todo era borroso y difuminado, coronado por pequeños hexágonos
luminosos. Pasó a segunda, aceleró, y descubrió que lo único que se veía nítido
eran las letras que formaban la palabra SCANIA. En la parrilla del camión,
ocupando todo el parabrisas. Clarito, como solo pueden leerse con unos anteojos
de marco dorado y graduación baja. A distancia de lectura.